Visito el yacimiento de Cáceres el Viejo en un fin de semana
de final de invierno en que el perfume del tapiz de flores que cubre lo que un
día fue un campamento legionario de veinticuatro hectáreas es una gratificación
suficiente para que merezca la pena la visita.
El lugar arqueológico se ha puesto en valor en los últimos años mediante la
restauración de la antigua casa de labor que lo corona, para albergar en ella
un sencillo centro de interpretación. El día de mi visita a sus mandos se
encuentra Susi, una enérgica mujer que se ofrece a enseñárnoslo al puñado de
curiosos que nos hemos ido reuniendo.
―Pero que os quede
claro que soy una guía no oficial―nos advierte―, yo lo hago porque me lo pide
el alma.
Susi nos explica la creación del campamento por Quinto Cecilio Metelo, como
hemos visto, durante las guerras de Sertorio.
―Se suponía que
Sertorio se las daba de más demócrata que Sila, pero la verdad es que quería el
poder como todos. Con unos y con otros, los de arriba estaban arriba y los de
abajo, abajo. Pasando el tiempo, este campamento y el cercano de Castra Servilia, se
unieron para formar Norba Cesarina, o sea Cáceres, fundada como Colonia en el
35 a. e. c. y bautizada así por Cayo Norbano Flaco, que era yerno de Mario. O
sea, que el uno le da el puesto al otro.
Uno de los visitantes, con ese gracejo español para desacreditar lo
público, apostilla: «Como los de ahora, pero con túnica».
―Las excavaciones―continúa
Susi después de reír la broma―comenzaron en 1917, cuando se estaba haciendo la
carretera a Torrejón el Rubio y empezaron a aparecer restos antiguos, y se les
ocurrió llamar al arqueólogo alemán Schulten, que por aquel entonces estaba en
Numancia: «¡Schulten, vente p’acá, que creemos que tenemos el oro y el moro!».
No sé si el oro y el moro, pero desde luego que los hallazgos de Schulten
en 1917, y los de las excavaciones sistemáticas de 1927, 1928 y 1930, fueron
impresionantes, sacando a la luz las calles principales del campamento (la vía
Prætoria y, perpendicular a ella, la vía Quintana), edificios importantes como
el Prætorium y el Quæstorium, así como la Porta Prætoria y
la Porta Principalis Sinistra. De
esas excavaciones proceden también muchos objetos de culto y de uso común,
incluyendo utensilios, cerámicas, armas y herramientas metálicas de todo tipo,
lo que indica que el campamento tuvo un prolongado uso civil, una vez perdida
la vigencia de su finalidad militar. Entre las piezas más destacadas que pueden
contemplarse hoy en el museo de Cáceres, me habrá de llamar especialmente la
atención, cuando lo visite esa misma tarde, una elegante figurita de bronce representando
a Minerva con el brazo izquierdo alzado, como si realizarse un sortilegio; un
quemaperfumes de terracota, procedente de un templo, y cabezas de Zeus-Serapis
realizadas en cerámica.
Susi nos conduce después por las diversas estancias del centro,
deteniéndose ante la reproducción de la unidad básica de alojamiento de la
tropa, una especie de alcoba con literas para ocho legionarios. «A esto le
llamaban contubernio―explica en tono de chanza―, y no me extraña, porque
con ocho tíos metidos aquí, un poquito de jaleo sí que habría». Anima a los
chavales que forman parte del grupo a que tomen las reproducciones de espadas y
se ejerciten con ellas. «¡Vamos, animaos, que esto es un centro de
interpretación y no un museo, así que se pueden tocar las cosas y hacer un poco
de peliculeo!».
Al final del recorrido, justo antes del vídeo final, nos detenemos ante una
gran maqueta de Castra Cæcilia que reproduce a escala su rectángulo de 400 ×
680 metros, que delimita una superficie equivalente a la de 38 campos de fútbol
«como el Santiago Bernabéu». Con una gran superficie aún por excavar, la
maqueta reproduce pormenorizadamente todas las estructuras del campamento, como
el foro con su estanque central en el lugar donde hoy el sol espejea en una
laguna. «Es que ahora―aclara Susi―con el georradar, los arqueólogos van a huevo».
Tras un caluroso aplauso para agradecer a Susi su altruista labor de guía «salida
del alma», me dirijo al exterior y sigo su consejo de ir a ver al menos una
puerta y una esquina del recinto. Me sorprendo al comprobar que hay un
itinerario perfectamente señalizado que conduce a los principales hitos de la
muralla, donde se han erigido estructuras metálicas que reconstruyen el aspecto
y las dimensiones del antiguo perímetro defensivo romano. Comienzo por la Porta
Principalis Sinistra, donde el efecto es impactante, con la puerta abriéndose
a una calle de veinte metros de ancho―la Via Principalis―que conducía
hacia el Prætorium, flanqueada por sendas torres de 3,5 × 4 metros.
Desde el adarve se domina el sistema de dos fosos defensivos situados ante el
exterior de la muralla. Continúo después hasta la esquina noroeste, igualmente
recreada en su impresión visual, cuyo origen de época republicana es delatado
por los ángulos rectos, contrariamente a las esquinas redondeadas típicas de
los campamentos de época imperial.
















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