domingo, 4 de junio de 2023
LA LEONA ÍBERA DE NUEVA CARTEIA (Dibujos Arqueológicos XXIV)
lunes, 22 de mayo de 2023
ARTURO GONZALO AIZPIRI firma "TRAS LAS HUELLAS DE ANÍBAL" en la Feria del Libro de Madrid 2023
Han pasado cuatro años -con pandemia incluida- desde mi última firma en la Feria del Libro de Madrid, y la verdad es que se echa de menos. Los ratos que pasa un escritor en la caseta de El Retiro, encontrándose con lectores y amigos, son de los que hacen que esta pasión por contar historias merezca la pena; pasan los años pero yo mantengo intacta la gratitud hacia quienes dedican una parte de su tiempo, una parte de su vida, a prestar atención a lo que uno haya sentido la necesidad de compartir.
Me alegra mucho volver a esta cita tan especial. En esta ocasión firmaré ejemplares de "Tras las huellas de Aníbal", mi relato personal de las peripecias de Aníbal Barca en la península Ibérica y de las mías propias buscando las huellas y el recuerdo que él dejó. Será en la caseta 140, de AlmuzaraLibros, este próximo viernes 26 de mayo, de 18:00 a 19:00 horas. Allí nos vemos.
jueves, 18 de mayo de 2023
EL ÁRBOL DE CÉSAR Y EL POEMA DE MARCIAL (Tras las huellas de César VII)
En la radiante mañana de
febrero, los jardines del Alcázar de los Reyes Cristianos de Córdoba es un lugar
suspendido en el tiempo. El sol y el cielo se imprimen como un lacado de azul y
oro en las almenas, los naranjos, los estanques. Todo estaría inmóvil de no ser
por los finos chorros de agua que trazan sus arcos de gotas brillantes como
gemas. Hay un rumor de pájaros, de fuentes, de las conversaciones amortiguadas
de los visitantes.
En un lateral del paseo
principal hay un estanque con un mosaico moderno de animales marinos. Su extremo
va a dar con un muro de sillares de piedra custodiado por viejos cipreses podados
para hacerlos parecer densas columnas vegetales. Hay que observar un
momento para distinguir un extenso texto en letras mayúsculas grabado en la
piedra:
En
tierras tartesas hay una casa celebérrima allá donde la Córdoba vienta
[ventosa] se mira en el plácido [río]; en medio y abarcando toda la morada, se
alza el plátano de César de espesa cabellera, que la diestra feliz del huésped
invicto plantó, comenzando su tronco a crecer desde su mano. ¡Oh, árbol del
gran César! ¡Oh, amado de los dioses! No temas el hierro ni el fuego sacrílego.
Marcial.
Se trata, ni más ni menos, del
epigrama que el gran poeta calagurritano Marcial escribió para celebrar el
plátano de César, el gran árbol de sombra que, según la leyenda, fue plantado
por el romano para conmemorar sus triunfos militares.
Frente a mí se alza ahora el
que alguna guía turística, arrebatada por el entusiasmo, identifica con el
mismísimo árbol plantado por el romano. Es un hermoso ejemplar, desde luego,
pero queda muy lejos de alcanzar la condición heroica de bimilenario. No
importa, no seamos aguafiestas. A mí, al menos, me importa que haya habido una
secuencia de munícipes y jardineros soñadores que hayan traído hasta nosotros
este monumento al ilustre Julio César, pero no en forma de estatua de mármol,
sino de nudoso y anciano plátano de sombra, como una forma de memoria viva,
como un testimonio que se renueva cada año.
jueves, 11 de mayo de 2023
LA HUELLA DE CÉSAR EN CORDUBA (Tras las huellas de César VI)
Llegó el momento de ir por las
salas del museo arqueológico cordobés en busca de la Corduba romana, la que recibió a César
como flamante cuestor a su llegada en el año 69 a. C. Las cartelas le ponen a
uno en situación: Corduba fue fundada allá por el 170 a. C. por el pretor del
momento, Marco Claudio Marcelo, en las proximidades del oppidum turdetano de La Colina de los Quemados. La ciudad creció con
rapidez dentro de su recinto amurallado, se convirtió, aún sin título oficial
de capitalidad, en la residencia habitual del pretor y… ¡pare usted de contar!
Quiero decir que no es fácil
encontrar muchos más vestigios de aquella prometedora ciudad. Debe ser porque,
años más tarde de su primera llegada, durante la guerra civil contra los hijos
de Pompeyo, el propio César la destruyó por completo para castigar su lealtad pompeyana.
Ya hablaremos de eso más adelante. De momento, baste decir que el único testigo
en el museo de aquella malhadada Corduba es un triste capital jónico hallado en
el molino de San Antonio. Todo lo demás pertenece ya a la Colonia Patricia Corduba,
que fue como la bautizó Octavio Augusto cuando la refundó para pasar página a
la truculencia de su padre adoptivo. Será él, Augusto, y más tarde Domiciano,
quienes adornarán la ciudad con foros, acueductos, templos y circo, anfiteatro
y teatro, como los dioses mandan.
