miércoles, 16 de octubre de 2019

LOS ALTOS DE ANÍBAL EN SAGUNTO (Tras las huellas de Aníbal XVI)


Hago un alto en la taberna de la Serp, en lo alto de la antigua judería de Sagunto, para reponer fuerzas tras la excursión matutina al castillo. Desde la terraza, con una jarra de cerveza sobre la mesa, veo los farallones escarpados y los lienzos de muralla de la Ciudadela, allá arriba, recortados contra el cielo azul. Es preciso subir para hacerse una cabal idea del valor estratégico de este cerro de casi un kilómetro de largo desprendido como un transatlántico de caliza de la sierra Calderona. En él se suceden estructuras defensivas de todas las épocas, como un catálogo poliorcético de todas las guerras e invasiones que en España han sido, desde la anibálica que nos ocupa hasta la Guerra Civil, pasando por la huella romana, árabe, medieval e, incluso, napoleónica. El castillo es un lugar agreste y solitario, y las vistas vastísimas que se abren en todas direcciones producen un desasosiego que anima a cruzar saludos con los visitantes cuyos pasos se cruzan con los nuestros.

Quizá lo que más me ha gustado ha sido el museo epigráfico que se apoya contra la muralla en un lateral de la plaza de San Fernando. Sus cartelas explican de un modo ejemplar ese sutilísimo tejido de tradiciones y creencias que dieron cimiento al mundo romano durante siglos. No estaría mal, por ejemplo, que mantuviésemos la costumbre de celebrar a los nuestros con inscripciones en el espacio público, como ese Publio Bebio Venusto que quiso compartir la memoria de su amigo Quinto Varvio Celer, de la tribu Galeria.

Algo más me ha costado dar con los restos de la ciudad íbera: es preciso seguir un camino accidentado por el exterior de la muralla, entre coscojas y lentiscos, para dar con tramos de muralla y el arranque de una torre defensiva construidos con grandes sillares en el siglo IV a.C. Se suda la gota gorda, pero merece la pena. Es la única forma de entrever el aspecto que debió ofrecerle a Aníbal la antigua Arse íbera en los tiempos en que se la consideraba inexpugnable, con su doble recinto amurallado ciñendo la cumbre y las caderas del risco. Una cartela plantada en mitad de la “senda íbera” nos advierte de que «no se dispone de material arqueológico del célebre asedio, ya que en el siglo XX se lleva a cabo la destrucción de la vertiente sur y oeste de la montaña para extraer piedra. Algunas imágenes de la explotación muestran una gran cantidad de proyectiles esféricos, que pueden pertenecer al armamento artillero utilizado por el ejército cartaginés».

Sin embargo, como tantas veces, es la memoria de los nombres la que nos hace próximo el pasado. Dice la misma cartela: «De aquel momento histórico ha pervivido la toponimia de los Altos de Aníbal». 

Apartado y hermoso paraje, propicio para los ecos, este de los Altos de Aníbal en Sagunto.


















lunes, 16 de septiembre de 2019

LOS HOMBRES Y MUJERES DE ARSE (Tras las huellas de Aníbal XV)


Sagunto tiene hoy esa expresión de fatiga desorientada de las ciudades que fueron prósperas por un medio de vida que pasó a la historia. El puerto de Sagunto fue durante buena parte del siglo XX una Ciudad Factoría construida en torno a la siderurgia y los astilleros, hasta el cierre de Altos Hornos del Mediterráneo en octubre de 1984. De aquel tiempo queda aquí un recuerdo de contaminación, lucha sindical y reconversión industrial. Y la respuesta ha sido la que suele ser: poner en juego el músculo de la historia y las tradiciones. No hay más que ver cómo está estos días la ciudad engalanada de banderolas moradas para las diversas devociones de Semana Santa; no hay momento en que no se oigan por las calles los acordes de las bandas de música ensayando para las procesiones.

Pero lo que más me llama la atención, en Sagunto como en otros lugares de la misma filiación, es esa reivindicación del pasado romano hecha a partes iguales de fastos institucionales, reclamos turísticos y variada quincallería decorativa del todo a cien. El B&B donde me ha dado hospitalidad Inma se llama Domus Atilia y por todos sus rincones hay reproducciones de diosas y ninfas varias. Mi habitación, grande y confortable pero algo destartalada, es la Flavia. En la ciudad acaban de terminar los Ludi Saguntini, un festival de teatro clásico. Junto al museo histórico se anuncia la Domus Baebia, aula didáctica de cultura clásica.
Y el restaurante donde como ahora, mientras escribo, un arroz del segnoret, se llama El templo de Diana.

