viernes, 9 de octubre de 2015

Elogio de la austeridad en Santa María de Huerta


Santa María de Huerta, desde el audiovisual que recibe al visitante, es un elogio de la austeridad. El canto gregoriano que resuena por todo el monasterio le sirve de banda sonora. Una única palmera, esbelta y desesperada, trata de escapar hacia lo alto de este severísimo encierro de piedra, hacia el cielo gris plomizo que se desliza despacio. En el refectorio, con su espaciosa nave, la frontera entre la luz y la piedra es al mismo tiempo nítida e imprecisa, como si todo se confundiera en un mismo silencio al contemplarlo. Son veinte monjes a 178 kilómetros de Madrid y parecen habitar un asteroide remoto extraviado en el espacio. En los monasterios que conservan una comunidad viva todo está empapado de una espiritualidad solemne que es preciso tomarse en serio. Aquí se siente uno más peregrino que viajero. ¿Quién no sentiría un anhelo imposible de permanecer, de disolverse en esta rutina letárgica donde todo está pautado por la regla de la Orden, donde todo parece repetirse hasta el infinito, como si hubiera desaparecido el mundo, el tiempo, la vida? Como si sólo perduraran la piedra y el silencio.l











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