El
deseo de emulación de la figura de Julio César y de la antigua Roma se ha
repetido recurrentemente desde el Sacro Imperio Romano Germánico hasta el
pasado siglo, causando especial furor en los regímenes totalitarios. La Italia
fascista de Benito Mussolini se llevó la palma, ensalzando a César como
«dictador perpetuo» en la estatua de la Via dei Fori Imperiali de Roma. César
muestra en ella una expresión más bien triste, como si lamentara haber servido de
inspiración a personajes tan perniciosos como el arrogante Duce italiano.
