sábado, 18 de marzo de 2023

LA PINTURA TIENE UN FINAL SIN FIN (Manolo Quejido en el Palacio de Velázquez de El Retiro)


«Distancia sin medida» es el título de la exposición de Manolo Quejido en ese bellísimo espacio que es el palacio de Velázquez del Retiro, vinculado al Reina Sofía. Puede visitarse hasta el 16 de mayo. Merece mucho la pena.

Me ha resultado impactante la extraordinaria diversidad de registros del artista, como si cada sala perteneciera a uno diferente. Desde los lienzos inflamados por la violencia primordial del color, expresión pura y diáfana de la luz, hasta el cuaderno «Sangre» como una ventana a la textura del tiempo de observación de Quejido y de su intimidad con la tinta y el papel. Desde enormes lienzos de geometría acrílica a un «tridelirium» de pequeñas cartulinas saturadas de filigranas de tinta china.

Entiendo que el punto de encuentro es la esencial emoción que agita al artista. ¿Pero es esa emoción distinta cada día? ¿Somos personas distintas cada día? ¿Somos a lo largo de la vida personas diferentes alojadas en una misma memoria? ¿Qué es lo que hace que, a pesar de la incesante transformación, sigamos siendo nosotros mismos?

Quizá consciente de este abanico de preguntas y alternativas que le suscita su obra al espectador, Quejido incluye textos en sus pinturas para servirnos de brújula, de rótulos señalando la dirección en un territorio desconocido. «BLA-BLA-BLA». «Al pintar ponerle fin, la pintura tiene un final sin fin».

Al final no sé bien a qué carta quedarme. El conjunto produce una impresión de compulsión, de mirada incapaz de quedar en reposo. Tal vez el anhelo que arde en todas las obras que nos ofrece Manolo Quejido no sea otro que el de su más íntima e infatigable libertad.



















 

domingo, 12 de marzo de 2023

EL "PUENTE DEL DIABLO", UN ACUEDUCTO BIMILENARIO EN TARRAGONA (Dibujos Arqueológicos XXII)

 


Del acueducto romano de Les Ferreres, en Tarragona he hablado ya antes en este blog. Decía entonces: "También llamado Puente del Diablo, forma parte de la conducción de 25 km que llevaba el agua del río Francolí a la ciudad. Fue construido por Augusto en el siglo I a. C. y hoy emociona ver sus dos niveles de 36 arcos superpuestos, que alcanzan una altura de 27 m, salvando un valle de frondosa vegetación mediterránea. Que esta obra de sillares unidos en seco siguiera en funcionamiento durante 18 siglos y que hoy se mantenga en pie como un milagroso ejemplo de perdurabilidad de la obra humana es algo que no se puede dejar de celebrar." Sirva este dibujo arqueológico, hecho por aquellas fechas, como otra forma de celebración.


domingo, 5 de marzo de 2023

LOS ÚLTIMOS ILERCAVONES (En Sant Miquel de Vinebre)

 


Jordi me espera en Ca do Joan, el palacete que han habilitado en Vinebre como oficina de turismo. Hace ya veinte minutos que ha pasado la hora de cierre, pero no le ha importado prolongar la jornada para atender al visitante. Me ha preparado, además, documentación sobre el paso de Aníbal del Ebro, incluido un curioso cómic sobre la historia de Ascó. Y, por si todo eso fuera poco, se ofrece a llevarme hasta el yacimiento («es que es un poco lioso», me advierte). 

Pocos minutos después, tras dejar el coche a la sombra de un pino y subir a pie una áspera cuesta, llegamos al lugar. Es un espectacular otero salpicado de ruinas asomado al Ebro, con las laderas erizadas de espinos, romeros y lentiscos. Una tubería oxidada asciende desde el río, para conectar con un canal de riego a cielo abierto que atraviesa el yacimiento de punta a punta. «Lo construyeron en los años 50 -comenta Jordi-; lo rompieron todo, en aquellos tiempos no importaba nada». Quién sabe lo que se perdió entonces. Las excavaciones arqueológicas no comenzaron hasta los años 70, por el empeño de la arqueóloga Margarida Genera. Desde entonces se han sacado a la luz cerámicas, un pendiente de oro y los muros de lo que fue un asentamiento militar ilercavón construido a mediados del siglo II a.e.c., para controlar el acceso fluvial al territorio ilercavón, a través del Pas de L'Ase, o Paso del Asno. Aproximadamente un siglo después, en fechas próximas al paso de César por los Pirineos, en sentido inverso al de Aníbal, fue tomado por los romanos en una acción militar, como muestran los restos de incendio y los glandes de honda y puntas de lanza encontrados. Debió de tratarse de uno de los últimos puntos de resistencia ilercavona.