En la sobremesa me acerco a conocer los restos del antiquísimo edificio sacro que le da nombre. Son unos muros impresionantes, con un aparejo de sillería prácticamente megalítico. Se trata de un edificio íbero sin parangón. Al decir de los expertos es la única estructura que dejó en pie Aníbal cuando destruyó la ciudad, por estar bajo la advocación de alguna diosa local que le impuso respeto. Me detengo a contemplarlo. Esas mismas piedras dieron cobijo y sombra un día, muchos días, a las mujeres y hombres de Arse. Me importa recordarlo.

Mientras, en la ciudad se prepara la magna representación en vivo de la Pasión que, ocupando un gran escenario en la plaza Mayor, constituye uno de los principales acontecimientos de la Semana Santa. Resulta todo un viaje en el tiempo descubrir, al alejarme paseando del templo de Diana, las calles de Sagunto llenas de legionarios romanos.











martes, 27 de agosto de 2019

EL HORIZONTE EN CLUNIA SULPICIA


Encuentro algo enigmático en las grandes ciudades romanas olvidadas. ¿Por qué hubo hace casi veinte siglos en este lugar una ciudad vibrante con las biografías de más de treinta y cinco mil personas y hoy quedan solo ruinas inmóviles y pájaros fugitivos? Lo mismo he sentido en Primitiva Complutum, Valeria, Castulo y tantas otras. Tal vez la clave de todo esté en el horizonte. Desde la Colonia Clunia Sulpicia, en Burgos, se domina un vasto territorio de encinares, campos de cereales ya cosechados, ondulantes bosques de ribera. Los ciudadanos de entonces veían a sus pies este dilatado mundo circundante cuando acudían a la basílica del foro o a las termas.

Hoy, en cambio, hemos perdido el amor por las alturas. 

Cuando voy al teatro en Madrid veo como telón de fondo cortinajes de atrezzo o tableros de aglomerado. Los espectadores del teatro de Clunia contemplaban más allá de la escena el valle del río Arandilla, desplegado como un animal sabio y perezoso. 

Tengo la sensación de que en nuestro tiempo hemos renunciado a levantar el vuelo. De que nos movemos a ras de suelo. No hace falta que me recuerden lo inservible de la melancolía. Pero cuando traigo a mi mirada esplendores como la Clunia romana erguida sobre las anchuras del Duero, pienso que hemos perdido algo valioso desde entonces. Sólo escribiendo consigo convertir esa idea, a pesar de todo, en un hallazgo tal vez fructífero. 

[Sí, me hace observar Ángela cuando se lo leo, pero sin embargo tampoco ellos podían ver por encima de sus murallas].

[Dice la magnífica guía del yacimiento, obra de sus directores Miguel Ángel de la Iglesia y Francesc Tuset, que Clunia Sulpicia, como capital de uno de los siete conventos jurídicos de la Tarraconense, administró un territorio que iba de Asturias a Navarra y desde el Guadarrama segoviano hasta el Moncayo de Aragón. En ella fue investido el emperador Galba. El núcleo urbano ocupó más de cien hectáreas y tuvo una población de al menos 35.000 habitantes, cifra que en tiempos modernos no alcanzó la ciudad de Burgos hasta 1940. Mis felicitaciones a los arqueólogos y al Diputación de Burgos].
















martes, 23 de julio de 2019

ALTHIA, LA CIUDAD OLVIDADA DE LOS ÓLCADES (Tras las huellas de Aníbal XIV)


Aunque me parezcan tristes me atraen las ciudades perdidas. Tengo en casa un atlas dedicado a ellas, recopilado por Aude de Tocqueville [1]. Dice la autora en el prólogo: «Me gustan las ciudades, mundos abiertos en perpetua metamorfosis, pero todavía me gustan más las que se han silenciado, en ellas la imaginación puede desplegarse sin límites». Después recorre ciudades que fueron célebres, prósperas y pujantes en otro tiempo y que hoy no son más que una ruina o un decorado fantasma donde se intuyen los recuerdos: Kolmannskuppe, Masada, Colesbukta… Desearía ir a visitarlas todas.

