Así
como, pictóricamente hablando, París es una ciudad marcada por el impresionismo
y Barcelona por el modernismo, creo que lo que más caracteriza a Madrid es el
realismo, tal vez por ese sol inclemente pero legendariamente hermoso y su
dureza agreste de tierra de interior. Un ejemplo paradigmático de esto, más
allá de la célebre escuela de los realistas de Madrid, lo ofrece José Miguel
Palacio, pintor zaragozano que ha hecho de mostrar Madrid en sus óleos, con un
realismo asombroso, su mayor seña de identidad. Palacio retrata la Gran Vía, la
estación de Atocha, la Castellana, el Retiro y las viejas tiendas de la ciudad,
convirtiendo cada instante, cada ángulo, cada perspectiva en una obra de arte.
Y eso cambia no solo la forma de ver nuestra ciudad, sino nuestra propia vida.
Cada imagen, cada fotograma en óleo sobre lienzo o tabla, es la representación
de una totalidad que establece intersecciones con nosotros mismos. De algún
modo, las pinturas de Palacio convierten lo prosaico y cotidiano del día a día
en algo trascendente, digno de memoria.
Sobre
las fotos pasa el tiempo, pero no sobre las pinturas. En ellas, el espíritu del
artista late siempre en presente. Por eso causa un atisbo de desasosiego ver
como si fueran de hoy escenas de hace veinte años. La escena es tan presente
como cuando se pintó, pero nosotros no.
La
exposición «Naturaleza de asfalto. Madrid hiperrealista», de José Miguel
Palacio, está en el Museo de Historia de Madrid hasta el 24 de mayo.













.jpg)