Para dar con Julio César en la
Córdoba actual tenemos que irnos al callejero, y no es pequeña la decepción de
un servidor al ver que el gran hombre no tiene más que una calleja de tercera
categoría en el periférico barrio de Levante. Parece que la tirria de los
cordobeses para quien destruyó su ciudad hace dos milenios es de largo
recorrido. Mejor parado sale Claudio Marcelo, que tiene su señora calle en
condiciones, junto al ayuntamiento, con su imponente templo romano incorporado
y una estatua que la ciudad contemporánea tuvo a bien erigir en su honor allá
por 2015.
Es decir, es difícil
encontrar la huella de César en Córdoba, más allá de la destrucción que causó.
Es una huella en sombra, en negativo, más por ausencia que por presencia.
Porque sin César no hubiera ocurrido Augusto. Porque sin haber sido destruida Corduba
no hubiera renacido. Para simbolizar esa ciudad renacida me quedo con el
puente, construido (¡cómo no!) en época de Augusto, reparado y reformado en
ocasiones innumerables, pero firme aún sobre sus milenarios cimientos
romanos. Sus dieciséis arcos, entre la Puerta del Puente (construida en
el siglo XVI, para conmemorar la celebración de las Cortes por Felipe II en la
ciudad), y la islámica Torre de la Calahorra, cruzan los 331 metros del río
Guadalquivir y algo más de dos milenios, con la misma armonía.
Pero, ¡un momento! Resulta
que sí puede que haya una insólita huella cesariana en la ciudad. Tiene que ver
con un árbol y un poema. Hay que ir hasta el Alcázar de los Reyes Cristianos
para comprobarlo. Y hay que esperar al próximo capítulo para descubrirlo...
sábado, 6 de mayo de 2023
ESCRITORAS DE HACE UN SIGLO (Cervezas y Libros Hislibris, 2ª Época, I)
lunes, 1 de mayo de 2023
LAS LEONAS DE CÓRDOBA (Tras las huellas de César V)
La mayor parte de los
expertos atribuyen a las esculturas zoomorfas halladas en numerosos puntos de
la provincia de Córdoba una finalidad funeraria. Posiblemente se situaron en
lo alto de pilares o pedestales elegidos para señalar y prestar una función
protectora-apotropaica-a los enterramientos de personajes notables.
Sin embargo, lo cierto es
que no se han encontrado necrópolis ibéricas de ese tipo en las principales
comarcas de las que proceden las esculturas, destacando Baena-Nueva Carteya en
la Campiña oriental (donde se halló la leona del museo) y La Rambla-Santaella
en la occidental. Eso, y hallazgos tan espectaculares como el de la puerta
ceremonial de Cástulo, en Linares (Jaén), ya visitado en este blog, abren otras
posibilidades, como representaciones de prestigio o de delimitación visual del
territorio.
El caso es que ya se ha
catalogado un gran número de esculturas y, como veremos, no dejan de aparecer
más. Se trata en su mayor parte de leonas, pero hay también leones, caballos, bóvidos,
cervatillos y felinos indeterminados. En muchos casos tienen una factura
extraordinaria, de nítida influencia griega. Sin duda, la inspiración para
esculpirlas debió llegar de fuera, porque en tiempos de los iberos no había
leonas en Córdoba. Dada su elevada concentración en algunas zonas, pienso que
debió generarse en torno a ellas un irresistible efecto de emulación, como si
se tratara de la vara de medir elegida para competir en la liga de los símbolos
de poder. En ningún lugar debió ponerse esto de manifiesto con mayor claridad
que en Baena, donde se ha catalogado ni más ni menos que una quincena de leonas.
A pesar de ello, ha sido en La
Rambla donde se ha producido el más resonante hallazgo reciente. El 29 de
octubre de 2020, la prensa de Córdoba daba la noticia: durante la apertura de
un surco en su olivar de San Sebastián de los Ballesteros, pedanía del
municipio de La Rambla, el agricultor Gonzalo Crespo había dado con una
singular piedra de gran tamaño que le hizo exclamar: «¡Pero esto que es!».
No era para menos. Cuando la sacó a la superficie se encontró con una
espectacular escultura que le hizo salir corriendo a dar el aviso.
Ha sido bautizada como la «Leona
de La Rambla», aunque sigue abierta la controversia sobre si es en verdad una
leona o más bien una loba. En todo caso, tiene un aspecto verdaderamente feroz,
con los ojos muy abiertos, las orejas erguidas hacia atrás y las fauces
hundidas en la nuca de un carnero que sujeta contra el suelo con las garras
delanteras. Con sus 90 cm de largo y 166 kg de peso, tallada en un único bloque
de piedra caliza, hace gala de un realismo impactante y de un extraordinario
estado de conservación. Muestra en su base restos de una plataforma, lo
que hace pensar que remató algún tipo de pilar funerario, aún por descubrir.