El lugar es impresionante. Grandes peñascos verdigrises nos circundan; allá abajo el río se desliza tan pacíficamente como lo hacía hace dos milenios, aunque en aquel tiempo fuera navegable durante un larguísimo trecho aguas arriba, hasta Caesaraugusta y más allá. En aquel tiempo, las embarcaciones remontaban el Pas de L'Ase haciendo uso del camino de sirga, lo que facilitaba el control y proporcionaba actividad  a un puerto fluvial. El viento agita perfumes de musgo y resina en los pinos y los acebuches. Jordi me saca de mi ensoñación: «¡Vaya vista, ¿eh?! Normal que fuera también una posición militar en la batalla del Ebro, en la Guerra Civil. Aquí se instaló un nido de ametralladoras que dominaba los riscos de la otra orilla». 

Pues sí, normal. No en vano, como dice Carles Cols en su librito «Ilercavons», editado por la Generalitat: el yacimiento está «a dalt d'un turó que domina aquesta mena de Termòpiles catalanes». Desde aquí, es fácil sentirse uno de aquellos guerreros ilercavones que observaban con estupor a los elefantes de Aníbal cruzando el río en grandes almadías, como imagina el cómic de Jordi. Un guerrero ilercavón en las Termópilas catalanas.















domingo, 19 de febrero de 2023

UNA MINA AL SERVICIO DE QART HADASHT (Galería de imágenes de la TRILOGÍA DE ANÍBAL XXXIV)

 


El cáliz de Melqart arranca con una escena muy singular. Dos hombres con aspecto y atuendo fenicio contemplan los trabajos de explotación de una mina fluvial en un paraje agreste. Es el punto de partida de una cadena de acontecimientos que van a dar un vuelco impredecible a la situación de Ispania. Como siempre, Sandra Delgado la ha recreado con un timbre artístico deslumbrante, marcado por el contraste de la sombra y el resplandor de la luz del ocaso, y la minuciosa reconstrucción de los personajes y los objetos de aquella época. Con Sandra Delgado, la Ispania fenicia y púnica, y mis propias novelas, cobran vida delante de nuestros ojos. 

Malco trazó un arco con el brazo extendido, invitando a Adonibaal a contemplar la actividad que transcurría a su alrededor.

Se encontraban en la ribera arenosa del río, que en ese punto tenía una anchura de unos ochenta pasos y un caudal aún abundante y bravío; eran tierras en las que el verano se demoraba en llegar. En el centro de la corriente se sucedía una secuencia de islotes alargados, cubiertos de vegetación. Los dos más próximos estaban siendo desmontados por un gran número de trabajadores, vestidos únicamente con andrajos y taparrabos, cuya condición de esclavos la evidenciaban las cadenas ceñidas con grilletes a sus tobillos. Vigilados por guardias y capataces, urgidos por gritos y golpes de látigo, extraían capachos de arena oscura que era después transportada hasta la orilla en barcas formadas por piezas de cuero cosidas entre sí. En la ribera la arena pasaba a un sistema de cedazos móviles alimentados por un canal derivado del río, donde otro contingente de esclavos la cribaba minuciosamente.

-¿Qué te parece? –interrogó Malco, de buen humor- Aquí donde le ves, tu amigo Malco ha convertido esta mina en una de las más productivas de toda la costa de las Cassitérides.

