Visito la villa romana de Els
Munts, en Altafulla, en una mañana de julio en que la brisa trae el eco de las
tormentas que difuminan a lo lejos el horizonte sobre el mar. Es un lugar
espectacular, la quintaesencia de la forma de vida de los altos dignatarios de
provincias del imperio romano: en este caso, Caius Valerius Avitus,
representante del emperador Antonio Pío, acreditado como señor de la villa a
mediados del siglo II, duunviro de la capital provincial, Tarraco, situada a 12
km. La casa, tal y como se muestra a los visitantes es, sin embargo, anterior,
y seguramente su construcción estuvo relacionada con la estancia en Tarraco del
emperador Adriano durante el invierno de 122-123.
Los vestigios arqueológicos
son impresionantes. Sorprende la zona de las estancias, con muros de gran
potencia, con abundante policromía y un corredor semisubterráneo con un
pavimento de mosaico asombrosamente conservado. Siguiendo un corredor que en su
día estuvo flaqueado por columnas, se atraviesa el gran comedor de banquetes y
un mitreo para llegar a las termas principales con su horno y sus espaciosas
letrinas. Como testimonio de que los privilegiados de aquel tiempo no se
privaban de nada, Avitus tenía también otras termas en la playa, al pie del
montículo ocupado por la villa y sus infraestructuras hidráulicas—no hay que
perderse lo que queda de las grandes cisternas—, que contaba con una piscina de
natación construida en el mar. Las olas vienen a batir contra las antiguas,
estructuras de piedra, levantando un rumor que le pone la banda sonora a la
visita.















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