jueves, 16 de mayo de 2019

EL SUEÑO DE LEOVIGILDO (La ciudad visigoda de Recópolis)


Cuando Leovigildo terminó de pacificar Hispania y dio carta de naturaleza a su reino, decidió fundar una ciudad. Y como para elevar al cuadrado su anhelo de permanencia, de posteridad, le dio nombre en honor a su hijo y futuro rey Recaredo. Muchos otros hombres de poder han sentido el mismo impulso a través de los siglos, como si en su caso fuese necesario un elemento adicional a la tríada que, según la convención, da pleno sentido a la existencia de una mujer o un hombre: tener un hijo o una hija, plantar un árbol, escribir un libro… y fundar una ciudad. El problema es que ningún linaje –ni el genealógico, ni el botánico, ni el literario, ni el gentilicio- está asegurado: a todos les incumbe el azar del paso del tiempo; todos pueden perderse en él como lágrimas en la lluvia. Las ciudades pueden medrar y convertirse en efervescentes territorios de fecundidad o pueden morir al cabo de unas generaciones, dejando como recuerdo una ruina de piedras gastadas por la intemperie, como estas de Recópolis. Quizá eso les hace más tristes.

Atardece y los únicos habitantes de esta ciudad muerta asomada al Tajo son los lagartos que apuran los rayos del sol poniente.


[Recópolis merece una visita. Dispone de un digno centro de interpretación -aunque las cartelas del yacimiento están en un estado lamentable- y la localidad de Zorita de los Canes, con su soberbio castillo medieval, está muy próxima.]










miércoles, 3 de abril de 2019

ANÍBAL CONTRA NÓRAX (Galería de imágenes TRILOGÍA DE ANÍBAL XIV)


En El cáliz de Melqart, Aníbal debe viajar a "los últimos confines" en su empeño por lograr para los Bárquidas el dominio sobre Ispania. Un enemigo formidable se interpone en su camino: se trata de Nórax, el guerrero que dirige la defensa del castro de Curris, nombres ambos de reminiscencias tartésicas.

Sandra Delgado recrea con su habitual maestría el combate que tiene lugar entre ellos. La atmósfera es la de un paraje norteño, de "bruma, rocío y humo", utilizando las palabras de Aristófanes que dan título a la parte V de la novela. El equipamiento militar se muestra con el mayor rigor. Y la escena pone dinamismo a las palabras del libro:

El bárbaró se movió con una celeridad insospechada en alguien de su estatura: se inclinó hacia atrás y arrojó la lanza acompañándola de un rugido depredador del que al punto se hizo eco la multitud congregada en la muralla.
Aníbal alzó el escudo y recibió en él el impacto del venablo, tan fuerte que perdió el equilibrio, cayendo hacia atrás. Sintió una punzada de dolor en el antebrazo y comprobó que la puntera de la lanza se había hundido en él, tras atravesar la barrera de cuero y tabla del escudo. Vio la sangre brotar de la herida con fría extrañeza, como si fuera el íntimo espectador de los sucesos que le acaecían a otra persona. Le pareció que los sonidos del mundo eran sustituidos por un rugido ensordecedor y se preguntó si era así de urgente el viento de la muerte.
Dejó caer su lanza, sacó la espada de su vaina y cortó de un tajo el astil del venablo allí donde asomaba del escudo; un agudo latido de dolor lo sacudió. Alzó la mirada y vio al bárbaro abalanzarse sobre él con su espada en alto. Se puso en pie y recibió el golpe sobre el escudo, que se desencajó con un estallido de madera rota. Cayó de nuevo, aturdido, sin aliento. Trató de incorporarse trastabillando, desbaratado, esperando recibir el golpe que pusiera un final vergonzante a sus sueños de gloria e inmortalidad.
Experimentó un tirón en el brazo, y luego otro. Vio que la espada del bárbaro se había quedado clavada en el escudo, dándole un fugaz instante de respiro. La hoja se liberó y él se incorporó, sintiendo cómo le acuchillaba el fragmento de lanza que tenía clavado en el brazo. Aulló para evitar desvanecerse. Adivinó un fulgor metálico trazando un arco en el aire y alzó su espada para detenerlo. Hubo una detonación de esquirlas de metal.

