Cuando nos acercamos a
Alcalá de Henares por la autovía A2, viniendo desde Madrid, a mano derecha, más
allá del bosque de galería que señala el curso del río Henares, se alza el más
meridional de los llamados Cerros de Alcalá. Es el Cerro del Viso, de San Juan
del Viso o Monte Zulema, un típico cerro testigo de cuando los páramos
calcáreos de Castilla no eran sino el lecho cargado de sedimentos del Mar de
Tetis. Es precisamente allí adonde nos dirigimos. Hemos quedado con Sandra
Azcárraga, la arqueóloga que, desde 2017, codirige el proyecto y las
excavaciones de Primitiva Complutum, junto con Arturo Ruiz Taboada. Porque
resulta que allá arriba, en la meseta llana que corona el cerro, se fundó y prosperó
durante un siglo la antecesora de la famosa ciudad romana que puede visitarse hoy
en los arrabales alcalaínos de la vega del río, y que da nombre a una de las
grandes universidades de España. Yo mismo cursé en ella mis estudios de
Química, hace ya un buen puñado de décadas, y sigo teniendo a gala mi pedigrí
complutense. Del prestigio del viejo gentilicio romano da cuenta que cuando, en
1836 y por decisión gubernamental, la vieja universidad fundada por el Cardenal
Cisneros en 1499 se trasladó a Madrid, no quiso dejarlo atrás. No pocos siguen
pensando hoy en Alcalá que aquello fue una usurpación de identidad en toda
regla, y creo que no les falta razón.
Sandra fue víctima de la
fascinación por el lugar en 2011, cuando estaba realizando una tesis doctoral
sobre la «Romanización del valle bajo del Henares» y abordó la
fotointerpretación de las imágenes aéreas que existían de la superficie del
cerro. Ya desde el siglo XVIII se sospechaba que, en lo que hoy es un gran
campo de cereal de treinta hectáreas, con una dimensión aproximada de 1.000x300
metros, descansan los restos de la primitiva ciudad de Complutum. Los sondeos
puntuales realizados en los años 70 del siglo pasado por Dimas
Fernández-Galiano encontraron evidencias de la ciudad, incluyendo los de unas
termas que parecían haber sido desmontadas, sugiriendo el abandono pacífico y
planificado del lugar.
Aunque el uso agrícola
prolongado durante siglos en el cerro ha causado enormes daños en el
yacimiento, el mismo permitió que en 2011 Sandra hiciera un feliz hallazgo al
examinar las fotografías aéreas del Instituto Geográfico Nacional. Debido a la
menor altura que alcanza el cereal al crecer cuando encuentra piedra a poca
profundidad, las imágenes aéreas revelaban peculiares patrones geométricos: ni
más ni menos que los de la trama ortogonal, llamada hipodámica, de la vieja
ciudad romana que dormía bajo los trigos. Y en ella salían a la luz evidencias
de elementos de gran monumentalidad, como un teatro de cuarenta metros de
diámetro, con el graderío excavado en la roca, muy similar a esa maravilla de
la arquitectura romana, que hoy puede visitarse en las ruinas de Acinipo, cerca
de Ronda. También podían reconocerse las trazas de lo que aparentaba ser un
campamento romano, probablemente el que supuso el hito fundacional de la
ciudad.
Todo esto nos lo cuenta
Sandra, provista de fotografías y planos plastificados, cuando nos reunimos con
ella en la zona militar, que ha preservado de la explotación agrícola una parte
de la meseta que corona el cerro. El resto, la parte más extensa, cultivada,
como hemos dicho, de cereales, es privada, lo que ha supuesto un enorme
obstáculo para el desarrollo del proyecto.
―Es una pena―explica Sandra
mientras echamos a andar hacia el mirador que domina el valle del Henares―;
desde 2017 no hemos podido excavar más que en la zona militar, y gracias a que Defensa
nos ha dado todas las facilidades. Pero en la finca privada, nada de nada. La Comunidad
de Madrid anda en negociaciones para comprar la parcela; espero que lo consiga
pronto, porque, mientras tanto, el arado sigue haciendo sus destrozos. Han
aparecido en superficie hasta restos de mosaicos arrancados.
A la espera de que eso
ocurra, Sandra y su equipo han centrado su atención en la calzada de acceso a
la ciudad y en la ampliación, situada ya en la zona militar, que experimentó
Primitiva Complutum hacia el sur, intercalando, año tras año, campañas de excavación
y de georradar. Hasta el momento han hallado domus, un posible gran
edificio industrial y calles que mantienen la orientación de las de la ciudad
principal, pero ni rastro del asentamiento carpetano que debió motivar la
instalación de un campamento romano en el lugar, el cual actuó como origen de
la ciudad.
