martes, 19 de junio de 2018

Próximas presentaciones de LA CÓLERA DE ANÍBAL


Pues sí: aunque pareciera que nunca iba a llegar, La cólera de Aníbal ya está aquí. Han pasado nueve años desde la aparición de El heredero de Tartessos y cinco de la de El cáliz de Melqart, y con este tercer título concluye la que hemos dado en llamar Trilogía de Aníbal, aunque en ella el gran general cartaginés comparte protagonismo con todo un elenco de personajes. En mi caso, tanto tiempo compartido con ellos me han creado vínculos muy perdurables, y espero que lo mismo les haya ocurrido a, al menos, algunos de mis lectores. 

Mi agradecimiento, por cierto, a quienes me habéis acompañado durante este tiempo: sois los lectores quienes hacéis que un ejercicio literario de tan largo recorrido como este tenga sentido. Mi agradecimiento también a Ediciones Evohé por haber dado vida a la trilogía y a Sandra Delgado, quien ha creado de nuevo una portada que me parece extraordinaria. 

Tiempo habrá de hablar de la novela. Lo que corresponde ahora es presentarla y ponerla en vuestras manos. Para ello, haremos una acto público el lunes 17 de septiembre en el Café Comercial. Me alegra mucho poder anunciaros que contaremos para ello con Pilar González Serrano, nuestra muy admirada arqueóloga, académica y escritora. Cuando se acerque la fecha os daremos los detalles.

Para los impacientes, este próximo sábado 23 de junio tendremos un anticipo. En el marco de los IX Encuentros Hislibris, de la mano de Óscar Gonzalez Camaño, Fernando Lillo y yo presentaremos nuestras novelas de tema cartaginés recién publicadas por Ediciones Evohé. La suya, Los jinetes del mar. El secreto de Cartago, aborda el mítico periplo de Hannón, mientras que la mía, La cólera de Aníbal, se enfoca en el tiempo en que Aníbal Barca comandó a los cartagineses en la península Ibérica. El acto tendrá lugar a las 12:50 en la Asociación de Escritores y Artistas Españoles (C/ Leganitos, 10, 1º dcha). Si queréis redondear la mañana, antes tendremos una buena conversación sobre "Viajes de Historia, viajes con historia", con la participación de Jaime Alejandre, autor de El veneno del horizonte, y José Tono Martínez, autor de El muro de Adriano, moderados por Ángeles Pavía Mañés, crítica literaria.







miércoles, 16 de mayo de 2018

ANGLEA ANTE LA TORRE FUNERARIA (Galería de imágenes de la TRILOGÍA DE ANÍBAL IX)


La penúltima de las ilustraciones de la serie correspondiente a El heredero de Tartessos es, en mi opinión, una de las más espectaculares. En ella, Anglea, Argantio y Lortas llegan a las ruinas del monumento funerario de un rey olvidado. Tanto en el texto de la novela como, sobre todo, en la magnífica ilustración de Sandra Delgado, es fácil reconocer que la fuente de inspiración ha sido el celebérrimo sepulcro de Pozo Moro, una construcción íbera de finales del siglo VI a.C. con influencias tartésicas y orientalizantes, descubierto en la localidad de Chinchilla de Montearagón, en la provincia de Albacete. 

La torre, con un aspecto muy próximo al de la ilustración, puede contemplarse hoy en el patio central del Museo Arqueológico Nacional. Es algo impactante, una obra enigmática y fascinante, en especial cuando se presta atención a los relieves tallados en los sillares. Quien no lo haya hecho ya, que se apresure a acudir al MAN. No quedará defraudado.

A continuación reproduzco, como de costumbre, un par de párrafos que nos llevan al encuentro de la escena en El heredero de Tartessos.

         Entonces lo vieron: un montículo cubierto de túmulos que se confundían casi con la tierra de la que parecían brotar como un rebaño de extrañas criaturas geológicas; la alta hierba que los cubría se agitaba en la brisa como matas de crines descoloridas. Caliza piafó inquieta y Anglea sintió que se le erizaba el vello. Reparó de inmediato en las ruinas de una construcción en el punto central de la necrópolis: parecía haber sido una gran torre de piedra ahora desmoronada, con sus sillares desperdigados entre los túmulos circundantes. La imagen le suscitó al tiempo una imprecisa aversión y una curiosidad urgente, como si fuera una puerta abierta a secretos fascinantes pero turbios. [...]

