sábado, 22 de junio de 2013

De R Melqart, humildemente (El museo ARQVA de Cartagena).


Hay, sin duda, muchas formas de describir los años de abundancia que precedieron (y dieron causa) a la crisis desoladora de nuestros días. En la que ahora me viene al caso, digamos que fue un tiempo en que la atención al continente fue incomparablemente mayor que la del contenido. Lo que importaba era la apariencia, el envoltorio, el decorado, a ser posible bien provisto de ladrillería y hormigón armado. Armado de vanidad y presunción de nuevos ricos, quiero decir.

Pocos ejemplos de ello son tan elocuentes como ciertos museos y, en particular, el ARQVA, Museo Nacional de Arqueología Subacuática. El edificio es una espectacular obra del arquitecto Guillermo Vázquez Consuegra, que articula buena parte de la nueva fachada de la ciudad de Cartagena a su bahía. Lástima que la colección permanente del museo, más que modesta por el número y la variedad de sus piezas, quede casi perdida en la vastedad del edificio. Son, desde luego, muy interesantes los paneles didácticos, y la reconstrucción de la sección de naves de carga fenicias, griegas, romanas y medievales, y joyas arqueológicas como los restos de los pecios fenicios hallados en Mazagón, pero uno no puede dejar de preguntarse si no hubiésemos salido ganando dedicando parte del coste del edificio a la arqueología subacuática propiamente dicha.

Una piedra de toque de las paradojas de que es testigo ARQVA es su tienda: amplia, bien provista, atractiva... pero cerrada. Nos dicen que lleva meses así, dando literalmente con la puerta en las narices a los miles de visitantes que se acercan hasta ella con la aspiración de comprar alguna publicación especializada. Lamentable.

Como uno es optimista por naturaleza, confío en dar con ese hallazgo que, por sí solo, justifique la visita y me reconcilie con el museo. Y es Ángela quien no tarda en señalármelo: un conjunto de colmillos de elefante hallados en un pecio fenicio del s VII - VI a. C. en el Bajo de la Campana, en la Manga del Mar Menor. Cuatro de ellos muestran inscripciones raspadas, en lengua fenicia, probablemtne sirviendo como fórmulas comerciales de cortesía. Una dice: "De Bod Astart, (tu atento) servidor". Y otra: "r'mlk'ns" ["De R Melqart, humildemente"]. En esos toscos trazos se ve la mano de un hombre y se pecibe su aliento. Una vez más, la palabra escrita sigue sirviendo para desvanecer el paso del tiempo y susurrarnos, a través de los milenios, al oído.

Saliendo del museo nos detenemos ante dos vitrinas con monedas y objetos procedentes de La Mercedes, como anticipo de lo que un día será una fabulosa exposición. Esperemos que para entonces haya reabierto la tienda, y por cierto, que alguien tenga la lucidez y generosidad de ceder una muestra digna al Museo Naval de Madrid.

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