sábado, 23 de mayo de 2026

El oppidum vetón de TAMUSIA (Villasviejas de Tamuja)

 


Visité el castro de Villasviejas de Tamuja el último fin de semana de febrero. La península Ibérica había sido zarandeada por nueve borrascas de alto impacto desde el comienzo del año (Goretti, Harry, Íngrid, Joseph, Kristin, Leonardo, Marta, Nils y Oriana, menudo santoral de temporales), y el sábado de sol y temperaturas casi de abril era como una bendición. En el aire se respiraba la impaciencia del campo por lanzarse a la primavera. El rocío había dejado los montes sembrados de minúsculas gemas brillantes; todo parecía ubérrimo y fecundo.

El castro consta de dos recintos amurallados. El primero, situado al norte, se construyó ex novo en el siglo IV a.e.c., cuando el fenómeno castreño se extendía por la cuenca extremeña del Tajo, en un pronunciado meandro del río Tamuja que le servía de protección natural, a la que se sumaron potentes murallas de pizarra en todo el perímetro. El recinto más meridional, situado al otro lado de una vaguada, se alzó dos siglos más tarde, a finales del siglo II a.e.c., ya con predominio de imponentes estructuras de granito, con murallas de tres metros de ancho y de hasta siete de altura. Aunque son limitadas las zonas que se han excavado desde el inicio de la investigación sistemática, llevada a cabo por Francisca Hernández en 1968, el uso de la moderna y maravillosa tecnología arqueológica―prospecciones geofísicas con georradar, vuelos con cámara de infrarrojo térmico―han permitido reconstruir en espectaculares imágenes 3D la que debió ser una de las grandes ciudades de la región, con un apretado caserío que alcanzó las siete hectáreas en el momento de su máximo esplendor, tras la construcción del recinto sur.

Según el trabajo sistemático de los investigadores del castro[1], este, como otros de la cuenca cacereña del Tajo, representa un cierto rompecabezas demográfico, que se pone especialmente de manifiesto en sus tres necrópolis conocidas, que recorren todo su periplo vital: en orden cronológico, El Mercadillo, El Romazal I y El Romazal II. Aunque Villasviejas es generalmente considerado vetón, en gran medida por estar en el centro de una comarca rica en esculturas zoomorfas semejantes a los verracos vetones, muestra grandes diferencias con el área vetona canónica al norte de Gredos, encuadrada en la llamada cultura de Cogotas, que toma como referencia al homónimo castro abulense. En realidad, Villasviejas, que acuñó moneda en el siglo II a.e.c. con el nombre de Tamusia, parece ser una encrucijada con abundantes influencias ibéricas procedentes del sur en el siglo IV a.e.c., un permanente sustrato lusitano y una creciente celtiberización hasta la llegada de los romanos.  Si debiéramos darle un apelativo a Tamusia, bien pudiera ser «la mestiza». Aunque, bien pensado, en la Antigüedad, como en gran medida nuestros días, pocos lugares hubieran podido ser ajenos a tal atributo de riqueza y diversidad.

El paseo por Villasviejas es realmente una delicia. El Ayuntamiento de Botija, a pesar de no estar precisamente sobrado de recursos, está haciendo un esfuerzo hercúleo por poner en valor su patrimonio arqueológico, en colaboración con el Instituto de Arqueología―Mérida y la Universidad de Extremadura, y el recorrido por el castro está perfectamente acondicionado para el disfrute y la información del visitante, con señalítica, paneles informativos y bancos estratégicamente situados en los mejores rincones; con un centro de interpretación en el centro del pueblo, y hasta con una app que debe permitir―digo eso porque está disponible solo en Android, y mi móvil tiene otro sistema operativo―vivir una experiencia virtual 360° durante el recorrido.

Visito los restos de los grandes torreones defensivos de hasta veinte metros de lado, las manzanas de viviendas que han sido excavadas, las murallas bimilenarias cubiertas de liquen, las recreaciones de las calles que duermen bajo los pasos esperando salir a la luz. Es como si aquel otro mundo no hubiera desaparecido para siempre, sino que tal vez estuviera esperando su momento para volver a cobrar vida. Tal vez seamos nosotros mismos quienes le demos su oportunidad, sin más esfuerzo que prestar atención, pasear los antiguos senderos de Tamusia, que no dejan de volver a la vida cada primavera, y pedir a nuestros gobernantes que hagan sitio en las muchas necesidades de la vida pública para dignificar uno de los tres grandes ingredientes de nuestro destino compartido: el pasado. Los otros dos son, claro está, el presente y el futuro. Estos sin aquel son un artefacto con pies de barro, desarraigado.

Voy concluyendo la caminata sin que cese ni un instante la música del crecido caudal del Tamuja, el silbido de los pájaros y lejanos ecos de latón de los cencerros de las ovejas. Llegando al coche me cruzo con los primeros paseantes de la mañana. Nuestros comentarios banales no deben de ser muy distintos de los de aquellos tamusienses de hace veintidós siglos, que seguramente no debían de tener conciencia de ser ni vetones, ni celtíberos, ni carpetanos, ni oretanos ni lusitanos. Tal vez ellos se consideraban sencillamente «nosotros». Hasta que llegaron «ellos», los romanos, y su ilimitado mundo de guerras, transformaciones, tragedias y mestizaje que dio paso a ese paciente proceso de uniformización que fue la romanización, la primera gran globalización de nuestro mundo occidental. No quisiera cargar mis palabras de un tinte negativo. Al fin, y al cabo no dejo de considerarme un descendiente tanto de los unos como de los otros. De «ellos» y de «nosotros». Nos iría mejor si todos nos reconociéramos a nosotros mismos de ese modo.



[1] Hernández Hernández, Francisca; Galán Domingo, Eduardo y Martín Bravo, Ana María, El proyecto Villasviejas de Tamuja. Análisis global de un asentamiento prerromano, en Op. cit., Museo de Cáceres, 2009.