domingo, 9 de septiembre de 2018

PRESENTACIÓN DE "LA CÓLERA DE ANÍBAL", de ARTURO GONZALO AIZPIRI, en el Café Comercial, el lunes 17 de septiembre a las 19:00 horas


Como os anunciamos, el próximo lunes 17 de septiembre, a las 19:00 horas, presentaremos La cólera de Aníbal en el Café Comercial, en la glorieta de Bilbao.
Me acompañará Pilar González Serrano, mi muy admirada arqueóloga, académica y escritora. 

Tras la publicación de El heredero de Tartessos y El cáliz de Melqart, La cólera de Aníbal pone término a la que hemos dado en llamar Trilogía de Aníbal. Por ello, con esta presentación completamos un círculo que se ha extendido a lo largo de catorce apasionantes años. Me alegraría mucho poder celebrarlo con vosotros. Nos vemos en el Comercial.

El heredero de Tartessos

El cáliz de Melqart

La cólera de Aníbal


lunes, 3 de septiembre de 2018

EL RITO INICIÁTICO DE GERIÓN (Galería de imágenes de la TRILOGÍA DE ANÍBAL X)


Creo que no había mejor forma de concluir la serie de diez ilustraciones de Sandra Delgado inspiradas en El heredero de Tartessos. Los lectores de la novela recordarán muy bien esta escena: se trata del rito iniciático que Gerión debe superar para convertirse en guerrero. Como de costumbre, Sandra ha hecho un trabajo espectacular, combinando fidelidad al texto con una gran dosis de creatividad y fantasía. Esa luna central observándolo e iluminándolo todo me parece especialmente sugerente.

En cuanto al edificio donde tiene lugar el ritual, los aficionados a la arqueología habrán identificado seguramente nuestra fuente de inspiración: se trata de la llamada "sauna de Ulaca", ubicada en el impresionante oppidum vetón de ese nombre. A poco más de una hora en coche de Madrid, en la provincia de Ávila, Ulaca es un lugar de visita imprescindible. Por si tenéis curiosidad, en este mismo blog relaté un paseo hasta la altura mágica de Ulaca.

En esta ocasión prefiero no reproducir fragmentos de texto, no vaya a ser que se desvele más de la cuenta. 

Como decía, con esta concluyen las ilustraciones de la primera novela de la trilogía. Por fortuna, Sandra ha comenzado ya a trabajar en la siguiente serie: El cáliz de Melqart contará igualmente con diez ilustraciones. Y, a la vista de los primeros bocetos, os puedo asegurar que el resultado va a ser aún más impresionante que lo visto hasta ahora.

Os dejo los enlaces a las novelas de la Trilogía de Aníbal. La última de ellas, La cólera de Aníbal, ha visto la luz muy recientemente. Por si alguien se anima a acompañarnos, la presentaremos el próximo 17 de septiembre, lunes, a las 19:00 hrs en el Café Comercial de Madrid. Por supuesto, también a ella le llegará el momento de someterse a los pinceles de Sandra.








lunes, 2 de julio de 2018

EL SANTUARIO DE LA DIOSA ÍBERA DEL AMANECER EN PUENTE DE TABLAS (JAÉN) (TRAS LAS HUELLAS DE ANÍBAL XII)


De las pocas cosas que sabemos sobre la relación entre Aníbal e Imilce de Cástulo es que se conocieron en el santuario de Auringis, el oppidum que se alzó en el cerro de Santa Catalina de la actual Jaén. Muy poco se conoce de él. Sin embargo, a unos pocos kilómetros, en el paraje de Puente Tablas, se encuentra uno de los oppida ibéricos mejor conservados, y el azar ha querido que en él se haya descubierto un santuario sencillamente extraordinario consagrada a una divinidad solar femenina, situado junto a una puerta ceremonial abierta en la muralla, llamada puerta del Sol. Grato nombre para un madrileño, por cierto. Era inexorable que me inspirara en él para enmarcar la escena del encuentro entre ambos en La cólera de Aníbal. Y que a la primera ocasión viniera a verlo con mis propios ojos.

Madrugué para estar en el acceso del oppidum a la hora de apertura, las nueve de la mañana. Cuando abrieron corrí hasta la puerta del Sol y quedé impresionado: mi sombra caía en línea recta sobre el betilo, el bloque de piedra vagamente antropomorfo que representa a la divinidad. Era el día 24 de marzo y la alineación solar del amanecer equinoccial aún se dejaba notar en una hora tan temprana.