      Mientras Lortas hablaba Anglea había rodeado la torre, contemplando absorta los relieves tallados en sus sillares, claramente visibles ahora que la luz del día se hacía cada vez más firme en la madrugada, hasta detenerse frente a uno que representaba la figura de una diosa sentada rígidamente en una silla de tijera, con un voluminoso peinado y el tallo de una flor de loto entre las manos.
    -Astarté –murmuró, y juntando las palmas de las manos hizo una breve inclinación de cabeza.

Si queréis más información sobre las dos primeras novelas de la Trilogía de Aníbal:



Y si queréis adentraros en los secretos de Pozo Moro:


viernes, 20 de abril de 2018

EL VADO DE ANÍBAL EN EL TAJO (Tras las huellas de Aníbal XI)


Tras su victoria sobre los vacceos en Hermandica y Arbucala, al final del verano del 220 a. C., Aníbal emprendió el regreso hacia Qart Hadasht, urgido ya por la proximidad del otoño y la considerable duración de la campaña, que lo había mantenido alejado del corazón de su reciente poder. De ese modo había dejado un espacio de maniobra a sus enemigos que no podía dejar de inquietarlo. El éxito de la expedición constituía al mismo tiempo un motivo de vulnerabilidad: a su numeroso ejército, el saqueo y los tributos impuestos a las ciudades derrotadas habían añadido un gran bagaje de ganado, esclavos y cereales que hacía lento y pesado y ritmo del retorno.

Aníbal eligió por tanto la ruta más directa hacia su territorio, cruzando la sierra de Guadarrama por el puerto de la Fuenfría o el de la Cruz Verde, yendo a buscar alguno de los vados practicables en el río Tajo, probablemente en lo que hoy es la Comunidad de Madrid. Allí lo esperaba un formidable ejército formado por la coalición de todos los enemigos a quienes se había enfrentado en las dos campañas anteriores. Estaban capitaneados por los carpetanos que, con importantes oppida como Toleto, Titulcia o Consabura (Consuegra), dominaban la región. Había ólcades fugitivos de la destrucción de sus principales ciudades el año anterior, vettones, y un gran contingente de vacceos procedentes de Hermandica, que buscaban vengarse de Aníbal por la conquista de su ciudad. En conjunto, si hemos de dar crédito a Tito Livio y Polibio, cien mil guerreros dispuestos a hacer pagar al Bárquida sus deudas y ofensas. Las estimaciones actuales de los expertos reducen la cifra hasta 40.000, en todo caso suficientes para representar una grave amenaza para los 20.000 infantes, 6.000 jinetes y 40 elefantes de Aníbal, y para hacer de la batalla del Tajo la de mayor número de contendientes en la península Ibérica hasta la llegada de los romanos.

Los detalles de la batalla los encontramos en Livio (21, 5, 7-16) y Polibio (3, 13, 8-14). Baste decir aquí que fue una resonante victoria para Aníbal, la primera en campo abierto contra un enemigo comparable en potencia militar, y que permitió pacificar la retaguardia de los cartagineses, proporcionándole a Aníbal tranquilidad y recursos para acometer al año siguiente el sitio de Sagunto, así como comenzar a fraguar su fama de genio militar. 

Lo que resulta especialmente llamativo es que, habiendo sido una batalla de tal magnitud y consecuencias, no se conoce con certeza dónde tuvo lugar. Tradicionalmente se sitúa en el paraje conocido como Valdeguerra, en Colmenar de Oreja, pues es conocida la larga memoria de la toponimia para estas cuestiones, así como atendiendo a diversas fuentes de historiadores y eruditos. Parecería un jugoso proyecto arqueológico hacer una investigación al respecto con los recursos que hoy están a disposición de los investigadores, que han dado recientemente resultados tan espectaculares como la localización del escenario del enfrentamiento romano-cartaginés de Baécula en Jaén. Situar con certidumbre cerca de Madrid el escenario de la batalla del Tajo, en la que Aníbal y sus elefantes se enfrentaron a una confederación céltica, daría como mínimo para un centro e interpretación. Otros, con mucho menos, harían un parque temático.



