domingo, 30 de noviembre de 2025

La villa romana de ELS MUNTS y la torre de los ESCIPIONES

 


Visito la villa romana de Els Munts, en Altafulla, en una mañana de julio en que la brisa trae el eco de las tormentas que difuminan a lo lejos el horizonte sobre el mar. Es un lugar espectacular, la quintaesencia de la forma de vida de los altos dignatarios de provincias del imperio romano: en este caso, Caius Valerius Avitus, representante del emperador Antonio Pío, acreditado como señor de la villa a mediados del siglo II, duunviro de la capital provincial, Tarraco, situada a 12 km. La casa, tal y como se muestra a los visitantes es, sin embargo, anterior, y seguramente su construcción estuvo relacionada con la estancia en Tarraco del emperador Adriano durante el invierno de 122-123.

Los vestigios arqueológicos son impresionantes. Sorprende la zona de las estancias, con muros de gran potencia, con abundante policromía y un corredor semisubterráneo con un pavimento de mosaico asombrosamente conservado. Siguiendo un corredor que en su día estuvo flaqueado por columnas, se atraviesa el gran comedor de banquetes y un mitreo para llegar a las termas principales con su horno y sus espaciosas letrinas. Como testimonio de que los privilegiados de aquel tiempo no se privaban de nada, Avitus tenía también otras termas en la playa, al pie del montículo ocupado por la villa y sus infraestructuras hidráulicas—no hay que perderse lo que queda de las grandes cisternas—, que contaba con una piscina de natación construida en el mar. Las olas vienen a batir contra las antiguas, estructuras de piedra, levantando un rumor que le pone la banda sonora a la visita. 

 

De camino hacia Cambrils hago un alto junto a la N-340, que sigue el trazado de la antigua Vía Augusta (anteriormente Heraclea), para ver la llamada Torre de los Escipiones, un monumento funerario del siglo I, muy bien conservado. Está presidido por dos representaciones escultóricas del dios Atis, que fueron erróneamente identificadas con los hermanos Escipión. Aunque la piedra resiste impávida el paso del tiempo, hace mucho que se esfumó de la memoria la identidad del personaje que quiso atraer la benevolencia y el recuerdo de los viajeros, que hoy pasan a 120 km/h, sin dignarse a desviar la atención del asfalto.






































 







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