Todo esto merece una explicación. Como he dicho, el santuario de Puente Tablas es algo único, y ha permitido a los arqueólogos, dirigidos por Arturo Ruiz y Manuel Molino, de la Universidad de Jaén, reconstruir el mundo ritual íbero de un modo sin precedentes. Las excavaciones han sacado a la luz un complejo de culto, situado junto a la entrada ritual de la ciudad, formado por tres espacios aterrazados: en los dos primeros se suceden los templos de la diosa solar y tal vez su contraparte masculina, cada uno con su patio, pre-cella y cella, al estilo fenicio. En el umbral de la cámara sagrada de la diosa se distingue una losa de piedra con forma de piel de bóvido, el símbolo sagrado de Tartessos. Una pequeña cámara permite custodiar la representación mágica de la diosa, un betilo de piedra que en las ceremonias equinocciales se saca a la calle para recibir, con una secuencia taumatúrgica de luces y sombras, los primeros rayos del sol de primavera u otoño. Para ello juega un papel esencial la propia puerta, a la que se llega por un corredor encajado en la muralla con una longitud de 14,5 metros. Esa medida no es casual: las casas halladas en el oppidum, distribuidas en parcelas rigurosamente planificadas con dimensiones pitagóricas, tienen 14,5 metros de fondo. Es asombrosa la sofisticación urbanística con que hacían sus ciudades los íberos del siglo V a. C. 

En el centro del corredor, en el punto donde debió situarse la puerta del Sol, los arqueólogos encontraron un altar cuadrado y una losa en el suelo con la misma forma bajo la que se halló una cista con un conjunto de singulares ofrendas hechas a la diosa: las mandíbulas de siete cerdas preñadas, rodeadas de las de sus nonatos, todas ellas orientadas hacia el sol naciente del equinoccio.

La tercera terraza del santuario nos depara una sorpresa más. El pequeño escarpe en que se aloja está horadado por tres cuevas. Ante ellas hay una plataforma de losas bien talladas con cubetas excavadas en ellas. Todo hace pensar en libaciones y ofrendas oraculares. Es estremecedor.

En los últimos años, los investigadores del Instituto Universitario de Arqueología Íbera de Jaén han recreado la apariencia que debieron tener los ritos solares en Puente Tablas durante los equinoccios. Lo hacen al amanecer, erigiendo una reproducción de la puerta del Sol y haciendo que los rayos solares iluminen una reproducción del betilo que fue encontrado in situ (el original está en el nuevo Museo Íbero de Jaén, no tardaremos en llegar a él). La climatología de este año les ha obligado a suspenderlo, pero quede aquí mi reconocimiento hacia una iniciativa que consigue aproximarnos de un modo conmovedor a la espiritualidad de aquellas gentes. Esa fue la razón de que quisiera estar en Puente de Tablas de buena mañana.

El azar me compensó: no tuve a los arqueólogos, pero disfruté de una guía excepcional. La casualidad quiso que me encontrara, en el excelente centro de interpretación con que el "Viaje al tiempo de los íberos" ha dotado a Puente Tablas, con una visita organizada por la asociación cultural Nueva Acrópolis de Jaén. Belén, la coordinadora, me permitió sumarme al grupo, una gente atenta y hospitalaria como ninguna; mi agradecimiento a todos ellos. Y especialmente a Eva María de Dios Martínez, la guía, que hizo gala de una profesionalidad extraordinaria. 

Siguiendo a Eva recorrimos el perímetro de las imponentes murallas, con sus grandes bastiones perpendiculares; las manzanas de casas; el palacio del príncipe, con su salón del trono, su templo doméstico y sus lagares ("quien posee el poder posee el vino", nos recordó). Eva nos habló de la estructura social de los íberos, basada en linajes gentilicios clientelares, y también de su forma de vida, en un territorio articulado en torno a ciudades como Puente Tablas o la vecina de Auringis, a la que los habitantes de nuestro oppidum se trasladaron en el siglo III a. C., precisamente en tiempos de Aníbal, en una fecha próxima a la conquista de Escipión. 