Como es mi costumbre, se me ocurrió ir al lugar para intentar escuchar algún eco del pasado. A ello me anima el hecho de que, frecuentemente, los parajes que me convocan merecen la pena por sí mismos. Este parecía especialmente atractivo, con el poblado medieval abandonado y su castillo almohade alzado sobre los restos de la antigua población romana de Aurelia. Ruinas y cerros desolados, qué mejor plan para dedicar una mañana de domingo de mayo.

Llego desde Ocaña por un laberinto de caminos de tierra recorriendo montes que parecen dejados de la mano de Dios. El poblado es una ruina de tejados hundidos e higueras resguardadas en los rincones. Más allá está el castillo, tan desmoronado como los cerros de yeso sobre los que se alza; aquí y allá quedan incongruentes lienzos de muralla haciendo equilibrios sobre el cortado. Me asomo midiendo mis pasos y veo el Tajo allá abajo, trazando elegantes meandros que culebrean por el centro de la vega, con una cinta verde de chopos y sauces señalando el curso del cauce. Al otro lado del río la vega se ensancha hacia una sucesión de colinas que solo hacia levante merecen el nombre de montes.

Vuelvo al mirada en derredor. Es un lugar tan devastado como hermoso: el poblado abandonado, el horizonte, el suelo taladrado de túneles y bóvedas desmoronadas. Trato de imaginar este lugar hace veintidós siglos, con decenas de miles de hombres muriendo y matando. No es fácil, porque el exiguo río de hoy no parece un obstáculo serio para ningún ejército. Será cosa de los trasvases y los regadíos, como esos que tapizan la ribera a los pies del cerro trazando grandes circunferencias de verdura. Los montes a mi espalda son mucho más agrestes, grises e inhóspitos, porque tan solo los tamarindos y las retamas soportan la sobriedad del yeso. Este es el territorio de los solitarios: los buitres que deslizan sus círculos en el cielo, las lagartijas entre los espinos, los ciclistas contrastando con sus atuendos de brillantes colores... También yo mismo, un viajero del pasado tomando notas a la sombra del torreón.

La soledad del lugar no es completa. Un hombre, acompañado por una mujer y una adolescente, hace fotografías apoyando el trípode de la cámara en lugares temerarios.

    -¡Qué lugar, ¿eh?! -me dice, respondiendo a mi saludo-. Nosotros somos de Ontígola, de aquí al lado, pero no habíamos venido nunca. Me lo recomendó un amigo que caza por estos parajes. "Ve pronto", me dijo, "porque no durará mucho".

Es verdad, si los responsables del patrimonio no lo remedian, cualquier día el castillo de Oreja y los vestigios de la antigua Aurelia se desmoronarán, sumergidos en una nube de yeso, sobre el vado de Aníbal. 

Los dos nos quedamos mirando en silencio la inmensidad. Me convenzo de que este debe ser el lugar de la batalla, porque de lo contrario es inimaginable que un lugar tan perfectamente pacífico lleve por nombre Valdeguerra. 

Ángela me espera en Aranjuez. Emprendo el regreso llevándome conmigo algo parecido a un desasosiego.





lunes, 26 de marzo de 2018

LOS CONEJOS DE ARBUCALA (TRAS LAS HUELLAS DE ANÍBAL X)


La segunda y última gran ciudad que cayó en manos de Aníbal durante su campaña del verano del año 220 a. C. por la meseta Norte fue, según los textos clásicos, la Arbucala vaccea. De este episodio dice Polibio (3, 14), en una cita casi literal a la de Tito Livio:

"Al verano siguiente salió de nuevo, esta vez contra los vacceos, lanzó un ataque súbito contra Salamanca y la conquistó; tras pasar muchas fatigas en el asedio de Arbucala, debido a sus dimensiones, al número de sus habitantes y tambien a su bravura, la tomó por la fuerza."

