Si quieres conocer los libros de la Trilogía de Aníbal:
Y no olvidéis que las ilustraciones de Sandra pueden obtenerse en impresiones artísticas de gran calidad en:
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El 10 de octubre de 1834 el político José María Cambronero hizo que el verraco fuera arrojado al río al creer que había sido hecho colocar por Carlos I de España tras los sucesos de las Comunidades. Esto provocó grandes daños a la figura, que terminó partida en tres pedazos.
El 17 de junio de 1867 se rescata la escultura para ser albergada en el convento de San Esteban, y posteriormente movida a diversos museos hasta que se volvió a colocar sobre el puente romano el 23 de octubre de 1954, coincidiendo con el IV centenario de la publicación del El Lazarillo de Tormes. Desde entonces su ubicación ha variado desde el interior del puente hasta la actual al entrada de este, sitio que ocupa desde 1993."
Este verraco es famoso gracias a El Lazarillo de Tormes, al ser usado por el ciego para enseñar a Lázaro que "el mozo de un ciego ha de saber más que el diablo".
Salimos de Salamanca, y llegando a la puente, está a la entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro. El ciego me mandó que llegase cerca del animal, y allí puesto, me dijo:
–Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.

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Esta caminata tras las huellas de Aníbal hubiera quedado incompleta si no
hubiera hecho alguna escala en el solar carpetano. Limitándose el abanico de
opciones a los lugares arqueológicos situados en la Comunidad de Madrid, por
encontrarnos en aquellos días (puente de la Constitución de 2020) confinados
perimetralmente en territorio madrileño por la COVID-19, la elección fue clara:
el oppidum de El Llano de la Horca, situado en un cerrillo dominando el
valle excavado por el río Anchuelo, junto al pueblo de Santorcaz.
El yacimiento fue adquirido en
2000 por el Museo Arqueológico Regional de la Comunidad de Madrid y acogió
excavaciones durante la década siguiente. Los hallazgos de las campañas se
mostraron en una sobresaliente exposición en el museo en 2012. El catálogo de
la exposición[1]
es una maravilla con profusión de ilustraciones (a cargo de Arturo Asensio) y
fotografías de piezas y paisajes que recrean la vida de «los últimos carpetanos».
Se llega al lugar por un
camino que parte de las piscinas municipales de Santorcaz y se adentra en el
cerro abriendo senda en una pradera de hierba alta, quemada por el invierno, que
se agita al compás del viento helado. Las estructuras del yacimiento
consolidadas por los arqueólogos se ofrecen pronto a la vista: son unas pocas
manzanas de zócalos de piedra que trazan calles y casas de planta rectangular
con una disposición de estancias, hogares y porches porticados que bien podrían
ser celtíberas o vettonas. Leemos[2] que en el oppidum
anónimo se desarrollaron actividades cerámicas y metalúrgicas, y que debió de
disfrutar de gran tamaño y considerables lazos comerciales, porque en él han
aparecido un centenar de fíbulas y monedas de plata de cecas romanas e ibéricas
como Bolskan, Arecorata y Sekorobices.
En conjunto, El Llano de la
Horca nos evoca más a un poblado celtíbero desprovisto de murallas que al
villorrio «indigente» de una tribu primitiva dejada de la mano de Dios. Y será
por un residuo de prurito madrileño, pero echando la vista a la ancha extensión
del cerro aún sin excavar, no puedo dejar de confiar en que la arqueología nos
depare en los próximos años buenas nuevas de los carpetanos.
Tomamos la senda de regreso y en el último horizonte, difuminándose en la bruma de diciembre, vemos las altas torres del final del paseo de la Castellana alzadas como tótems geológicos, poniendo punto final a la visita con un trazo de incongruencia.
Los bronces de El Berrueco fueron hallados a mediados del siglo XIX en el singular cerro de ese nombre que señala el límite entre las provincias de Ávila y Salamanca, y llevados a continuación a la Academia de la Historia. Se datan en el siglo VII a. C. y representan divinidades femeninas aladas de nítida influencia orientalizante. En ese contexto era frecuente que las divinidades aparecieron en triadas, y así fue también en este caso.
Asombra que ya en la primera Edad del Hierro la influencia fenicia penetrara tierra adentro hasta alcanzar la meseta Norte. A mí me fascina la expresión de bondadosa serenidad y la impecable factura de las piezas.