lunes, 27 de julio de 2026

SOY ASURBANIPAL en el CaixaFórum de Madrid

 


El reinado de Asurbanipal (669-631 a. C.) representa el cénit del imperio asirio, en términos de expansión territorial, abarcando desde el Nilo y el Mediterráneo hasta el reino de Elam, y de desarrollo económico y cultural. A ello contribuyó sobremanera la propia personalidad de Asurbanipal, quien, siendo hijo menor del rey Asarhadón (y nieto de Senaquerib y bisnieto de Sargón II), solo por una inesperada decisión de su padre, fue nombrado sucesor.

Para entonces, el futuro rey ya había aprendido a leer (incluso, según el mismo nos dejó dicho, textos de difícil interpretación en sumerio y acadio), escribir, interpretar augurios y hacer cálculos matemáticos. Ello fue en detrimento de su hermano mayor, Shamash-shun-ukin, quien recibió como premio de consolación la corona de Babilonia. Este arreglo solo calmó los ánimos durante unos años, pero a la postre no impidió que estallara una larga y cruenta guerra entre los dos hermanos que acabó costando la vida y el reino al primogénito. Fue entonces, con Babilonia sojuzgada, el reino oriental de Elam derrotado y tomada y destruida la ciudad egipcia de Tebas, cuando Asurbanipal hizo indisputado honor a su título de «Rey del mundo».

Esta historia es el tema central de la exposición Soy Asurbanipal que se exhibe estos días en el CaixaForum de Madrid. Incluye un gran número de piezas extraordinarias procedentes de la colección del British Museum, sobre todo relieves de una impactante calidad artística, representando escenas de caza y acontecimientos bélicos. Pero lo que más me impresionado son las tablillas de cera impresas con escritura cuneiforme, que formaron parte de los 10.000 títulos de la biblioteca real fundada por Asurbanipal, la primera que se conoce. De las obras de literatura mesopotámica que contiene, ninguna es tan famosa como la Epopeya de Gilgamesh, la obra épica más antigua conocida. Algunos de sus pasajes se muestran en sus tablillas originales en las vitrinas de la exposición, 26 siglos después de haber sido escritas. Y lo leemos exactamente como salió de la mano del escriba. Que me digan qué tecnología digital puede igualar eso.

Como suele ocurrir, el cénit no fue sino el anuncio de la decadencia. Veinte años después de la desaparición de Asurbanipal, Babilonia se tomó la revancha, redujo a cenizas Ninive, la capital asiria, e hizo desaparecer el reino de Asur, que durante tres siglos había gobernado los designios de Mesopotamia y de su vecindario.

No dejéis de visitar la exposición. Está hasta el 4 de octubre, y es una maravilla.
































sábado, 23 de mayo de 2026

El oppidum vetón de TAMUSIA (Villasviejas de Tamuja)

 


Visité el castro de Villasviejas de Tamuja el último fin de semana de febrero. La península Ibérica había sido zarandeada por nueve borrascas de alto impacto desde el comienzo del año (Goretti, Harry, Íngrid, Joseph, Kristin, Leonardo, Marta, Nils y Oriana, menudo santoral de temporales), y el sábado de sol y temperaturas casi de abril era como una bendición. En el aire se respiraba la impaciencia del campo por lanzarse a la primavera. El rocío había dejado los montes sembrados de minúsculas gemas brillantes; todo parecía ubérrimo y fecundo.

El castro consta de dos recintos amurallados. El primero, situado al norte, se construyó ex novo en el siglo IV a.e.c., cuando el fenómeno castreño se extendía por la cuenca extremeña del Tajo, en un pronunciado meandro del río Tamuja que le servía de protección natural, a la que se sumaron potentes murallas de pizarra en todo el perímetro. El recinto más meridional, situado al otro lado de una vaguada, se alzó dos siglos más tarde, a finales del siglo II a.e.c., ya con predominio de imponentes estructuras de granito, con murallas de tres metros de ancho y de hasta siete de altura. Aunque son limitadas las zonas que se han excavado desde el inicio de la investigación sistemática, llevada a cabo por Francisca Hernández en 1968, el uso de la moderna y maravillosa tecnología arqueológica―prospecciones geofísicas con georradar, vuelos con cámara de infrarrojo térmico―han permitido reconstruir en espectaculares imágenes 3D la que debió ser una de las grandes ciudades de la región, con un apretado caserío que alcanzó las siete hectáreas en el momento de su máximo esplendor, tras la construcción del recinto sur.

Según el trabajo sistemático de los investigadores del castro[1], este, como otros de la cuenca cacereña del Tajo, representa un cierto rompecabezas demográfico, que se pone especialmente de manifiesto en sus tres necrópolis conocidas, que recorren todo su periplo vital: en orden cronológico, El Mercadillo, El Romazal I y El Romazal II. Aunque Villasviejas es generalmente considerado vetón, en gran medida por estar en el centro de una comarca rica en esculturas zoomorfas semejantes a los verracos vetones, muestra grandes diferencias con el área vetona canónica al norte de Gredos, encuadrada en la llamada cultura de Cogotas, que toma como referencia al homónimo castro abulense. En realidad, Villasviejas, que acuñó moneda en el siglo II a.e.c. con el nombre de Tamusia, parece ser una encrucijada con abundantes influencias ibéricas procedentes del sur en el siglo IV a.e.c., un permanente sustrato lusitano y una creciente celtiberización hasta la llegada de los romanos.  Si debiéramos darle un apelativo a Tamusia, bien pudiera ser «la mestiza». Aunque, bien pensado, en la Antigüedad, como en gran medida nuestros días, pocos lugares hubieran podido ser ajenos a tal atributo de riqueza y diversidad.