La interpretación tradicional de este hecho asociaba Arbucala con Toro. Sin embargo, más recientemente ha cobrado fuerza la identificación de Arbucala con el imponente poblado de la Edad del Hierro hallado en el cerro llamado Viso de Bamba, a dos kilómetros de esa población zamorana y cinco al sur del Duero, declarado BIC en 2015. Debe tenerse en cuenta que Toro se encuentra al norte del río en un tramo en que cruzarlo no hubiera sido trivial para el ejército de Aníbal. El Viso de Bamba, además, está situado en el trazado de la calzada de la Plata, domina un extenso territorio, y sus 28 hectáreas de extensión bien pudieron albergar una población de la importancia que mencionan Polibio y Tito Livio.

Decido ir a formarme una opinión de primera mano y pongo rumbo a Bamba en el amanecer de un gélido domingo de diciembre, con el termómetro del salpicadero avisando de unos respetables cinco grados bajo cero. Al aproximarme, el cerro se alza emergiendo de la bruma que cubre la llanura. Es como un inmenso barco fantasma, con el repetidor de televisión haciendo de mástil. Supero por una carreterita ondulante el desnivel de un centenar de metros que separan la vega del vértice geodésico de su cumbre. Arriba la soledad es vastísima, como los horizontes de campos escarchados. Al llegar sobresalto a los conejos que reciben la salida del sol en la boca de sus madrigueras y saltan de regreso a ellas cuando ven el coche que se acerca. 

Me pregunto qué extravagancia me ha traído hasta aquí. Sé la respuesta: los sucesos perduran en el tiempo como un temblor en la epidermis de los lugares donde ocurrieron. Ya lo dice Montaigne en su ensayo sobre la vanidad: "¿Se debe a la naturaleza, o a un error de la fantasía, que la contemplación de los sitios que sabemos fueron frecuentados y habitados por personas cuya memoria tenemos en estima, nos conmueva en cierto modo más que escuchar el relato de sus acciones o que leer sus escritos?". Cicerón, en "El bien y el mal supremos", resume esta idea en seis palabras deliciosas: "Tanta vis admonitionis inest in locis". O sea: "Tanto poder de evocación hay en los lugares".

Pero volvamos a Arbucala.

Salgo del coche y recorro la cumbre del cerro. El dominio visual es impresionante. El silencio es puesto en tela de juicio solo por el zumbido del repetidor y las detonaciones lejanas de los cazadores. Trato de imaginar la impresión que sacudió a los vacceos de aquellos días al ver aparecer en lontananza al mayor ejército que jamás hubieran podido imaginar. Camino con la vista puesta en el suelo buscando algún vestigio de los vacceos de Aníbal. No veo sino las joyas critalinas que el hielo construyen en las plantas, parpadeando al sol. Se me ocurre de pronto que hay unos arqueológos que llevan generaciones excavando las entrañas de Arbucala. Los conejos.

Busco en los montículos de tierra que protegen la boca de las madrigueras y pronto encuentro lo que busco: fragmentos de tosca cerámica oscura, lisa en el exterior y rugosa en el interior, que me invitan a albergar la ilusión de que proceden de Arbucala. Descubro en ellos el poder de evocación de que me hablaban Cicerón y Montaigne. Antes de irme, dejo las piezas donde las encontré, no vaya a ser que las echen en falta los conejos de Arbucala.

Viso de Bamba (Zamora)
3 de diciembre de 2017









martes, 23 de enero de 2018

LOS SEÑORES DE LOS CABALLOS (TRAS LAS HUELLAS DE ANÍBAL IX)


Tras la visita al Cerro de San Vicente en Salamanca, el deseo de ver un castro similar al que pudo albergar la Hermandica de Aníbal me lleva a Yecla de Yeltes, a 77 km hacia el oeste, donde se encuentra el magnífico oppidum vettón de Yecla la Vieja. Tras una hermosa ruta, atravesando un mar de encinas y alcornoques en la transparencia helada del invierno, llego a la hora de comer al único bar del pueblo, que luce el sugerente nombre de Bar Vettón. 

