jueves, 22 de octubre de 2026

El campamento romano de CASTRA CAECILIA en Cáceres


Visito el yacimiento de Cáceres el Viejo en un fin de semana de final de invierno en que el perfume del tapiz de flores que cubre lo que un día fue un campamento legionario de veinticuatro hectáreas es una gratificación suficiente para que merezca la pena la visita.

El lugar arqueológico se ha puesto en valor en los últimos años mediante la restauración de la antigua casa de labor que lo corona, para albergar en ella un sencillo centro de interpretación. El día de mi visita a sus mandos se encuentra Susi, una enérgica mujer que se ofrece a enseñárnoslo al puñado de curiosos que nos hemos ido reuniendo.

―Pero que os quede claro que soy una guía no oficial―nos advierte―, yo lo hago porque me lo pide el alma.

Susi nos explica la creación del campamento por Quinto Cecilio Metelo, como hemos visto, durante las guerras de Sertorio. 

―Se suponía que Sertorio se las daba de más demócrata que Sila, pero la verdad es que quería el poder como todos. Con unos y con otros, los de arriba estaban arriba y los de abajo, abajo. Pasando el tiempo, este campamento y el cercano de Castra Servilia, se unieron para formar Norba Cesarina, o sea Cáceres, fundada como Colonia en el 35 a. e. c. y bautizada así por Cayo Norbano Flaco, que era yerno de Mario. O sea, que el uno le da el puesto al otro.

Uno de los visitantes, con ese gracejo español para desacreditar lo público, apostilla: «Como los de ahora, pero con túnica».

―Las excavaciones―continúa Susi después de reír la broma―comenzaron en 1917, cuando se estaba haciendo la carretera a Torrejón el Rubio y empezaron a aparecer restos antiguos, y se les ocurrió llamar al arqueólogo alemán Schulten, que por aquel entonces estaba en Numancia: «¡Schulten, vente p’acá, que creemos que tenemos el oro y el moro!». 

No sé si el oro y el moro, pero desde luego que los hallazgos de Schulten en 1917, y los de las excavaciones sistemáticas de 1927, 1928 y 1930, fueron impresionantes, sacando a la luz las calles principales del campamento (la vía Prætoria y, perpendicular a ella, la vía Quintana), edificios importantes como el Prætorium y el Quæstorium, así como la Porta Prætoria y la Porta Principalis Sinistra. De esas excavaciones proceden también muchos objetos de culto y de uso común, incluyendo utensilios, cerámicas, armas y herramientas metálicas de todo tipo, lo que indica que el campamento tuvo un prolongado uso civil, una vez perdida la vigencia de su finalidad militar. Entre las piezas más destacadas que pueden contemplarse hoy en el museo de Cáceres, me habrá de llamar especialmente la atención, cuando lo visite esa misma tarde, una elegante figurita de bronce representando a Minerva con el brazo izquierdo alzado, como si realizarse un sortilegio; un quemaperfumes de terracota, procedente de un templo, y cabezas de Zeus-Serapis realizadas en cerámica.

Susi nos conduce después por las diversas estancias del centro, deteniéndose ante la reproducción de la unidad básica de alojamiento de la tropa, una especie de alcoba con literas para ocho legionarios. «A esto le llamaban contubernio―explica en tono de chanza―, y no me extraña, porque con ocho tíos metidos aquí, un poquito de jaleo sí que habría». Anima a los chavales que forman parte del grupo a que tomen las reproducciones de espadas y se ejerciten con ellas. «¡Vamos, animaos, que esto es un centro de interpretación y no un museo, así que se pueden tocar las cosas y hacer un poco de peliculeo!».

Al final del recorrido, justo antes del vídeo final, nos detenemos ante una gran maqueta de Castra Cæcilia que reproduce a escala su rectángulo de 400 × 680 metros, que delimita una superficie equivalente a la de 38 campos de fútbol «como el Santiago Bernabéu». Con una gran superficie aún por excavar, la maqueta reproduce pormenorizadamente todas las estructuras del campamento, como el foro con su estanque central en el lugar donde hoy el sol espejea en una laguna. «Es que ahora―aclara Susi―con el georradar, los arqueólogos van a huevo». 

Tras un caluroso aplauso para agradecer a Susi su altruista labor de guía «salida del alma», me dirijo al exterior y sigo su consejo de ir a ver al menos una puerta y una esquina del recinto. Me sorprendo al comprobar que hay un itinerario perfectamente señalizado que conduce a los principales hitos de la muralla, donde se han erigido estructuras metálicas que reconstruyen el aspecto y las dimensiones del antiguo perímetro defensivo romano. Comienzo por la Porta Principalis Sinistra, donde el efecto es impactante, con la puerta abriéndose a una calle de veinte metros de ancho―la Via Principalis―que conducía hacia el Prætorium, flanqueada por sendas torres de 3,5 × 4 metros. Desde el adarve se domina el sistema de dos fosos defensivos situados ante el exterior de la muralla. Continúo después hasta la esquina noroeste, igualmente recreada en su impresión visual, cuyo origen de época republicana es delatado por los ángulos rectos, contrariamente a las esquinas redondeadas típicas de los campamentos de época imperial. 

Camino hacia la salida, disfrutando del día radiante y de la satisfacción que me produce la evidencia de que, cuando se quiere, se pueden hacer las cosas bien. Para ello hacen falta recursos públicos, claro está, pero, sobre todo, que la protección del patrimonio sea algo que, como a Susi, nos lo pida el alma.