Una de las razones por las
que me gusta tanto la arqueología es que me hace soñar. Leyendo las noticias
sobre la leona de La Rambla, espero con impaciencia al momento de poder verla
con mis propios ojos en un museo. Y sueño con que un día, los arqueólogos o un
agricultor como Gonzalo Crespo, encuentren la esquiva necrópolis de los íberos
de Córdoba. Tal vez entonces empecemos a desentrañar el misterio del anhelo
espiritual que les llevó a poblar la campiña cordobesa con sus leonas.
sábado, 22 de abril de 2023
¡AQUÍ ESTÁ POR FIN TARTESO!
«Los
últimos días de Tarteso» es una de las grandes exposiciones arqueológicas de
los últimos tiempos, un nuevo éxito del Museo Arqueológico y Paleontológico dela Comunidad de Madrid, que dirige Enrique Baquedano. El propio Enrique,
comisario de la exposición junto a Sebastián Celestino Pérez, uno de los
arqueólogos codirectores del yacimiento tartésico de Casas del Turuñuelo en Guareña
(Badajoz), que ha cobrado máxima actualidad esta semana gracias al sensacional
descubrimiento de las primeras esculturas con representaciones humanas de
Tarteso. Hacía mucho tiempo que no sentíamos una emoción semejante los amantes
de la arqueología en nuestro país. Gracias y enhorabuena a todos los miembros
del equipo de Construyendo Tarteso.
Volviendo
a la exposición, es admirable el modo en que los comisarios han conseguido, con
una cuidada selección de piezas; carteles y paneles informativos impecables; y
las espléndidas ilustraciones de Albert Álvarez Marsal (un clásico ya del
museo), Arturo Asensio y Juan Delgado, recrear Tarteso ante los ojos del
visitante. Parafraseando a Juan de Mata Carriazo, cuando presentó en 1960 el Tesoro
del Carambolo, ¡aquí está, por fin, Tarteso! (Por cierto, tomo buena nota del
acuerdo de la comunidad científica, alcanzado en 2011, de utilizar esta forma
del nombre, aunque es tarde para rebautizar mi novela, El heredero de Tartessos.)
Este
Tarteso se nos presenta en dos grandes momentos de apogeo: la etapa nuclear en
el bajo Guadalquivir, en los siglos VII y VI a. C., que concluyeron con la
llamada «crisis de Tarteso», y el brillante epílogo en el valle del Guadiana en
el siglo V a. C., que dio lugar a santuarios tan impresionantes como Cancho Roano
y, el más recientemente excavado, Casas del Turuñuelo. De una y otra época hay
piezas espectaculares. Espectacular la orfebrería exquisita de oro, como los tesoros
del Carambolo y el portugués de Herdade do Álamo (cuán a menudo pasamos por
alto nuestra estirpe común en la protohistoria, sea lusitana o tartesia) o los
candelabros de Lebrija. También los jarros de bronce con exóticas bocas
zoomorfas.
El
final de la exposición nos reserva una sorpresa impactante: una reproducción
del patio de Casas del Turuñuelo, con su hecatombe de más de 40 cadáveres de caballos,
sacrificados sobre el pavimento, al pie de la escalinata ceremonial. Una escena
sobrecogedora, ya célebre en la arqueología mundial, en la que puede adentrarse
por su propio pie el visitante.
Este
santuario, junto con los demás de la misma época, fue objeto de una serie de
complejos rituales que concluyeron con su destrucción deliberada alrededor del 400
a. C. Se celebraron banquetes rituales, se sacrificaron animales,
principalmente équidos, se incendiaron y demolieron los edificios, se
rellenaron de tierra y escombros y se cubrieron con una gruesa capa de arcilla
formando túmulos que han llegado casi intactos a nuestros días. ¿Qué sucedió?
¿Lo sabremos algún día? Tal vez en los numerosos túmulos extremeños, o en
la importante porción de Casas del Turuñuelo, que quedan por excavar este la
respuesta al enigma. Mientras tanto, Tarteso y sus santuarios, con las
evidencias que van revelando de una cultura y una religiosidad sofisticadas y
terribles, han terminado por atrapar, como un imán, la curiosidad colectiva;
basta con ver la extraordinaria afluencia de público en el museo. Sin duda han
contribuido a ello los dos magníficos episodios finales de la más reciente
temporada de la imprescindible Arqueomanía
de Manuel Pimentel y Manuel Navarro. Qué buena noticia que Tarteso y sus investigadores
estén de moda; ojalá eso sirva para atraer atención y recursos hacia la
arqueología y sus profesionales. Pocos territorios de investigación
arqueológica hay hoy en Europa tan apasionante como este Guadian, tartésico.
¿Qué nos deparará en los próximos años?
Dos
propinas si vais al Museo Arqueológico y Paleontológico a ver la exposición .
Una, la otra exposición temporal que alberga el museo, dedicado a Mauricio
Antón, artista referente en la paleontología. Y dos, la increíble librería de
Jaime, situada, como él dice, en el hueco de la escalera. Por cierto, que en
sus estanterías pasa el tiempo, en la mejor compañía posible, mi Tras las huellas de Aníbal. Todo un
honor.










