Al entrar con mi aspecto de arqueólogo de pacotilla, la docena larga de parroquianos -todos hombres- se me quedan mirando con la misma extrañeza que hubieran podido dedicar a uno de los vettones que construyeron y habitaron el castro vecino. Pasado el primer momento, la hospitalidad circunspecta de Castilla se pone de manifiesto y recibo un grave saludo unánime. Me acerco a la barra para pedir un pincho de bacalao rebozado y un botellín, y preguntar por Yecla la Vieja y el flamante centro de interpretación que, según internet, se ha construido en el pueblo en el marco de un proyecto financiado con fondos europeos. El primero es accesible permanentemente para los visitantes pero, según me informa Diego, el dueño del bar (abierto en abril de 2017 para regocijo de los 252 yeclenses censados, que se habían quedado sin ninguno), del segundo tiene la llave Ignacio, el alcalde.

El propio Diego me da el número de móvil y llamo. Tras las explicaciones de rigor por mi parte, el alcalde me da esquinazo. "No, no -me dice-. Antes sí que me ocupaba yo, pero ahora tienen que venir a enseñárselo los del centro arqueológico de Lumbrales, junto al castro de las Merchanas. Está a media hora en coche sin correr". Insisto y recibo como respuesta el tono de la línea. Me resigno a quedarme sin verlo. Imagino que el alcalde de Yecla de Yeltes se juramentó a enseñar el centro a los curiosos para que se lo construyeran, pero ahora la siesta del sábado es más importante que un visitante inoportuno.

Mientras a mi alrededor comienzan las partidas de cartas de la sobremesa doy cuenta del pincho y releo un artículo de Ricardo Martín Valls y Fernando Romero sobre el castro. Aunque hay en él algunos restos datables en la Edad del Bronce, los 1,7 Km de perímetro amurallado, cerrando una superficie de 5 Has con cuatro puertas y un portillo, se construyeron por sus habitantes vettones en distintas etapas a lo largo de la Edad del Hierro. El castro tuvo después una intensa vida en época romana y tardorromana, entrando en decadencia con los visigodos.

También a la época vettona pertenece el rasgo más distintivo de Yecla la Vieja: la aparición, en numerosos sillares de la muralla y canchales de granito exentos, de más de un centenar de insculturas representando símbolos y animales diversos. Hay un asno, un gato, dos cánidos, una serpiente, dos jabalíes, un toro... Pero sobre todo hay caballos, docenas de ellos, aislados o en escenas de grupo, con y -sobre todo- sin jinetes. Abundan en el entorno de las puertas y en puntos singulares como el de la ribera del arroyo Varlaña en que se halla el canchal llamado "de los 7 infantes de Lara".

Dedico las escasas horas de luz de la tarde a recorrer el castro en completa soledad, sin otra compañía que la memoria de los vettones. El lugar es de una belleza espectacular. El sol de diciembre se imprime sobre la piedra, el liquen y los encinos como un pan de oro. Camino alrededor de la muralla sorteando los campos de piedras defensivas hincadas; escucho el rumor del arroyo Varlaña y ecos de campanas en la distancia. Aprovechando los ángulos de la luz invernal busco las insculturas en las superficies de piedra. Aunque son esquivas a la vista, aprovechando la magnífica señalización pronto las encuentro en gran número. Paso las yemas de los dedos por los surcos gastados por más de dos milenios de intemperie, tratando de percibir el espíritu con que los caballos brindaron aliento y protección a quienes los tallaron. Dicen Martín Valls y Romero que las insculturas debieron tener valor apotropaico -es decir, de defensa mágica o espiritual- y que probablemente representan una expresión de culto heroico.

Para mí no son sino un enigma indescifrable. Tratar de entender el espíritu del castro es como intentar conversar con un extranjero que intenta hacerse entender a base de gestos. O mejor dicho, es como ser uno mismo el extranjero. Pero sí me estremece la emoción. Por muy impenetrable que sea el mundo espiritual de los pueblos prerromanos, de algún modo me siento más cerca de quienes lo expresaron con estos animales en la piedra que quienes lo hacen con modernas liturgias de nuestros días. Entiendo mejor el lenguaje del granito, el arroyo y el horizonte que el del incienso.