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jueves, 21 de marzo de 2019

Ercávica, "potens et nobilis"


Ercávica, la ciudad de Tersinnos, señor de los ólcades, escenario de una de las grandes encrucijadas de La cólera de Aníbal. Tenía pendiente ir a visitarla y fue como encontrarme con una vieja amiga. “La ciudad, como el extenso otero sobre el que se asentaba, tenía la forma de una letra qoph invertida, con una meseta de forma irregular en primer término prolongada en un angosto promontorio que parecía empujar hacia el norte el curso del río, obligándolo a trazar un amplio meandro encajonado entre montes grises punteados de enebros, sabinas y encinas”. Tal cual.

Tito Livio dijo de ella que era una “potens et nobilis” civitas en el momento de su conquista por Tiberio Sempronio Graco, en 179 a.n.e. Después, ya en época romana, lo sería mucho más, porque junto a Segóbriga y Valeria formó el triángulo conquense que proveyó de lapis specularis –yeso traslúcido, espejuelo- a buena parte del mundo romano de la época, que lo utilizaba en ventanas y vidrieras. En recuerdo de aquella próspera industria, que llegó a contar con 22 complejos mineros y centenares de explotaciones, se ha creado la ruta del Cristal de Hispania, un sendero de largo recorrido de 163 kilómetros que partiendo de Ercávica llega hasta el confín meridional de La Mancha en San Clemente. Magnífica iniciativa.

Por el contrario, el yacimiento arqueológico de la ciudad está más bien dejado de la mano de Dios, con los paneles informativos ilegibles y los espacios excavados tapados a medias con plásticos viejos. Sin embargo, la visita no decepciona porque los vestigios del foro, la muralla o la ínsula de las cisternas revelan que en este solitario promontorio sobre el Cigüela hubo hace dos milenios una ciudad formidable. Porque las vistas sobre el pantano de Buendía y la Alcarria conquense son espectaculares. Y porque hay rincones tan amables como este de la Casa del Médico –en ella se encontró material quirúrgico y un anillo con el emblema de la profesión- en que ahora escribo a la sombra de los cipreses. Esta prematura primavera de marzo ha puesto en el aire una dulzura que casi se puede tocar. Sonrío pensando que de estos parajes salieron a la luz, nunca mejor dicho, las ventanas de Roma.

Si cierro los ojos parece que en el mundo solo existen pájaros.












lunes, 18 de febrero de 2019

ARGONIO LEYENDO A ESQUILO (Galería de imágenes TRILOGÍA DE ANÍBAL XIII)


Del mismo modo que La Iliada de Homero en El heredero de Tartessos, el teatro griego tiene una importante presencia en El cáliz de Melqart, la segunda de las novelas de la Trilogía de Aníbal. No solo las tragedias de los grandes dramaturgos helenos proporcionan los títulos de las seis partes de la novela, sino que dan lugar a algunas escenas que me son especialmente entrañables. Ahí está, por ejemplo, esa conversación entre Asdrúbal y Zekárbal en que el sacerdote explica por qué lamenta que la pasión por el teatro no llegara a prender en Cartago. Y esa otra en que Argonio, a bordo de una almadía que desciende por el Durio, lee a sus compañeros de aventura el Prometeo encadenado de Esquilo. 

Esa es precisamente la imagen que nos regala ahora Sandra Delgado. Argonio de Hélike lee mientras le escuchan sus amigos ólcades, Gerión, Saunio y Mimbro, y Bekoníltir de Qart Hadasht. El joven une su voz al caudal de las aguas del río:

Comenzó con voz alta y solemne.
-Nos situamos en una montaña de la Escitia. Es un lugar remoto, más allá del mar de Levante, por donde se alza el sol al comienzo de cada día. La Fuerza y la Violencia, en compañía del dios Hefesto, llevan prisionero a Prometeo, cumpliendo órdenes de Zeus. Habla la Fuerza:
Ya del orbe a los últimos confines
hemos llegado, a la región Escita,
a inaccesible yermo.
                         Tú del padre
cumplir ahora los mandatos debes…
Argonio recitaba lentamente, traduciendo entre titubeos el griego al íbero, volviendo atrás en ocasiones para rectificar o reformular un verso. Su voz envolvió poco a poco a los pasajeros de la almadía como si los hiciera fluir en ella, como si formara parte del caudal del río, y, mientras atravesaban el corazón del país de los vacceos, los versos de Esquilo fueron acompañando al día en su transcurso. Argonio era interrumpido una y otra vez para que repitiera un pasaje o aclarara algún significado; él explicaba lo que sabía e imaginaba lo que no, llevado por un fervor arrebatado en el que no había espacio para la ausencia de respuestas.

