lunes, 20 de febrero de 2017

EL TALENTO Y LA MIRADA (En el Palazzo Nuovo de los Museos Capitolinos)


Paseamos por las galerías de estatuaria romana del Palazzo Nuovo, admiro la Venus capitolina con su pudor fingido, observo los rostros que me observan a mí desde los bustos de mármol. Los hay tan variados como variadas son las personas. Veo semblantes enigmáticos, severos, pícaros, solemnes, traviesos, sonrientes, hastiados, insinuantes; hay uno incluso que levanta el dedo con aire admonitorio y parece a punto de decir algo. Parecen tan reales como nosotros mismos. O incluso más reales todavía, como si hiciera falta la permanencia de la piedra para hacer sentir la gravedad de un ser humano.

Pero entonces aparecen en las esquinas de las galerías jóvenes pintadas de blanco que sostienen madejas de hilo con actitud entre hierática y divertida. Otras adoptan poses escultóricas y se ofrecen a los lápices y pinceles de los estudiantes de arte. Alguien lee un dulce texto en italiano. El museo se ha convertido de pronto en un lugar en el que el ser humano nada tiene que ver ya con el mármol. Se trata del talento y la mirada.












lunes, 13 de febrero de 2017

La catapulta de Amílcar (Galería de ilustraciones TRILOGÍA DE ANÍBAL V)


Sin pretender confundir la literatura de ficción con el ensayo histórico, la Trilogía de Aníbal intenta presentar con rigor los elementos de cultura material y técnica militar propios del área mediterránea y, en particular, de la península ibérica en el s. III a. C. 

La ilustración de Sandra Delgado que presentamos hoy es un ejemplo de ello. Representa una de las grandes catapultas conocidas en la época helenística, el llamado petrobolon, atribuido a Caronte de Magnesia. En El heredero de Tartessos, el ingeniero de Amílcar, Bitón de Siracusa, construye una versión de la legendaria máquina:

Bitón señaló a la máquina más próxima al lugar donde se encontraban. Se trataba de un artefacto de gran tamaño. La base, formada por troncos de pino sin desbastar, estaba soportada por cuatro ejes ensartados en ruedas con las rodaduras forradas de láminas metálicas. Un entramado de madera servía de pivote a un largo fuste de cuyo extremo colgaba un bolsón de piel que alojaba una piedra redondeada de un codo de diámetro. El fuste se mantenía en posición horizontal amarrado al bastidor inferior mediante una soga cuya vibrante tensión evidenciaba la fuerza ejercida por el contrapeso del extremo opuesto, un cajón relleno de piedras.
          - Se trata de una versión mejorada del diseño original de Caronte de Magnesia: hemos adaptado los sistemas de tracción y de recarga para que pueda ser accionado por un elefante. De ese modo se ahorra tiempo y se líberan hombres valiosos para portar armas. El principio de funcionamiento es muy sencillo: cuando la soga se libera, el contrapeso cae bruscamente lanzando la piedra del bolsón a una distancia de trescientos cincuenta pasos. Se puede utilizar sin peligro, fuera del alcance de las flechas y los proyectiles de los íberos. Contando con tiempo suficiente, hará trizas el segmento de muralla que convenga.
          Amílcar asintió con la cabeza y caminó en derredor del artefacto, observando minuciosamente el ingenioso despliegue de ruedas, tornos y poleas, golpeando incluso con los nudillos aquí y allá para comprobar la solidez de los amarres y las piezas. Un brillo de admiración comenzó a asomar a sus ojillos entrecerrados a medida que se le hacía evidente la robusta simplicidad de las soluciones técnicas pergeñadas por el siracusano. Finalmente se reunió de nuevo con el grupo evidenciando su satisfacción.

Poco después el petrobolon se pone en movimiento:

Bitón alzó un brazo y lo agitó de un lado a otro. En el linde de la campa el mahout, un hombrecillo achaparrado y de piel muy oscura sentado en la cerviz de un elefante, golpeó el lomo de éste con una vara rematada por un aguijón de hierro y el animal puso en movimiento su inmensa mole. Al acercarse, todos pudieron sentir en las plantas de los pies cómo el suelo se agitaba con trémulas vibraciones bajo el impacto de las patas del coloso, cilíndricas y rugosas como troncos de almez.
          Con el estímulo de la atenta mirada de Amílcar, un grupo de operarios amarró en un abrir y cerrar de ojos el bastidor del petrobolon al arnés de cuero que ceñía el torso del elefante. El mahout se inclinó hacia la oreja derecha de éste hablando en una lengua desconocida, hecha de sonidos que a Aníbal le sugirieron imágenes de remotos desiertos batidos por el viento, y castigó de nuevo la piel coriácea con el aguijón. El animal lanzó un estremecedor barrito, más de ira que de dolor, y, lanzando todo su peso con furia hacia delante, comenzó a arrastrar la catapulta en dirección a Hélike, siguiendo la pista principal que atravesaba el campamento.

Si quieres más información sobre las dos primeras novelas de la Trilogía de Aníbal:

El heredero de Tartessos

El cáliz de Melqart




jueves, 2 de febrero de 2017

LA GRAN BELLEZA (El Marforio en los Museos Capitolinos)


Uno se da de bruces con la Gran Belleza en esta plazuela del Palazzo Nuovo capitolino. Desde su trono de agua y mármol, con el cuerpo tendido, sereno e imperturbable, inmune al paso del tiempo, nos contempla socarrón el gran Marforio. Hay que escuchar el rumor del agua. Nos asombra no encontrar a nadie en un lugar tan maravilloso, como si fuera el dios quien nos ha brindado esa gracia.