Para conocer los libros de la Trilogía de Aníbal:

martes, 7 de febrero de 2023

EL MUNDO ROMANO DE ULPIANO CHECA (en Colmenar de Oreja, a 60 km de Madrid)


Es increíble la cantidad de sorpresas que siguen deparándonos los pueblos de la Comunidad de Madrid, por muchos años que llevemos recorriéndolos. Resulta que Ulpiano Checa, uno de los más cotizados pintores españoles de finales del siglo XIX y principios del XX, fue natural de Colmenar de Oreja, y nunca perdió el contacto con sus raíces, por mucho que su carrera le llevara por otros derroteros. Murió en 1919 y sus restos fueron traídos a su pueblo natal. Y, allá por 1950, al equipo municipal del momento se le ocurrió crear en su memoria un museo que abrió sus puertas en 1960, con veinte obras cedidos por Carmen y Felipe, hijos del pintor. Desde entonces, a través de adquisiciones, depósitos y donaciones de instituciones y particulares, el MUCH no ha dejado de ampliar su colección. 

Todo esto nos lo cuenta Natalia, la amabilísima colmenareta que recibe a los visitantes en la Casa de los Siete Patios, la sede del museo: «Tenemos depósitos de la Comunidad de Madrid, del Prado y hasta del Thyssen -nos cuenta-. “El crepúsculo”, una de las últimas obras expuestas, fue el pago de una productora que rodó en el museo».

El museo es magnífico; muy pocos municipios pueden presumir de tener uno que brille a este nivel, con tanta obra de calidad y tan bien expuesta. Todas las salas merecen la pena, pero se me disculpará que destaque por encima de todas las dos dedicadas al mundo romano. Checa leyó las grandes novelas de romanos del momento («Los últimos días de Pompeya», de Bulwer-Lytton, «Ben-Hur», de Wallace y «Quo Vadis?», de Sienkiewicz) y quedó fascinado. Comenzó a pintar cuadros inspirados en ellas y causó un enorme impacto, ganando diversas medallas en los salones de pinturas de la época y plasmando el concepto visual del mundo romano, que más tarde habría de trasladarse a las adaptaciones teatrales y cinematográficas de aquellas grandes novelas.  

El museo da a conocer una espléndida muestra de todo ello, con obras tan impactantes como «La invasión de los bárbaros», «La ninfa Egeria dicta a Numa Pompilio las leyes de Roma», «La naumaquia», «La carrera de carros» o «Los últimos días de Pompeya“, la obra de gran formato que ganó la medalla de oro en la Exposición Universal de París de 1900 y que sigue dejando al visitante sin respiración. 

De verdad, no os lo perdáis. Tenéis el mundo romano de Ulpiano Checa a un tiro de piedra. Colmenar de Oreja está a 60 km de Madrid y, además de una plaza mayor espectacular y variados encantos históricos y gastronómicos, cuenta con la iglesia de Santa María la Mayor, iluminada con tres frescos de gran tamaño pintados por Checa en 1897, ¡en tan solo 45 días!

[Una nota triste. El lienzo de «La invasión de los bárbaros» que exhibe el museo es una de las versiones reducidas que hizo el autor. El original, de 7 × 4 metros, medalla de oro en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid de 1887, adquirido por el Estado, se consumió en el incendio de la Universidad de Valladolid de 1939. Qué pérdida.]















martes, 31 de enero de 2023

APRENDER A VER Y ENSEÑAR A VER (Fernando Zóbel en el Museo del Prado)

 


Es maravillosa la exposición sobre el pintor filipino-español Fernando Zóbel, fundador del Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, que hasta el 5 de marzo exhibe el Museo del Prado, en el marco del estimulante empeño que mantiene el museo de prestar atención al diálogo entre sus colecciones y el arte contemporáneo.

Zóbel dedicó su vida a «aprender a ver y enseñar a ver» a través de su pintura. Como señala uno de los textos mostrados en la exposición, «“dibujar de cuadros” es una forma de verlos -escribió- como si los cuadros estuvieran provistos de una naturaleza íntima, que solo se pudiera alcanzar dibujándolos».  Testimonio de esa forma de ver son el casi centenar y medio de cuadernos de apuntes que Zóbel escribió y dibujó a lo largo de su vida. Una buena muestra de ellos se despliega ante la mirada del visitante en la exposición. Son joyas deliciosas, llenas de delicadeza, genio, expresivo y creatividad.