Le pregunto a Sandra si cree
que ese campamento pudiera datar de la propretura de Julio César en el 61 a.
C., cuando llevó a cabo su campaña contra carpetanos y lusitanos. Como siempre,
la posibilidad de poder olfatear el rastro de César me pone alerta.
―Desde luego, un campamento
cesariano es la primera hipótesis―responde Sandra―. Aunque necesitaríamos
excavar para constatarlo. Podríamos ver, por ejemplo, si tiene las esquinas redondeadas
características de los campamentos de los años 60 a. C. Y pudiera haberse
instalado para rendir un oppidum carpetano, aunque el campamento era
pequeño para los estándares romanos y no se han encontrado evidencias de
combate.
―¿Habéis dado con restos
carpetanos?
―Tan solo cerámica en
superficie, pero no estructuras. Tal vez estén en la zona militar, mirando
hacia el sur, hacia el Arroyo Pantueña. A ver si las campañas de georradar nos
dan alguna pista.
Continuamos el paseo y
Sandra va recreando ante nosotros la estampa de una gran ciudad que tan solo
estuvo habitado durante un siglo, desde mediados del siglo I a. C. hasta
mediados del siglo primero de nuestra era, pero que llegó a alcanzar una
extensión de 35 hectáreas y a albergar hasta 10.000 habitantes, hasta que
llegaron tiempos más pacíficos y se decidió trasladar Complutum a la vega del río,
controlando la vía que conducía de Emérita Augusta a Caesaraugusta y Tarraco.
Tal vez no fuera ajena a ello una posible escasez de agua en lo alto del cerro
―Seguramente ambas ciudades
coexistieron durante un tiempo―prosigue Sandra―, es posible que, tras el
abandono de Primitiva Complutum, el teatro pudiera haber seguido siendo
utilizado por la ciudad de abajo. Pero no acabaremos de tener una imagen clara
hasta que no excavemos. También deberíamos poder encontrar evidencias de la muralla
que debió haber, pero que aún no ha aparecido, y del acueducto, que debió de
distribuir el agua desde un sistema de pozos en lo alto del cerro. De momento―explica
Sandra cuando nos acercamos a unas estructuras que afloran en el sembrado―, no
tenemos más que esta antigua cisterna de hormigón, que debía dar servicio a
unas termas.
Seguimos caminando sin
levantar la vista del suelo, porque toda visita dirigida por Sandra se
convierte también en una actividad de prospección, y pienso en la ingeniería y
la mentalidad romanas: hormigón que perdura durante milenios, una gran ciudad
que se desmonta un siglo después de haber sido fundada para reemplazarla por
otra en una ubicación más conveniente. Llegamos hasta la calzada de acceso, de cinco
metros de ancho, cajeada en la caliza. Avanzamos por ella hasta el terreno
donde la campaña de este año ha buscado la necrópolis de la ciudad, dada la
costumbre romana de situar sus áreas funerarias junto a las vías de acceso.
―No ha aparecido―explica Sandra―,
pero intentaremos continuar el año que viene, para averiguar en qué dirección
continuaba la calzada. En sentido contrario, hacia la ciudad, creemos que iba a
conectar con el cardo máximo, seguramente a través de una gran entrada
monumental. Y seguiremos con el georradar, pero es muy caro, ¡y hay tanto que
hacer!
De camino hacia los coches,
Sandra nos cuenta sus planes, que incluyen la musealización de los principales
hallazgos realizados, como una gran domus excavada parcialmente entre 2017
y 2018. Para ello cuenta con una pequeña subvención del ayuntamiento de
Villalbilla, el apoyo de un puñado de patrocinadores que admiramos su trabajo,
la colaboración de los militares y la de las universidades públicas madrileñas
que cada año asignan al proyecto una docena de estudiantes en prácticas. Y,
sobre todo, Sandra cuenta con su pasión por la arqueología y su determinación
de sacar a la luz Primitiva Complutum, la primera ciudad que fundó Roma en lo
que hoy es la Comunidad de Madrid. Dicho sea de paso, los derechos de autor de
este libro que tiene el lector en sus manos, así como los del que lo precedió, «Tras
las huellas de Aníbal», se destinan precisamente a apoyar el proyecto.
Qué delicia leerte, amigo. Gracias
ResponderEliminar¡Gracias, amigo, un abrazo!
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