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lunes, 14 de enero de 2019

EL MUSEO ÍBERO DE JAÉN (Tras las huellas de Aníbal XIII)


En Jaén es obligado visitar los dos museos, el Provincial y el nuevo Museo Íbero, para hacerse una idea cabal del espectacular patrimonio íbero de la provincia.

Comienzo por el Museo Provincial de Jaén, y compruebo que el paso de los años no ha hecho sino acentuar la impresión de vetustez que me formé en mi primera visita, allá por 2003. Con todo, vuelvo a entrar en la reproducción de la cámara funeraria de Peal de Toya y me parece haber aterrizado en la escena de El heredero de Tartessos que tan sensiblemente supo plasmar Sandra, aquella en que Orissón lee la lámina de plomo ante Anglea, Gerión y los demás.

Situado en la misma calle, el nuevo Museo Íbero de Jaén es un cascarón casi vacío. Han reconstruido por todo lo alto la antigua cárcel para descubrir que no les quedaba presupuesto para traer las colecciones del Provincial. Aún están pendientes de traslado muchas de ellas, incluyendo algunas tan imponentes como los tesoros de Chiclana de Segura y el de la Alameda. Suele ocurrir así en nuestro país: el músculo de nuestras administraciones encuentra mejor expresión en los continentes que en los contenidos, sobre todo cuando los continentes tienen abundancia de hormigón y están firmados por arquitectos cool. Pero que no se entienda esto como una crítica: el proyecto de un museo de primer nivel dedicado a la cultura íbera es tan extraordinario que bien merece alguna concesión al espíritu edilicio de nuestros gobernantes culturales. Démosle tiempo al tiempo. Es lo único que tiene.

Además, puede que el museo sea mucho ruido y pocas nueces… ¡pero qué nueces! La exposición “Dama, príncipe, héroe, diosa” tiene piezas descomunales. El conjunto escultórico del heroon de Cerrillo Blanco, en Porcuna, quita el aliento, con ese héroe de mirada enigmática y rasgos orientales. Asombra el ajuar funerario del túmulo de Iltirtiirtir en Arjona (recomiendo repetir el nombre en voz alta, tiene una musicalidad extraordinaria: Iltirtiiltir).

Nada me impresiona tanto como el betilo de la diosa del Sol hallado en Puente de Tablas. En su vitrina de luces y sombras, ejerce sobre mí una fascinación difícil de explicar. La observo largamente, me marcho y regreso de nuevo. Mantengo con ella una conversación inconfesable. Es como si en su presencia hubiera algún misterio a punto de revelarse, o alguna secreta fuente de certidumbre. No es extraño: al fin y al cabo, ella vio nacer el sol en los equinoccios durante generaciones. Ella vio, y recibió, el sacrificio de las cerdas preñadas, la sangre y el azufre. En la penumbra de la sala del museo se abraza el vientre y parece no haber muerto del todo.

Decido llamarla Betatun, considerada la primera divinidad ibérica identificada desde el hallazgo de un altar con su nombre grabado en él en Fuente del Rey (Jaén) en 2001. Los arqueólogos que la descubrieron (Sebastián Corzo et al.) le otorgan un carácter terapeuta y oracular que me resulta más que oportuno. Como ha ocurrido desde el principio de los tiempos, me basta dar un nombre a un dios para que resulte menos inaccesible.

Aunque me obligue a dar un rodeo, decido no regresar a Madrid sin pasar por Baeza; un lugar tan hermoso es siempre una buena opción para hacer noche. Además, en una de sus plazas, llamada del Pópulo, hay una fuente con una estatuilla de piedra que proviene, al parecer, de las ruinas de Cástulo –a escasos veinte kilómetros de distancia- y que popularmente se identifica con Imilce. Me parece una cortesía elemental hacerle una visita.

Cuando llego ha anochecido y la plaza está desierta entre sus edificios renacentistas. La fuente ocupa su centro. Imilce está encaramada a una columna entre cuatro leones que escupen agua a otros tantos vientos. Muestra una sonrisa de aburrimiento amable, como si hubiera dejado de lamentar su destino hace mucho tiempo, y aprendido a dejar pasar los siglos sin esfuerzo.

El día siguiente amanece en Baeza con 3ºC, niebla cerrada y una niebla helada y diagonal que habla de nieve en la sierra de Cazorla. Paro un momento para despedirme, deprisa y corriendo, de Imilce. Tiene la misma sonrisa incierta de ayer; la lluvia levanta ecos y reflejos de piedra a su alrededor.