Prestamos atención, en efecto, al rumor del agua. Al hacerlo se siente una mezcla de emoción y vulnerabilidad, de sentirse grande e insignificante al mismo tiempo, de asomarse a un misterio.

Es algo que estremece.

Es el arte.


viernes, 13 de enero de 2017

EL SULTÁN ANÍBAL BARCA EN ROMA


Aníbal Barca ocupó un lugar tan destacado en el recuerdo colectivo de los romanos que los Papas, cuando eligieron la decoración de los palacios capitolinos, decidieron dedicarle toda una sala. En ella Iacomo Ripanda, alrededor del año 1610, pintó cuatro grandes frescos con el tema común de las Guerras Púnicas. Se representa la victoria romana en Sicilia y el tratado de paz entre Lutacio Catulo y Amílcar Barca, pero nada impacta tanto como la imagen de Aníbal dirigiendo su ejército por las campiñas itálicas. 

A pesar de que Aníbal representaba el ideal helenístico no menos que los propios romanos, Ripanda nos lo muestra como un sultán otomano, opulento e indolente, tocado con un gran turbante, a lomos de un elefante con orejas que más parecen las alas de un murciélago. Su ejército temible de libios e íberos toma aquí el aspecto de una hueste musulmana. Lo más curioso es que Aníbal representa sin duda ni matices al vencedor. Como si la perspectiva romántica de la Historia le hubiera concedido el triunfo definitivo al que se ganó el derecho en Cannas pero que por algún motivo ignoto dejó escapar.






miércoles, 4 de enero de 2017

LA LOBA CAPITOLINA: Lección de Historia


La loba capitolina nos recibe en una salita en la que dormita un vigilante. Habíamos esperado multitudes rodeándola, como las que asedian a la Gioconda en el Louvre, pero no, ni un visitante. Tal vez por eso parece tan triste la expresión de Luperca, la loba, mientras Rómulo y Remo se disputan sus ubres, ajenos a todo. Es la misma expresión con que nos sostiene la mirada, en la sala contigua de los Museos Capitolinos, la escultura de bronce de Junio Bruto, el Bruto Capitolino, el primero de los cónsules.

Tras la loba la pared está cubierta por losas de mármol que relacionan los Fasti Capitolini, los anales consulares y triunfales de la República romana. Tal vez sea la más extraordinaria lección de Historia de la Antigüedad. Al parecer, ha perdurado más el mármol que el deseo de conocer su relato. Al menos estamos nosotros, junto a un vigilante somnoliento, dispuestos a escucharlo.








martes, 20 de diciembre de 2016

AMÍLCAR BARCA (Galería de ilustraciones TRILOGÍA DE ANÍBAL IV)


La Trilogía de Aníbal está concebida de modo que las novelas transcurren durante el tiempo en que cada uno de los tres grandes Bárquidas estuvo al frente de los cartagineses en la península Ibérica. El heredero de Tartessos es el tiempo de Amílcar, mientras que El cáliz de Melqart retrata el principado de Asdrúbal. En ambas novelas aparece también de forma destacada Aníbal, claro está, aunque su papel protagonista no llega hasta la tercera novela, que no tardará en salir del horno.

Así que ya iba siendo hora de que en esta galería de ilustraciones apareciera el gran Amílcar Barca, el que con su desembarco en Gadir en el año 237 a. C. cambió el rumbo de la Historia y situó a Ispania como gran teatro de operaciones en la lucha por el poder en el mundo antiguo. Amílcar llegaba tras haber combatido a los romanos en Sicilia y a los mercenarios amotinados en la propia Cartago, y estaba decidido a conquistar una nueva área de influencia y de explotación de recursos para el poder cartaginés. Es un hombre curtido en campañas militares y en la lucha contra sus rivales políticos en Cartago, y no está dispuesto a detenerse ante nada.

La escena con la que presentamos al personaje, concebida y espléndidamente realizada por Sandra Delgado, está inspirada en uno de los momentos críticos de El heredero de Tartessos (pág. 358):

Mientras Gimialcón corría a cumplir sus órdenes, el Bárquida montó en su caballo, alzó la cabeza y cerró los ojos con una suerte de fatigada indolencia. En todo su derredor los collados comenzaban a hacerse visibles, como colosales túmulos emergiendo de las entrañas de una vasta oscuridad escarlata.
       -El día llega preñado de sangre -dijo, mirando por fin a su hijo-, y Baal Hammón está impaciente porque comencemos a derramarla.

lunes, 12 de diciembre de 2016

DOMUS ÁUREA: El sueño enterrado de Nerón




Paseamos con nuestros cascos amarillos, siguiendo los pasos y las explicaciones de la guía, Valeria, por los corredores de la Domus Áurea, la mansión enterrada de Nerón. El sentido práctico de Trajano la desnudó un día del oro y el mármol que la cubrían por entero, y arrancó todo lo que consideró valioso, incluso las tuberías de plomo del ninfeo de Ulises y Polifemo en el que ahora prestamos atención al silencio, sobrecogidos. Después colmó las habitaciones de tierra prensada para servirle de cimiento a las termas que quería regalarle al pueblo de Roma, a la ciudad y a su propia memoria. Tan solo quedaron en su lugar las grandes estancias misteriosas, las pinturas sutiles y esa maravillosa sala octogonal que parece entrañar áureas proporciones de belleza que no conseguimos terminar de aprehender. Tal vez hayan sido ya olvidadas, como los sueños de Nerón.