Sobre todo, Eva intentó hacernos revivir las ritos del santuario. Representó alternativamente los papeles de una joven devota y un sacerdote, describió el olor del azufre de las ofrendas, el humo de las antorchas de esparto, acudió a la cueva del oráculo desde la que imaginó las palabras del sacerdote. "El oráculo habría tomado alguna planta sagrada para entrar en contacto con la divinidad", dijo Eva con una sonrisa pícara. Nos hizo situarnos alrededor de la copia del betilo, para llamar nuestra atención sobre los brazos estilizados cruzados sobre el vientre. "Los arqueólogos sugieren que está haciendo el gesto de subirse el vestido -dijo Eva- como si mostrara, u ofreciera, el sexo al sol". Extraordinario.

Eva y mis amigos de Jaén marcharon y quedé solo, con el oppidum entero para mí. Despues de varios días de lluvia el mundo parecía como recién lavado. Sierra Mágina se transparentaba, piedra y nieve, a lo lejos. Traté de imaginarme aquel mundo en que, dos siglos antes de que Roma desembarcara por primera vez en la península, la cultura ibérica había alcanzado un grado de desarrollo y cosmopolitismo extraordinario, con las influencias fenicias, turdetanas y griegas fluyendo densamente por todo el valle del Guadalquivir. 

Me asombró que un lugar tan excepcional no tuviera más que un puñado de visitantes. Ojalá con la ayuda de Eva, de arqueólogos como los de Jaén y personas con curiosidad como los miembros de Nueva Acrópolis, contribuyamos a darlo a conocer.





















miércoles, 27 de junio de 2018

LARGA VIDA A HISLIBRIS (Los IX Encuentros Hislibris en Madrid)


El pasado fin de semana celebramos en Madrid los IX Encuentros Hislibris, y solo puedo decir que ya estoy esperando con impaciencia los del año que viene. Hislibris es algo extraordinario, uno de esos ámbitos que demuestran que aún es posible dar vida en el mundo virtual y en el físico a comunidades basadas en el respeto, la generosidad y el buen humor. Hislibris es una gran grupo de amigos unidos por la afición a la Historia, la literatura... ¡y la cerveza!

Los hitos culminantes del fin de semana fueron el acto de entrega de los VIII Premios de Literatura Histórica Hislibris, las mesas redondas con amigos como Jaime Alejandre, José Tono Martínez y Fernando Lillo y la presentación del tradicional libro con los textos ganadores del concurso de relatos. Todo ello, claro está, salpimentado con apasionadas conversaciones en cenas y comidas y durante los tórridos paseos por la ciudad. Una completa crónica de las jornadas puede encontrarse en el propio foro:


Un momento especialmente grato para mí fue participar en la presentación de sendas novelas de tema cartaginés a cargo de Fernando Lillo (Los jinetes del mar. El secreto de Cartago) y yo mismo, con la moderación de Óscar González Camaño (Farsalia). Se trataba, por mi parte, de presentar en sociedad La cólera de Aníbal, y a los amigos de Hislibris ni más ni menos. A pocos lectores debo tanto como a ellos.

Quede expresado aquí mi agradecimiento a todos los hislibreños, en especial a Íñigo, Ángeles (Nausícaa) y el propio Farsalia, que en todo momento estuvieron al pie del cañón. También a los ponentes, ya mencionados, y a nuestros maestros Pilar González Serrano y Carlos García Gual que siempre nos honran con su compañía y nos iluminan con su sabiduría. Gracias a los locales que nos acogieron: la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, el restaurante Ex-Libris, el Círculo de Bellas Artes y el café María Pandora. Gracias también a mis compañeros de Evohé: el propio Jaime, nuestro Javi, que lamentablemente tuvo que perdérselo, y Sandra (¡qué grande la portada de La cólera de Aníbal!). Y mi sobrino Alejandro, que se lo curró de lo lindo.

Y enhorabuena a los premiados. La presencia de Almudena Grandes, Sandra Parente y Javier Gómez (Desperta Ferro Ediciones), junto con los autores de los relatos seleccionados, fue un lujo. Mención aparte merece nuestro Hislibreño de Honor 2018; la expresión de sorpresa de Farsalia al escuchar su nombre fue uno de los momentos inolvidables de los encuentros. 