Lo pienso mientras contemplo la puesta de sol desde esta olvidada Altamira de los vettones, los señores de los caballos.























miércoles, 3 de enero de 2018

El criterio de humildad en el cerro de San Vicente (TRAS LAS HUELLAS DE ANÍBAL VIII)


Aprovecho uno de mis fines de semana arqueológicos para ir a buscar las huellas de Aníbal en Salamanca, la primera de las ciudades que el Bárquida conquistó en su campaña contra vettones y vacceos en el verano del año 220 a. C. De aquellos sucesos nos hablan los historiadores clásicos, sobre todo Tito Livio, Polibio, Plutarco y Polieno, estos dos últimos con mayor detalle. 

Las huellas que han llegado hasta nuestros días sobre el terreno son muy escasas, pero no inexistentes. A primera hora de la mañana, con la ciudad inmóvil bajo una de las rigurosas heladas castellanas de diciembre, voy en busca de la que nos ofrece la toponimia de la ciudad. En la esquina de las calles Veracruz y Tentenecio (notable nombre el de esta, por cierto) una tienda de antigüedades luce el nombre que llamó mi atención: El arco de Aníbal. Aunque hoy no queda de él ningún vestigio, sí aparece en las antiguas crónicas salmantinas, y fue por ella por donde se afirma que hizo su entrada en la conquistada Hermandica (utilizo aquí el nombre de Tito Livio) el general cartaginés.

Una evidencia más palpable es la que se exhibe en la minúscula sala dedicada a la arqueología del museo de la ciudad: una fíbula que parece representar un elefante, y una moneda cartaginesa de bronce con un busto de Tanit en una cara y una cabeza de caballo en la otra. Eduardo Sánchez-Moreno, uno de los mayores especialistas en la materia, explica que estas emisiones monetales se realizaron entre 221 y 215 a. C., por lo que la pieza bien pudo formar parte de la soldada de uno de los integrantes del ejército púnico.

La moneda se encontró en las proximidades del cerro de San Vicente, el emplazamiento donde se ubicó el primer poblamiento de Salamanca hace 2.700 años, perteneciente a la cultura llamada del Soto de Medinilla. Recientemente se ha construido en el cerro un espectacular museo sobre el origen de la ciudad, y ese mediodía tuve la suerte de poder sumarme a la visita guiada que realizó Cristina Alario, arqueóloga codirectora del proyecto. 

Es un yacimiento impresionante: el estado de conservación de las antiquísimas casas circulares de adobe, con sus vestíbulos orientados al sur, suelos aislantes, bancos adosados a las paredes y silos, sobre un promontorio asomado a un vado del Tormes, es algo sin parangón en España. Cristina nos guió por los restos arqueológicos desvelándonos la forma de vida de aquellas gentes de la Edad del Hierro que consiguieron prosperar hasta el punto de que las dos hectáreas se les quedaran pequeñas y tuvieran que trasladar su asentamiento al otro cerro más extenso que hoy conocemos como Teso de las Catedrales. Cuando llegó Aníbal esa era ya la auténtica Hermandica, con sus dieciocho hectáreas amuralladas y su población vacceo-vettona de algunos millares de habitantes. Desafortunadamente muy pocos vestigios nos han llegado de ella, aunque el parecer hay nuevos proyectos municipales para su puesta en valor. El poblado del cerro de San Vicente no era ya entonces sino un arrabal de suficiente importancia apenas para ser citado por los cronistas clásicos antes de quedar abandonado poco después. 

Cristina Alario se despide explicándonos que algunas secciones del yacimiento quedan y quedarán sin excavar, y al hacerlo nos da una extraordinaria lección de arqueología. "Es preciso aplicar el criterio de humildad -nos dice-. Las técnicas de investigación arqueológica estarán más evolucionadas en el futuro, como las nuestras lo están respecto de las de quienes nos precedieron. El yacimiento es un libro cuyas páginas solo se pueden leer una vez. El cerro de San Vicente no es patrimonio de nuestra generación, sino de la Humanidad".