Nos apresuramos a ir a su encuentro y las cruzamos por la puerta de Carsio, hoy llamada Edirne Kapi.
Precisamente por ella entró en la ciudad, en la tarde del 29 de mayo de 1453, el sultán Mehmet II El Conquistador, tras un asedio de 54 días en los que la artillería otomana desmontó piedra a piedra un lienzo próximo de la muralla. La noche anterior, el último de los Emperadores bizantinos, Constantino XI, había muerto valientemente defendiendo su ciudad por pura dignidad, sin que a los sitiados les quedara ninguna esperanza.
En el preciso instante en que Mehmet II cruzó esa puerta, la misma que atravesábamos ahora nosotros rodeados de una baraúnda de autobuses y pequeños taxis amarillos, se extinguió la llama que había permanecido encendida desde los albores de Grecia. Dos mil quinientos años de mundo clásico llegando a su fin una tarde de mayo en Edirne Kapi. Aunque para entonces Constantinopla no fuera sino un espectro agonizante habitado por 40.000 almas exhaustas, y el Imperio Otomano viniera a dar un nuevo impulso a la ciudad que alumbraría durante décadas nuevas maravillas.
Es paradójico que el mundo clásico muriera en Oriente justo cuando comenzaba a renacer en Italia, de un modo especialmente brillante en la Florencia de Lorenzo de Medici. Tanto los renacentistas de entonces como todos los hombres y mujeres que desde entonces hemos acudido a la fuente de los clásicos nos hemos nutrido de ellos, hemos aprendido su profundo sentido de la libertad, la virtud y la dignidad.
Por más que no hayan dejado de florecer en el mundo las tiranías de dioses, reyes o sultanes, siempre nos quedan los clásicos para recordarnos que el Hombre es el centro de todas las cosas. La mujer y el hombre. Mientras seamos libres, seguiremos siendo griegos.
En el restaurante Çafari Arif (Kumkapi, Estambul)
2 de abril de 2010











