La mujer había
quedado inmóvil, con los brazos pegados al cuerpo; la barbilla alta, los
párpados caídos, los pechos temblando como si el retumbar del tambor la palpara
con hambrientos dedos invisibles. Entonces se dejó caer despacio,
verticalmente, con la grávida suavidad de la lluvia en otoño, y quedó de
rodillas envuelta en sí misma, hecha un ovillo de carne palpitante. Se desplegó
después, criatura imposible de ojos negros y boca azul y piel dorada.
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