Además está mi propio atlas, aún no escrito, formado por las ciudades de antaño que no solo hace mucho que se despoblaron, sino que ni siquiera se sabe a ciencia cierta dónde se encuentran. Ningún ejemplo mejor que Tartessos, todo un mito de la antigüedad que se ha mantenido oculta a pesar de los muchos intentos de localizarla. ¿Qué fue de ella? ¿Dónde nos esperan sus restos, para sorprendernos y emocionarnos?

Retomemos las huellas de Aníbal. Menos célebre, pero igualmente fascinante e ignota, es Althia, la desdichada capital de los ólcades. Durante mucho tiempo los especialistas la consideraron ilocalizable, o propusieron para ella muy diversas opciones, incluyendo algunas tan oportunistas e inverosímiles como la mediterránea Altea. Sin embargo, en los últimos años ha cobrado fuerza la candidatura del gran oppidum hallado en el cerro de la Virgen de la Cuesta, en el municipio conquense de Alconchel de la Estrella. Tanto su magnitud y localización como el periodo de poblamiento y destrucción encajan como anillo al dedo con lo que sabemos de Althia. Está claro que, si quiero formarme una impresión por mí mismo, ese debe ser mi destino.

Hago noche en el hostal “Un lugar de La Mancha”, en Villar de Cañas, acogido a la sobresaliente hospitalidad de Luis y Alicia, y marcho temprano a Alconchel de la Estrella. El pueblo me recibe silencioso e inmóvil bajo el primer sol del domingo; no hay un alma en la calle. Por fortuna encuentro abierto el bar Fabiola. Tomo un café y entablo conversación con Tomás, el único parroquiano.

-Hay cuatro o cinco catas. Es una pena, hace un año que está todo parado. Hubo una ayuda de la Junta y la asociación que se formó en el pueblo empezó con muchas ganas, pero ya se sabe… Que si esto, que si lo otro… El caso es que allí está todo, echándose a perder.

-Dicen que es un poblado ólcade, ¿no?

Tomás me mira impasible.

-En realidad hay tres yacimientos. Uno íbero, otro romano, creo…

Al alimón con la señora que atiende la barra –imagino que Doña Fabiola en persona- me da las indicaciones para llegar al lugar donde está el yacimiento. A las afueras del pueblo tomo un camino de tierra -«ya sabe, el de las romerías»- y tras algunos minutos esquivando baches llego a la ermita de la Virgen de la Cuesta, recién encalada, en lo alto del cerro que lleva su nombre. El desnivel de las laderas es muy acusado y las vistas son espectaculares: en todas direcciones hay montes cubiertos de pinos, campos cultivados, vegas, sierras lejanas. Ahí enfrente está Alconchel acostado en su otero. Según Gonzalbes Cravioto, la ancha vaguada que discurre bajo el cerro formaba parte de la ruta que unía el valle del Henares y el alto Tajo con Qart Hadasht. Sin duda era una posición estratégica.

Camino por la meseta que corona el cerro y pronto empiezo a encontrar, aquí y allá, las catas mencionadas por Tomás; las más importantes están valladas y precariamente protegidas por plásticos a medio desintegrar por la intemperie. Me quedo impresionando: las catas desvelan imponentes aparejos de sillería, muros de gran potencia, estancias, callejas. Según los arqueólogos los restos muestran signos de destrucción datados entre finales del siglo III a.e.c. y principios del II a.e.c. Recordemos que el ataque de Aníbal tuvo lugar en el 221 a.e.c., plenamente compatible con ello.

Las catas están separadas por distancias considerables. Entre ellas, y a su alrededor, las laderas están salpicadas de afloramientos de piedras grises semejantes a las de los muros exhumados. Hay restos cerámicos por todas partes. Es abrumadora la evidencia de que una gran ciudad aguarda oculta bajo mis pies. No me cabe duda de que se trata de Althia, la ciudad olvidada de los ólcades.

De regreso al coche pienso en cómo atraer de nuevo el interés de los arqueólogos hacia este lugar. Veremos qué se me ocurre.


[1] Aude de Tocqueville, Atlas de las ciudades perdidas, GeoPlaneta, Barcelona 2015.