Lo dicho, ahora a esperar a los del año que viene. Pero sin prisa: hay mucho que leer, escribir y conversar hasta entonces. Larga vida a Hislibris.















martes, 19 de junio de 2018

Próximas presentaciones de LA CÓLERA DE ANÍBAL


Pues sí: aunque pareciera que nunca iba a llegar, La cólera de Aníbal ya está aquí. Han pasado nueve años desde la aparición de El heredero de Tartessos y cinco de la de El cáliz de Melqart, y con este tercer título concluye la que hemos dado en llamar Trilogía de Aníbal, aunque en ella el gran general cartaginés comparte protagonismo con todo un elenco de personajes. En mi caso, tanto tiempo compartido con ellos me han creado vínculos muy perdurables, y espero que lo mismo les haya ocurrido a, al menos, algunos de mis lectores. 

Mi agradecimiento, por cierto, a quienes me habéis acompañado durante este tiempo: sois los lectores quienes hacéis que un ejercicio literario de tan largo recorrido como este tenga sentido. Mi agradecimiento también a Ediciones Evohé por haber dado vida a la trilogía y a Sandra Delgado, quien ha creado de nuevo una portada que me parece extraordinaria. 

Tiempo habrá de hablar de la novela. Lo que corresponde ahora es presentarla y ponerla en vuestras manos. Para ello, haremos una acto público el lunes 17 de septiembre en el Café Comercial. Me alegra mucho poder anunciaros que contaremos para ello con Pilar González Serrano, nuestra muy admirada arqueóloga, académica y escritora. Cuando se acerque la fecha os daremos los detalles.

Para los impacientes, este próximo sábado 23 de junio tendremos un anticipo. En el marco de los IX Encuentros Hislibris, de la mano de Óscar Gonzalez Camaño, Fernando Lillo y yo presentaremos nuestras novelas de tema cartaginés recién publicadas por Ediciones Evohé. La suya, Los jinetes del mar. El secreto de Cartago, aborda el mítico periplo de Hannón, mientras que la mía, La cólera de Aníbal, se enfoca en el tiempo en que Aníbal Barca comandó a los cartagineses en la península Ibérica. El acto tendrá lugar a las 12:50 en la Asociación de Escritores y Artistas Españoles (C/ Leganitos, 10, 1º dcha). Si queréis redondear la mañana, antes tendremos una buena conversación sobre "Viajes de Historia, viajes con historia", con la participación de Jaime Alejandre, autor de El veneno del horizonte, y José Tono Martínez, autor de El muro de Adriano, moderados por Ángeles Pavía Mañés, crítica literaria.







miércoles, 16 de mayo de 2018

ANGLEA ANTE LA TORRE FUNERARIA (Galería de imágenes de la TRILOGÍA DE ANÍBAL IX)


La penúltima de las ilustraciones de la serie correspondiente a El heredero de Tartessos es, en mi opinión, una de las más espectaculares. En ella, Anglea, Argantio y Lortas llegan a las ruinas del monumento funerario de un rey olvidado. Tanto en el texto de la novela como, sobre todo, en la magnífica ilustración de Sandra Delgado, es fácil reconocer que la fuente de inspiración ha sido el celebérrimo sepulcro de Pozo Moro, una construcción íbera de finales del siglo VI a.C. con influencias tartésicas y orientalizantes, descubierto en la localidad de Chinchilla de Montearagón, en la provincia de Albacete. 

La torre, con un aspecto muy próximo al de la ilustración, puede contemplarse hoy en el patio central del Museo Arqueológico Nacional. Es algo impactante, una obra enigmática y fascinante, en especial cuando se presta atención a los relieves tallados en los sillares. Quien no lo haya hecho ya, que se apresure a acudir al MAN. No quedará defraudado.

A continuación reproduzco, como de costumbre, un par de párrafos que nos llevan al encuentro de la escena en El heredero de Tartessos.

         Entonces lo vieron: un montículo cubierto de túmulos que se confundían casi con la tierra de la que parecían brotar como un rebaño de extrañas criaturas geológicas; la alta hierba que los cubría se agitaba en la brisa como matas de crines descoloridas. Caliza piafó inquieta y Anglea sintió que se le erizaba el vello. Reparó de inmediato en las ruinas de una construcción en el punto central de la necrópolis: parecía haber sido una gran torre de piedra ahora desmoronada, con sus sillares desperdigados entre los túmulos circundantes. La imagen le suscitó al tiempo una imprecisa aversión y una curiosidad urgente, como si fuera una puerta abierta a secretos fascinantes pero turbios. [...]

