miércoles, 15 de enero de 2020

LA TORRE DEL ALMA DE POZO MORO (Dibujando en el Museo Arqueológico Nacional)


Completando mi sesión de dibujo en el Museo Arqueológico Nacional, vuelvo a uno de mis tesoros favoritos: el monumento funerario de Pozo Moro, procedente de la localidad albaceteña de Chinchilla de Monte-Aragón; se trata de la "torre del alma" de un rey divinizado, probablemente fundador de un linaje, en la tradición iconográfica de Oriente Próximo. Este singular vestigio arqueológico ha llamado mi atención desde que lo vi por primera vez, hasta el punto de haberse incorporado a la escenografía de mis novelas. Una extraordinaria ilustración de Sandra Delgado da fe de ello.

Me detengo en el relieve que representa a un grupo de demonios entregados a un banquete infernal. Es un conjunto impactante, que transpira una cierta espiritualidad oscura. El mundo de los muertos se muestra como algo oscuro y amenazante. Los demonios me producen siempre la impresión de haber permitido al anónimo escultor visitarlos en su inframundo para hacer que no olvidemos su existencia. 

El monumento, con sus leones pavoroso y sus enigmas, convierte en piedra una espiritualidad que ya no tiene quien la reverencie. Es una torre del alma, sí, pero de un alma olvidada.







jueves, 26 de diciembre de 2019

La Gran Dama Oferente del Cerro de los Santos en el MAN


Pasar una mañana en el MAN dibujando y haciendo fotos a las obras maestras que alberga no es una mala manera de ir navegando el ajetreo de las Navidades. Así lo hice el pasado sábado, armado de cuaderno, lápices y acuarelas, y dediqué un delicioso rato a la Gran Dama Oferente del santuario del Cerro de los Santos. Siempre me ha fascinado la figura hierática de esta mujer -probablemente una joven en un rito de paso de edad, siendo presentada a la divinidad-, representada con todo lujo de detalles en su atuendo y ornamentación. Cuando he necesitado una imagen mental de Imilce en las ceremonias nupciales con Aníbal he acudido a esta.




sábado, 14 de diciembre de 2019

ASDRÚBAL Y TITAYÚ COBRAN VIDA (Galería de ilustraciones de la TRILOGÍA DE ANÍBAL)


El proyecto de creación de un libro de arte para mi Trilogía de Aníbal con Sandra Delgado me resulta apasionante por muchos motivos. Mi paisaje visual de la narración va siendo remplazado por las imágenes de Sandra en un proceso fluido y sin solución de continuidad que me cautiva. Es como si yo tuviera una imagen borrosa que de pronto adquiere nitidez al surgir de los lápices y pinceles, físicos o digitales, de Sandra. 

Es como si el recuerdo turbio de un sueño pasara al dominio perdurable de los recuerdos.

Todo comienza con un personaje, un fragmento de texto o una escena que atrapa la atención de ambos. Después se convierte en una propuesta de relato visual, con su escenario, sus protagonistas y figurantes, su decorado, su atrezzo. Todo ello toma forma en un boceto, y después en un dibujo. En el dibujo lo que solo se había imaginado cobra ya a carta de naturaleza de la existencia. En el dibujo los personajes cobran vida.

Aquí tenéis, a modo de anticipo, el dibujo de la próxima ilustración a punto de salir del horno. Asdrúbal levanta el cáliz de Melqart, en presencia de Titayú, frente al templo de Melqart. ¿Lo recordáis?

martes, 12 de noviembre de 2019

LOS ÍBEROS DEL EBRO (Tras las huellas de Aníbal XVII)


La antigua ciudad de los ilercavones del Castellet de Banyoles está situada en un espectacular cerro amesetado con forma de triángulo isósceles que orienta su base al río Ebro como una monumental muralla geológica. Cuando el visitante se asoma a ella comprende al punto el inmenso valor estratégico que tuvo este lugar en la Antigüedad, más aún teniendo en cuenta que a sus pies se encontraba uno de los mejores vados del curso bajo del gran río que dio nombre a nuestra península. Este vado bien pudo ser uno de los que utilizó Aníbal para cruzar el río al inicio de la campaña que lo condujo a Roma.

El lugar es hoy un yacimiento visitable dentro de la Ruta dels Ibers que promueve con acierto la administración autonómica catalana. A la llegada impresionan las dos grandes torres pentagonales, sin parangón en España, que protegen la única entrada a la ciudad, situada en el vértice del triángulo que traza la muralla. Los investigadores opinan hoy que debieron ser construidas por los romanos tras la conquista, siguiendo al pie de la letra las recomendaciones del griego Filón de Bizancio.

