lunes, 30 de marzo de 2015

EL RETRATO DE ANÍBAL en el MAN (Tras las huellas de Aníbal I)


La explicación en el panel situado junto a las salas del Museo Arqueológico Nacional dedicadas a la Hispania Romana es extraordinariamente escueta. Bajo el título De Iberia a Hispania reza:

"A partir de 237 a. C. Iberia se convierte en campo de batalla de las dos grandes potencias del Mediterráneo Occidental: Roma y Cartago. La II Guerra Púnica (218 - 202 a. C.) provocó la entrada de Roma en la península. Comenzó anexionándose los territorios bajo control cartaginés y continuó ampliando su dominio".

Junto a él, una única vitrina con el rótulo Iberia, entre Roma y Cartago, amplía la información:

"En 237 a. C., tras su derrota en la I Guerra Púnica, Cartago, empobrecida y endeudada, emprende la conquista de Iberia en busca de nuevos recursos, especialmente los metales preciosos de las minas del Sur. Roma, que no podía permitir la recuperación de su enemigo, comienza en 218 a. C. una nueva guerra, la II Guerra Púnica. Las dos potencias se enfrentan en suelo hispano, involucrando a la población indígena, hasta la derrota del líder cartaginés Aníbal en 202 a. C.

Romanos y cartagineses encuentran en la península un complejo panorama de culturas y pueblos que, a lo largo del s. III a. C., se habían organizado en torno a ciudades-estado. Inmersas en la guerra, apoyaron a uno u otro bando en función de sus intereses, aportando dinero, víveres o soldados."

Punto y final. Esto es todo lo que nos explica mi venerado MAN sobre la presencia en el territorio ibérico de la dinastía cartaginesa de los Bárquidas, en uno de los periodos de la Historia Antigua que más impacto tendrían en el curso de los acontecimientos en el ámbito mediterráneo y, en gran medida, universal. ¿Nada más que decir, que explicar, que matizar? ¿Realmente las culturas y pueblos que habitaban la península dispusieron del margen de libertad para elegir bando en función de sus intereses? Aníbal fue ciertamente derrotado en 202 a. C., pero muy lejos ya de la península Ibérica. ¿Qué precio pagó lo que poco después habría de conocerse como Hispania por esa derrota?

Busco alguna información adicional en las cartelas de las piezas que alberga la vitrina. Se trata de 25 monedas de cada uno de los bandos del conflicto, bajo los epígrafes de Monedas para una conquista y Dinero para la guerra. Dos formas, por cierto, de decir lo mismo. Me llama la atención un conjunto de cuatro grandes monedas cartaginesas de plata representando respectivamente dos bustos masculinos, uno femenino y un caballo. La leyenda sugiere: "Es posible que estas cabezas sean retratos disimulados de los generales cartagineses Amílcar y Aníbal Barca, retratados con atributos divinos".

¿Disimulados? Traigo a la memoria la exposición Fragor Hannibalis. Aníbal en Hispania, que albergó el Museo Arqueológico Regional de la Comunidad de Madrid, en Alcalá de Henares, entre julio de 2013 y enero de 2014, comisariada por Manuel Bendala Galán. Mi más sincera enhorabuena, por cierto, tanto a él como a Enrique Baquedano, director del Museo, por la exposición y por el magnífico catálogo que publicaron para ella. En él se incluye un revelador artículo de Mª Paz García-Bellido sobre El nacimiento del retrato monetario en Occidente y la familia Bárquida. Tiempo habrá de volver sobre la iconografía de los Bárquidas, pero la identificación de los retratos de Amílcar y Aníbal, padre e hijo, en las monedas que se acuñaron en su tiempo, parece indiscutible. Ambos tienen rasgos muy similares, dando la razón a Tito Livio, quien subrayó el parecido físico entre ambos como una de las razones que facilitaron el apoyo del ejército cartaginés a Aníbal tras la muerte de su cuñado Asdrúbal. Amílcar muestra signos de más edad y tiene barba, contrariamente a su hijo quien, en cambio, luce unas caracterísiticas largas patillas. Ambos tienen la cabeza ceñida por una corona de laurel y llevan al hombro la clava de su dios protector, Hércules o Melqart. El metal nos dice poco más; echándole un poco de imaginación puede intuirse la boca firme y la mirada lanzada al horizonte.

¿De modo que este es el retrato del gran Aníbal Barca cuando se disponía a desafiar a Roma desde Hispania? Desde que pusiera pie en Gadir acompañando a su padre en 237 a. C. hasta su partida hacia Roma al frente de su ejército en 218 a. C. transcurrieron casi dos décadas. Sin embargo, como elocuentemente pone de manifiesto el espacio dedicado a él en el MAN, la atención dedicada a este período en la vida de Aníbal, más allá de excepciones como la exposición del Arqueológico madrileño, es insólitamente escasa. Me pregunto cómo puede ser que una figura tan evocadora como Aníbal Barca, el hombre que puso a Roma de rodillas y a punto estuvo de lanzar en una dirección alternativa el rumbo del mundo antiguo, nos resulte tan poco conocida en lo que toca a su prolongada estancia en nuestro suelo.

De pronto me resulta una tarea fascinante tratar de conocer mejor al joven que tengo ante mí, retratado en una moneda de plata de 22 siglos de antigüedad. Buscar, tanto tiempo después, las huellas que dejó en Hispania Aníbal Barca.






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