martes, 23 de julio de 2019

ALTHIA, LA CIUDAD OLVIDADA DE LOS ÓLCADES (Tras las huellas de Aníbal XIV)


Aunque me parezcan tristes me atraen las ciudades perdidas. Tengo en casa un atlas dedicado a ellas, recopilado por Aude de Tocqueville [1]. Dice la autora en el prólogo: «Me gustan las ciudades, mundos abiertos en perpetua metamorfosis, pero todavía me gustan más las que se han silenciado, en ellas la imaginación puede desplegarse sin límites». Después recorre ciudades que fueron célebres, prósperas y pujantes en otro tiempo y que hoy no son más que una ruina o un decorado fantasma donde se intuyen los recuerdos: Kolmannskuppe, Masada, Colesbukta… Desearía ir a visitarlas todas.

Además está mi propio atlas, aún no escrito, formado por las ciudades de antaño que no solo hace mucho que se despoblaron, sino que ni siquiera se sabe a ciencia cierta dónde se encuentran. Ningún ejemplo mejor que Tartessos, todo un mito de la antigüedad que se ha mantenido oculta a pesar de los muchos intentos de localizarla. ¿Qué fue de ella? ¿Dónde nos esperan sus restos, para sorprendernos y emocionarnos?

Retomemos las huellas de Aníbal. Menos célebre, pero igualmente fascinante e ignota, es Althia, la desdichada capital de los ólcades. Durante mucho tiempo los especialistas la consideraron ilocalizable, o propusieron para ella muy diversas opciones, incluyendo algunas tan oportunistas e inverosímiles como la mediterránea Altea. Sin embargo, en los últimos años ha cobrado fuerza la candidatura del gran oppidum hallado en el cerro de la Virgen de la Cuesta, en el municipio conquense de Alconchel de la Estrella. Tanto su magnitud y localización como el periodo de poblamiento y destrucción encajan como anillo al dedo con lo que sabemos de Althia. Está claro que, si quiero formarme una impresión por mí mismo, ese debe ser mi destino.

Hago noche en el hostal “Un lugar de La Mancha”, en Villar de Cañas, acogido a la sobresaliente hospitalidad de Luis y Alicia, y marcho temprano a Alconchel de la Estrella. El pueblo me recibe silencioso e inmóvil bajo el primer sol del domingo; no hay un alma en la calle. Por fortuna encuentro abierto el bar Fabiola. Tomo un café y entablo conversación con Tomás, el único parroquiano.

-Hay cuatro o cinco catas. Es una pena, hace un año que está todo parado. Hubo una ayuda de la Junta y la asociación que se formó en el pueblo empezó con muchas ganas, pero ya se sabe… Que si esto, que si lo otro… El caso es que allí está todo, echándose a perder.

-Dicen que es un poblado ólcade, ¿no?

Tomás me mira impasible.

-En realidad hay tres yacimientos. Uno íbero, otro romano, creo…

Al alimón con la señora que atiende la barra –imagino que Doña Fabiola en persona- me da las indicaciones para llegar al lugar donde está el yacimiento. A las afueras del pueblo tomo un camino de tierra -«ya sabe, el de las romerías»- y tras algunos minutos esquivando baches llego a la ermita de la Virgen de la Cuesta, recién encalada, en lo alto del cerro que lleva su nombre. El desnivel de las laderas es muy acusado y las vistas son espectaculares: en todas direcciones hay montes cubiertos de pinos, campos cultivados, vegas, sierras lejanas. Ahí enfrente está Alconchel acostado en su otero. Según Gonzalbes Cravioto, la ancha vaguada que discurre bajo el cerro formaba parte de la ruta que unía el valle del Henares y el alto Tajo con Qart Hadasht. Sin duda era una posición estratégica.

Camino por la meseta que corona el cerro y pronto empiezo a encontrar, aquí y allá, las catas mencionadas por Tomás; las más importantes están valladas y precariamente protegidas por plásticos a medio desintegrar por la intemperie. Me quedo impresionando: las catas desvelan imponentes aparejos de sillería, muros de gran potencia, estancias, callejas. Según los arqueólogos los restos muestran signos de destrucción datados entre finales del siglo III a.e.c. y principios del II a.e.c. Recordemos que el ataque de Aníbal tuvo lugar en el 221 a.e.c., plenamente compatible con ello.

Las catas están separadas por distancias considerables. Entre ellas, y a su alrededor, las laderas están salpicadas de afloramientos de piedras grises semejantes a las de los muros exhumados. Hay restos cerámicos por todas partes. Es abrumadora la evidencia de que una gran ciudad aguarda oculta bajo mis pies. No me cabe duda de que se trata de Althia, la ciudad olvidada de los ólcades.

De regreso al coche pienso en cómo atraer de nuevo el interés de los arqueólogos hacia este lugar. Veremos qué se me ocurre.


[1] Aude de Tocqueville, Atlas de las ciudades perdidas, GeoPlaneta, Barcelona 2015.












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