El paseo por Villasviejas es realmente una delicia. El Ayuntamiento de Botija, a pesar de no estar precisamente sobrado de recursos, está haciendo un esfuerzo hercúleo por poner en valor su patrimonio arqueológico, en colaboración con el Instituto de Arqueología―Mérida y la Universidad de Extremadura, y el recorrido por el castro está perfectamente acondicionado para el disfrute y la información del visitante, con señalítica, paneles informativos y bancos estratégicamente situados en los mejores rincones; con un centro de interpretación en el centro del pueblo, y hasta con una app que debe permitir―digo eso porque está disponible solo en Android, y mi móvil tiene otro sistema operativo―vivir una experiencia virtual 360° durante el recorrido.

Visito los restos de los grandes torreones defensivos de hasta veinte metros de lado, las manzanas de viviendas que han sido excavadas, las murallas bimilenarias cubiertas de liquen, las recreaciones de las calles que duermen bajo los pasos esperando salir a la luz. Es como si aquel otro mundo no hubiera desaparecido para siempre, sino que tal vez estuviera esperando su momento para volver a cobrar vida. Tal vez seamos nosotros mismos quienes le demos su oportunidad, sin más esfuerzo que prestar atención, pasear los antiguos senderos de Tamusia, que no dejan de volver a la vida cada primavera, y pedir a nuestros gobernantes que hagan sitio en las muchas necesidades de la vida pública para dignificar uno de los tres grandes ingredientes de nuestro destino compartido: el pasado. Los otros dos son, claro está, el presente y el futuro. Estos sin aquel son un artefacto con pies de barro, desarraigado.

Voy concluyendo la caminata sin que cese ni un instante la música del crecido caudal del Tamuja, el silbido de los pájaros y lejanos ecos de latón de los cencerros de las ovejas. Llegando al coche me cruzo con los primeros paseantes de la mañana. Nuestros comentarios banales no deben de ser muy distintos de los de aquellos tamusienses de hace veintidós siglos, que seguramente no debían de tener conciencia de ser ni vetones, ni celtíberos, ni carpetanos, ni oretanos ni lusitanos. Tal vez ellos se consideraban sencillamente «nosotros». Hasta que llegaron «ellos», los romanos, y su ilimitado mundo de guerras, transformaciones, tragedias y mestizaje que dio paso a ese paciente proceso de uniformización que fue la romanización, la primera gran globalización de nuestro mundo occidental. No quisiera cargar mis palabras de un tinte negativo. Al fin, y al cabo no dejo de considerarme un descendiente tanto de los unos como de los otros. De «ellos» y de «nosotros». Nos iría mejor si todos nos reconociéramos a nosotros mismos de ese modo.



[1] Hernández Hernández, Francisca; Galán Domingo, Eduardo y Martín Bravo, Ana María, El proyecto Villasviejas de Tamuja. Análisis global de un asentamiento prerromano, en Op. cit., Museo de Cáceres, 2009.


















































jueves, 30 de abril de 2026

DIÁLOGOS de ESCULTURA IBÉRICA en el MAN

 


Si sois, como yo, amantes de la escultura ibérica, no os podéis perder los «diálogos» entre algunas de las más destacadas piezas de la colección permanente del MAN y sus «hermanas», procedentes de los mismos yacimientos españoles, que permanecieron en el Louvre cuando, en 1941, se devolvió parte del patrimonio comprado por esa institución a finales del siglo XIX, aprovechando la inexistencia de legislación de protección del patrimonio en nuestro país.

Es maravilloso ver reunidas de nuevo las parejas de esfinges de El Salobral (Albacete) y Agost (Alicante), por ejemplo, o el conjunto de guerreros y acróbatas de Osuna, en atractivos montajes temporales desperdigados por las salas del museo. Aunque deja un cierto regusto amargo saber que, a partir del 10 de mayo, las piezas recuperadas temporalmente, verdaderas obras maestras, volverán a su hogar parisino.














































miércoles, 22 de abril de 2026

EL MADRID HIPERREALISTA DE JOSÉ MIGUEL PALACIO

 


Así como, pictóricamente hablando, París es una ciudad marcada por el impresionismo y Barcelona por el modernismo, creo que lo que más caracteriza a Madrid es el realismo, tal vez por ese sol inclemente pero legendariamente hermoso y su dureza agreste de tierra de interior. Un ejemplo paradigmático de esto, más allá de la célebre escuela de los realistas de Madrid, lo ofrece José Miguel Palacio, pintor zaragozano que ha hecho de mostrar Madrid en sus óleos, con un realismo asombroso, su mayor seña de identidad. Palacio retrata la Gran Vía, la estación de Atocha, la Castellana, el Retiro y las viejas tiendas de la ciudad, convirtiendo cada instante, cada ángulo, cada perspectiva en una obra de arte. Y eso cambia no solo la forma de ver nuestra ciudad, sino nuestra propia vida. Cada imagen, cada fotograma en óleo sobre lienzo o tabla, es la representación de una totalidad que establece intersecciones con nosotros mismos. De algún modo, las pinturas de Palacio convierten lo prosaico y cotidiano del día a día en algo trascendente, digno de memoria.

Sobre las fotos pasa el tiempo, pero no sobre las pinturas. En ellas, el espíritu del artista late siempre en presente. Por eso causa un atisbo de desasosiego ver como si fueran de hoy escenas de hace veinte años. La escena es tan presente como cuando se pintó, pero nosotros no.

La exposición «Naturaleza de asfalto. Madrid hiperrealista», de José Miguel Palacio, está en el Museo de Historia de Madrid hasta el 24 de mayo.