En el cerro hay excavados diversos conjuntos de bloques de viviendas, algunas de ellas de más de trescientos metros cuadrados de superficie, que apuntan a una importante estratificación social y a un notable grado de sofisticación urbanística, incluyendo la existencia de cloacas sanitarias. En conjunto no suponen más del 20% de la ciudad, que con sus 4,2 hectáreas debió tener una población de unos tres mil habitantes, el doble que el actual municipio vecino de Tivissa (Tarragona), que alberga el centro de interpretación al que luego nos dirigiremos. En la peculiar guía del lugar que encuentro en la web de la Ruta dels Ibers, escrita por el periodista Carles Cols[1] en un chispeante tono de humor, este nos dice:

«En realitat, només hi ha tres zones excavades. Aquesta i altres dos angles del triangle. El gran espai central és un misteri, com aquells mapes decimonònics en què la llegenda escrita al cor del continent negre era «Àfrica desconeguda»».

En esta mañana de otoño, el mayor placer de la visita lo proporciona el perfume del bosque mediterráneo recién llovido. El espacio entre las ruinas se lo disputan pinos, olivos, algarrobos, romeros y lentiscos. Y, sobre todo, los horizontes inabarcables que se dominan desde el trazado de la antigua muralla. Primero está el río, con su agua de color verde oliva, oscura y untuosa, cruzando el mundo de parte a parte. En su cauce, a los pies del cerro, se distingue un canal cuajado de juncos y verdín remansado que señala la posición del antiguo puerto fluvial de la ciudad, mediante el que nuestros íberos del Ebro ejercieron el control del comercio en buena parte del curso inferior del río, en aquellos tiempos navegable. Más allá está la campiña, extensa y feracísima, dilatándose hacia la lejana Sierra del Tormo y el Montsant.

En estos parajes tuvo lugar en nuestra contienda civil la batalla del Ebro, y algún eco bélico debe quedar aún en el aire, porque se me hace fácil imaginar ahí enfrente al ejército púnico disfrutando de su último descanso mientras el General Aníbal negociaba el derecho de paso con los abrumados ilercavones. Supongo que estos debieron de dar todo tipo de facilidades para que aquella fuerza militar sin precedentes continuara lo antes posible su camino hacia el norte. Utilizando de nuevo las palabras de Carles Cols –aunque él las aplica al también ilercavón enclave fortificado del Coll del Moro, en la vecina Gandesa-:

«Peró quan el visitant s’atura avui a l’increïble mirador que és el Coll del Moro, ve de gust entretancar els ulls i intuir l’exèrcit d’Anníbal a la vall que s’estén fins a les serres de Cavalls i de Pàndols, just al davant. És el pas natural que uneix la desembocadura de l’Ebre amb el Baix Aragó. Potser els habitants de la Terra Alta, la comarca, s’han acostumat al que aquest espectacle orogràfic ofereix. Per a algú de ciutat és com mirar una lalr de foc. És emocionant. Hipnòtic».

Esa es la palabra. Hipnótico.

La gran ciudad de los ilercavoces escapó de los cartagineses, pero no de los romanos. Estos la destruyeron a sangre y fuego allá por el 200 a.C. Se ha encontrado una gran cantidad de proyectiles –en especial glandes plúmbeos de honda- que lo atestiguan. Y recientemente se ha hecho un descubrimiento revelador: a unos trescientos metros de la puerta flanqueada por las torres pentagonales, más o menos en el actual aparcamiento de autocares junto al que pasamos al abandonar el lugar, se erigió un gran campamento legionario romano. Probablemente lo construyó el cónsul Marco Porcio Catón durante las campañas que dirigió para reprimir las revueltas ilergetes e ilercavonas de la región a finales del siglo III y comienzos del II a.C. La ciudad amurallada y el campamento a sus puertas recuerda, como bien nos trae a colación nuestro celebrado Carles Cols, a la aldea de los irreductibles galos de Astérix y el campamento de Petibonum.




[1] Carles Cols, Ilercavons, Històries Ibèriques - Ruta dels Ibers, Museu d’Arqueologia de Catalunya, Generalitat de Catalunya 2017.


















miércoles, 16 de octubre de 2019

LOS ALTOS DE ANÍBAL EN SAGUNTO (Tras las huellas de Aníbal XVI)


Hago un alto en la taberna de la Serp, en lo alto de la antigua judería de Sagunto, para reponer fuerzas tras la excursión matutina al castillo. Desde la terraza, con una jarra de cerveza sobre la mesa, veo los farallones escarpados y los lienzos de muralla de la Ciudadela, allá arriba, recortados contra el cielo azul. Es preciso subir para hacerse una cabal idea del valor estratégico de este cerro de casi un kilómetro de largo desprendido como un transatlántico de caliza de la sierra Calderona. En él se suceden estructuras defensivas de todas las épocas, como un catálogo poliorcético de todas las guerras e invasiones que en España han sido, desde la anibálica que nos ocupa hasta la Guerra Civil, pasando por la huella romana, árabe, medieval e, incluso, napoleónica. El castillo es un lugar agreste y solitario, y las vistas vastísimas que se abren en todas direcciones producen un desasosiego que anima a cruzar saludos con los visitantes cuyos pasos se cruzan con los nuestros.

