sábado, 18 de abril de 2020

POLIBIO Y TITO LIVIO: GRIEGOS Y ROMANOS (Tras las huellas de Aníbal XX)


Es ya un lugar común contraponer a griegos y romanos atribuyendo a los primeros el genio racional y creador y la viveza de espíritu y a los segundos la fecundidad ingenieril, militar y normativa, a aquellos el arte y a estos la técnica, a los griegos el individuo libre y curioso y a los romanos la disciplina administrativa y social. Todas estas generalizaciones tienen mucho de tópico, pero la verdad es que esa es exactamente la impresión que me produce la lectura de Polibio y Tito Livio, las más recurridas de mis fuentes en este relato de los pasos de Aníbal por Hispania.

Polibio nació alrededor de 210 a.e.c. en Megalópolis, capital de la Liga Aquea, en Arcadia, región ideal de la poesía bucólica. Recibió una completa formación política, filosófica y militar, llegando a ser hiparco de la Liga. Como tal participó en la embajada en la que esta puso su ejército a disposición del cónsul Quinto Marcio Filipo en la tercera guerra Macedónica que concluyó con el dominio definitivo de Roma en la región. A pesar de ello los triunfadores pusieron en duda la lealtad del hiparco Polibio a su causa, y le obligaron a permanecer largos años confinado en la capital del Tíber. Esta estancia obligada cultivó en él admiración hacia Roma, pero mantuvo siempre vivo el amor hacia Grecia. Cuando recobró su libertad de movimientos Polibio viajó extensamente, y sus escritos rinden siempre tributo a lo mejor de la historiografía griega: son, siempre que es posible, producto de la observación de primera mano[1], están llenas de jugosas reflexiones sobre las causas últimas de los sucesos y muestran un cosmopolitismo y una agilidad narrativa que recuerda al lector a los mejores reportajes periodísticos de nuestros días.

Tito Livio fue un personaje distinto en casi todo. Pasó casi toda su vida en Patavium (Padua), donde nació en 59 a.e.c. De su ciudad tomó un carácter sobrio, provinciano y conservador. Tanto durante su tiempo en Padua como en sus estancias en Roma, más frecuentes a medida que adquirió celebridad como historiador, mantuvo una reducidísima vida social, permaneciendo recluido en su gabinete literario, entregado en cuerpo y alma a la composición de su monumental obra sobre la historia de Roma. Livio escribe al servicio de su patria, de una idea ética y apologética de Roma, y lo hace compendiando como un exquisito funcionario aquellas fuentes que le son útiles por constatar la superioridad política y militar, civilizatoria, de Roma.

Comprenderá el lector que, aunque acuda a uno y otro por ser en gran medida complementarios, siempre que pueda elegir me quede con Polibio. Me parece mucho más divertido. Además, se interesa por los púnicos como un objeto de atención en sí mismos, no solo en tanto que perversos enemigos de Roma. Polibio sabe encontrar tiempo para relatarnos la intrahistoria de los cartagineses, lo que les pasa cuando no tienen un romano observándolos.

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Tal vez es por eso por lo que Polibio da luz a muchos episodios que Livio resuelve con elipses o saltos sumarísimos, o siente la necesidad de embarcarse en rigurosas explicaciones de contexto que pueden ocuparle durante páginas. Un buen ejemplo de ello es el excurso geográfico que considera preciso para dar cuenta de la ruta tomada por Aníbal y su ejército en su viaje a Italia: cuatro páginas dedicadas a hacer una descripción de las tres partes en que divide al mundo conocido: Asia, África y Europa. Pero es que, explica juiciosamente Polibio, «para evitar que el desconocimiento de los lugares convierta mi exposición en ininteligible, habrá que explicar de dónde partió Aníbal, los lugares que atravesó, sus dimensiones y a qué partes llegó de Italia. […] Pero si se trata de lugares desconocidos, su mención desnuda equivale a la pronunciación de palabras sin significado, que penetran en el oído, pero no hallan soporte en la mente».

Y, al contrario, en este empeño racionalista de proporcionar todo el necesario «soporte en la mente», Polibio ignora los episodios de tono mítico, por no decir mágico o esotérico, que la tradición historiográfica antigua atribuye a Aníbal. Tales episodios sí le son gratos a Tito Livio, sin duda porque proporcionan buen material para el relato dirigido a la mentalidad romana, siempre inclinada a dar pábulo a señales y augurios de todo tipo –buen ejemplo de ello es el famoso sueño de Aníbal en el Ebro, al que no tardaré en referirme- y a prestar atención a manifestaciones religiosas propias y ajenas.

De estos episodios, a pocos se les atribuyó tanto impacto como a la visita que realizó el Bárquida al santuario de Melqart a Gadir en vísperas de su partida hacia Italia. Veamos en qué contexto se produjo.

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Tras su exitosa campaña contra los pueblos de la meseta y la resonante conquista de Sagunto, Aníbal supo que la suerte estaba echada. Sus actos equivalían a una declaración de guerra, y no le cabía duda de que el mensaje habría llegado alto y claro al Senado romano.

En efecto, así fue. Las noticias de la caída de Sagunto, considerada ciudad inexpugnable, tuvieron un enorme impacto. «A los senadores –nos dice Livio- les invadió un pesar tan profundo y al mismo tiempo lástima por los aliados tan indignamente exterminados, así como vergüenza por no haberles prestado ayuda y cólera contra los cartagineses y miedo por la situación en su conjunto como si ya el enemigo estuviese a la puerta, que, conturbados sus ánimos con tantos sentimientos simultáneos, en vez de tomar decisiones se azoraban».

Por último, los romanos –continuamos ahora con Polibio- «eligieron unos embajadores y los enviaron sin dilación a Cartago[2]. Debían proponer alternativamente dos cosas: si aceptaban la primera, los cartagineses sufrían a todas luces daño y vergüenza; la segunda les representaba el inicio de problemas y de grandes peligros. En efecto, los romanos exigían la entrega del general Aníbal y de sus consejeros; de lo contrario, habría guerra». Es decir, como pondríamos en términos coloquiales, o susto o muerte. Y es bien sabido que los prohombres cartagineses, viendo a su alcance cobrarse las numerosas deudas y afrentas que tenían pendientes con Roma, eligieron muerte.

La guerra estaba servida.


[1] El propio Polibio, por ejemplo, declara que llevó a cabo personalmente la travesía de los Alpes para conocer de cerca las dificultades a que hubo de hacer frente Aníbal.
[2] En este punto Tito Livio, siempre tan atento a demostrar que las actuaciones de Roma estaban escrupulosamente ajustadas a derecho, puntualiza que lo hicieron «para cumplir con todos los requisitos legales previos a la guerra».

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