Tras pasar una tarde contemplándolos, uno sale del museo presa de la efervescencia para verlo, y dibujarlo, y compartirlo todo. La efervescencia de aprender a ver y enseñar a ver, como diría Fernando Zóbel. 

[Siento no poder ofrecer imágenes. Los criterios del Museo del Prado, ya se sabe...].





jueves, 26 de enero de 2023

LOS VETTONES DEL CASTRO DE LA MESA DE MIRANDA (Tras las huellas de César III)



Sea siguiendo las huellas de Aníbal o las de César, durante los últimos años he visitado la mayor parte de los grandes castros vettones del centro de la península, repartidos en ambas vertientes, pero sobre todo la septentrional, de la Sierra de Gredos. Sus emplazamientos tienen en común estar situados en parajes de granítica belleza, mostrar grandes lienzos de muralla con factura casi ciclópea y conservar rasgos de espiritualidad que, aún hoy, más de dos milenios después, siguen emocionando a los visitantes.

En mi libro «Tras las huellas de Aníbal» doy cuenta de mi visita a los castros de El Raso de Candeleda, Yecla La Vieja y Ulaca en las provincias de Ávila y Salamanca. Y en este blog, hace ya un buen número de años, dejé una breve noticia sobre Las Cogotas, muy próximo a la ciudad de Ávila. 

Hoy os presento el Castro de La Mesa de Miranda, descubierto en 1930, junto a su necrópolis de La Osera, en el municipio abulense de Chamartín. Creo que es uno de los más hermosos, enclavado en un extenso cerro poblado de encinas centenarias, encajado entre sendos arroyos. Es un paisaje agreste, de estribaciones serranas, que se cubre de nieve en el corazón del invierno.

El castro conoció su época de esplendor en los siglos IV y III a.e.c. y debió de ser abandonado en la época de mayor actividad militar romana en la zona, entre las Guerras Sertorianas (82-72 a.e.c.) y los enfrentamientos entre los partidarios de César y Pompeyo en la segunda guerra civil (49-44 a.e.c.). Cabe, por tanto, pensar que Mesa de Miranda, fuera uno más de los oppida sometidos por César en el curso de su guerra contra los lusitanos, durante su propretura del 61 a.e.c.

 

Antes de acudir a visitar el yacimiento, decido pasarme por el aula arqueológica del pueblo de Chamartín.  Para mi sorpresa, está muy bien. Tiene abundantes paneles informativos, unos curiosos vídeos con recreaciones de escenas de la vida vettona, con figurantes que probablemente sean vecinos de los alrededores (habida cuenta de la tez serrana y la expresión cohibida y divertida que lucen), dioramas, mecanismos hidráulicos y reproducciones de objetos que uno puede toquetear. Me recibe y atiende Ana, y es encomiable su atenta profesionalidad, su empeño en que me merezca la pena haber llegado hasta aquí. Acaso hoy sea el único visitante. Ojalá cada vez haya más. Después me aventuro por el camino que lleva hasta el castro. Son tres kilómetros, en muchos tramos completamente cubiertos de nieve, y no dejo de preguntarme si finalmente tendré que tirar la toalla y darme la vuelta. Pero, afortunadamente, consigo alcanzar mi destino.

Menos mal, porque hubiera sido imperdonable perdérselo. El castro aparece con sus murallones de grandes sillares de granito, cubiertos de nieve, relampagueando con un blanco cegador o apagándose según el curso de las nubes en el cielo. Ausentes los vettones hace mucho, los únicos habitantes son hoy las encinas, algunas de ellas colosales.

En realidad, pronto compruebo que no. En la nieve no son las mías las únicas huellas. Hay también otras más pequeñas que trazar sus propios caminos entre los recintos de piedra, los túmulos funerarios y los árboles.

Me asomo al paisaje infinito, más allá de los valles, cortados por el río Riohondo y el arroyo Matapeces. Sonrío al pensar que la toponimia siempre echa una mano para quitarle los excesos de solemnidad a las cosas.