Vuelvo a la ruta y, por uno de esos azares generosos que tanto saboreo, la canción que empieza a sonar es “Rhythm of the Rain”, de The Cascades. Con ella de fondo paso por Ibros, donde me despido del íbero de bronce que preside la rotonda, con la expresión triste e impasible de un aceitunero, y me adentro después en las anchuras cubiertas de olivares del norte de Jaén. La lluvia de estas semanas hace que, en las ondulaciones que me van llevando a Despeñaperros, todo tenga un aspecto jugoso, ubérrimo; por todas partes espejean charcas y arroyos. Pasando Santa Elena entro en Castilla; la humedad del cielo se coagula en nubes grávidas que dejan aquí y allá plumas de lluvia. Disfruto recapitulando los avatares del viaje. Apenas dos días de viento, frío, lluvia y kilómetros, pero que me dejan un sabor delicioso en la memoria. Lo más extraordinario, el santuario de Puente Tablas bajo el sol del equinoccio a primera hora de la mañana y el encuentro con la diosa en el museo de Jaén. Junto a los príncipes, las damas y los héroes, la diosa me deja una turbación de largo recorrido. Aún me embarga, y se me confunde en el ánimo con la que se asoma en la sonrisa de Imilce, en su plaza de Baeza.


























lunes, 3 de diciembre de 2018

ASDRÚBAL BARCA LLEGA A QART HADASHT (galería de imágenes de TRILOGÍA DE ANÍBAL XII)


Uno de los aspectos que más me admira de las ilustraciones que Sandra Delgado está creando para la Trilogía de Aníbal, es su extraordinaria capacidad narrativa. Las ilustraciones no muestran solo una escena, sino una parte del transcurso del relato.

Un buen ejemplo de ello es esta nueva creación de Sandra, la segunda correspondiente a la segunda novela de la trilogía, El cáliz de Melqart. En ella Asdrúbal El Bello, el cuñado de Aníbal, llega al palacio de Qart Hadasht, aún en construcción. Espectacular, por cierto, cómo ha imaginado Sandra el edificio, con fuertes resonancias helenísticas. En segundo plano, en la escalinata, vemos al sacerdote Zekárbal, uno de los personajes clave de la novela. 

Para terminar de formarnos una idea de la escena, nada mejor que recurrir al comienzo del capítulo tercero de la novela. Ahí está todo dicho.


Asdrúbal desmontó y miró a su alrededor, secándose con la manga del quitón el sudor del rostro. Todo se había detenido y el rumor de la ciudad llegaba amortiguado por el aire ardiente. Centenares de obreros repartidos por las obras del ala norte del palacio, con sus capataces al frente; una veintena de criados vestidos de blanco alineados a ambos lados de las escalinatas de acceso a la residencia; los soldados de la Guardia Bárquida formados frente a él con sus túnicas púrpuras y sus yelmos de bronce: todos ellos inmóviles, presentando armas o inclinados en una respetuosa reverencia.
Todos menos Zekárbal. El Rab Kohanim de Eshmún en Qart Hadasht tenía la prerrogativa de mantenerse erguido ante él. Y lo hacía, a los pies de la escalinata, con toda su imponente estatura, realzada por la cabeza rapada, apenas protegida del sol por un pañuelo casi transparente que le caía hasta los hombros, y una larga túnica de lino. El sacerdote tenía las manos cruzadas sobre el regazo y la cabeza ligeramente inclinada, aunque sus ojos se mantenían fijos en los del Bárquida. Una tenue sonrisa le animaba el rostro pálido y anguloso, desprovisto de cualquier traza de pelo. A pesar del tiempo que llevaba a su lado, Asdrúbal seguía ignorando si Zekárbal era lampiño por naturaleza, o si su aspecto era resultado de una meticulosa depilación. Le resultaba, en todo caso, vagamente repulsivo.
Asdrúbal se volvió hacia sus oficiales, que trataban de apaciguar a sus monturas, cansadas e inquietas por el súbito silencio tras tantos días rodeadas por el permanente y familiar fragor del ejército.
- No os demoréis, retiraos; imagino que estaréis tan impacientes como yo por veros en un baño con una copa de vino fresco en la mano. Os habéis ganado un buen descanso… y cuantas cosas se echan en falta en la vida militar. Ha sido una campaña magnífica. Y tú, Gimialcón, haz que todos esos vuelvan al trabajo.

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