Quizá lo que más me ha gustado ha sido el museo epigráfico que se apoya contra la muralla en un lateral de la plaza de San Fernando. Sus cartelas explican de un modo ejemplar ese sutilísimo tejido de tradiciones y creencias que dieron cimiento al mundo romano durante siglos. No estaría mal, por ejemplo, que mantuviésemos la costumbre de celebrar a los nuestros con inscripciones en el espacio público, como ese Publio Bebio Venusto que quiso compartir la memoria de su amigo Quinto Varvio Celer, de la tribu Galeria.

Algo más me ha costado dar con los restos de la ciudad íbera: es preciso seguir un camino accidentado por el exterior de la muralla, entre coscojas y lentiscos, para dar con tramos de muralla y el arranque de una torre defensiva construidos con grandes sillares en el siglo IV a.C. Se suda la gota gorda, pero merece la pena. Es la única forma de entrever el aspecto que debió ofrecerle a Aníbal la antigua Arse íbera en los tiempos en que se la consideraba inexpugnable, con su doble recinto amurallado ciñendo la cumbre y las caderas del risco. Una cartela plantada en mitad de la “senda íbera” nos advierte de que «no se dispone de material arqueológico del célebre asedio, ya que en el siglo XX se lleva a cabo la destrucción de la vertiente sur y oeste de la montaña para extraer piedra. Algunas imágenes de la explotación muestran una gran cantidad de proyectiles esféricos, que pueden pertenecer al armamento artillero utilizado por el ejército cartaginés».

Sin embargo, como tantas veces, es la memoria de los nombres la que nos hace próximo el pasado. Dice la misma cartela: «De aquel momento histórico ha pervivido la toponimia de los Altos de Aníbal». 

Apartado y hermoso paraje, propicio para los ecos, este de los Altos de Aníbal en Sagunto.


















lunes, 16 de septiembre de 2019

LOS HOMBRES Y MUJERES DE ARSE (Tras las huellas de Aníbal XV)


Sagunto tiene hoy esa expresión de fatiga desorientada de las ciudades que fueron prósperas por un medio de vida que pasó a la historia. El puerto de Sagunto fue durante buena parte del siglo XX una Ciudad Factoría construida en torno a la siderurgia y los astilleros, hasta el cierre de Altos Hornos del Mediterráneo en octubre de 1984. De aquel tiempo queda aquí un recuerdo de contaminación, lucha sindical y reconversión industrial. Y la respuesta ha sido la que suele ser: poner en juego el músculo de la historia y las tradiciones. No hay más que ver cómo está estos días la ciudad engalanada de banderolas moradas para las diversas devociones de Semana Santa; no hay momento en que no se oigan por las calles los acordes de las bandas de música ensayando para las procesiones.

Pero lo que más me llama la atención, en Sagunto como en otros lugares de la misma filiación, es esa reivindicación del pasado romano hecha a partes iguales de fastos institucionales, reclamos turísticos y variada quincallería decorativa del todo a cien. El B&B donde me ha dado hospitalidad Inma se llama Domus Atilia y por todos sus rincones hay reproducciones de diosas y ninfas varias. Mi habitación, grande y confortable pero algo destartalada, es la Flavia. En la ciudad acaban de terminar los Ludi Saguntini, un festival de teatro clásico. Junto al museo histórico se anuncia la Domus Baebia, aula didáctica de cultura clásica.
Y el restaurante donde como ahora, mientras escribo, un arroz del segnoret, se llama El templo de Diana.

En la sobremesa me acerco a conocer los restos del antiquísimo edificio sacro que le da nombre. Son unos muros impresionantes, con un aparejo de sillería prácticamente megalítico. Se trata de un edificio íbero sin parangón. Al decir de los expertos es la única estructura que dejó en pie Aníbal cuando destruyó la ciudad, por estar bajo la advocación de alguna diosa local que le impuso respeto. Me detengo a contemplarlo. Esas mismas piedras dieron cobijo y sombra un día, muchos días, a las mujeres y hombres de Arse. Me importa recordarlo.

Mientras, en la ciudad se prepara la magna representación en vivo de la Pasión que, ocupando un gran escenario en la plaza Mayor, constituye uno de los principales acontecimientos de la Semana Santa. Resulta todo un viaje en el tiempo descubrir, al alejarme paseando del templo de Diana, las calles de Sagunto llenas de legionarios romanos.