      Mientras Lortas hablaba Anglea había rodeado la torre, contemplando absorta los relieves tallados en sus sillares, claramente visibles ahora que la luz del día se hacía cada vez más firme en la madrugada, hasta detenerse frente a uno que representaba la figura de una diosa sentada rígidamente en una silla de tijera, con un voluminoso peinado y el tallo de una flor de loto entre las manos.
    -Astarté –murmuró, y juntando las palmas de las manos hizo una breve inclinación de cabeza.

Si queréis más información sobre las dos primeras novelas de la Trilogía de Aníbal:



Y si queréis adentraros en los secretos de Pozo Moro:


viernes, 20 de abril de 2018

EL VADO DE ANÍBAL EN EL TAJO (Tras las huellas de Aníbal XI)


Tras su victoria sobre los vacceos en Hermandica y Arbucala, al final del verano del 220 a. C., Aníbal emprendió el regreso hacia Qart Hadasht, urgido ya por la proximidad del otoño y la considerable duración de la campaña, que lo había mantenido alejado del corazón de su reciente poder. De ese modo había dejado un espacio de maniobra a sus enemigos que no podía dejar de inquietarlo. El éxito de la expedición constituía al mismo tiempo un motivo de vulnerabilidad: a su numeroso ejército, el saqueo y los tributos impuestos a las ciudades derrotadas habían añadido un gran bagaje de ganado, esclavos y cereales que hacía lento y pesado y ritmo del retorno.

Aníbal eligió por tanto la ruta más directa hacia su territorio, cruzando la sierra de Guadarrama por el puerto de la Fuenfría o el de la Cruz Verde, yendo a buscar alguno de los vados practicables en el río Tajo, probablemente en lo que hoy es la Comunidad de Madrid. Allí lo esperaba un formidable ejército formado por la coalición de todos los enemigos a quienes se había enfrentado en las dos campañas anteriores. Estaban capitaneados por los carpetanos que, con importantes oppida como Toleto, Titulcia o Consabura (Consuegra), dominaban la región. Había ólcades fugitivos de la destrucción de sus principales ciudades el año anterior, vettones, y un gran contingente de vacceos procedentes de Hermandica, que buscaban vengarse de Aníbal por la conquista de su ciudad. En conjunto, si hemos de dar crédito a Tito Livio y Polibio, cien mil guerreros dispuestos a hacer pagar al Bárquida sus deudas y ofensas. Las estimaciones actuales de los expertos reducen la cifra hasta 40.000, en todo caso suficientes para representar una grave amenaza para los 20.000 infantes, 6.000 jinetes y 40 elefantes de Aníbal, y para hacer de la batalla del Tajo la de mayor número de contendientes en la península Ibérica hasta la llegada de los romanos.

Los detalles de la batalla los encontramos en Livio (21, 5, 7-16) y Polibio (3, 13, 8-14). Baste decir aquí que fue una resonante victoria para Aníbal, la primera en campo abierto contra un enemigo comparable en potencia militar, y que permitió pacificar la retaguardia de los cartagineses, proporcionándole a Aníbal tranquilidad y recursos para acometer al año siguiente el sitio de Sagunto, así como comenzar a fraguar su fama de genio militar. 

Lo que resulta especialmente llamativo es que, habiendo sido una batalla de tal magnitud y consecuencias, no se conoce con certeza dónde tuvo lugar. Tradicionalmente se sitúa en el paraje conocido como Valdeguerra, en Colmenar de Oreja, pues es conocida la larga memoria de la toponimia para estas cuestiones, así como atendiendo a diversas fuentes de historiadores y eruditos. Parecería un jugoso proyecto arqueológico hacer una investigación al respecto con los recursos que hoy están a disposición de los investigadores, que han dado recientemente resultados tan espectaculares como la localización del escenario del enfrentamiento romano-cartaginés de Baécula en Jaén. Situar con certidumbre cerca de Madrid el escenario de la batalla del Tajo, en la que Aníbal y sus elefantes se enfrentaron a una confederación céltica, daría como mínimo para un centro e interpretación. Otros, con mucho menos, harían un parque temático.



Como es mi costumbre, se me ocurrió ir al lugar para intentar escuchar algún eco del pasado. A ello me anima el hecho de que, frecuentemente, los parajes que me convocan merecen la pena por sí mismos. Este parecía especialmente atractivo, con el poblado medieval abandonado y su castillo almohade alzado sobre los restos de la antigua población romana de Aurelia. Ruinas y cerros desolados, qué mejor plan para dedicar una mañana de domingo de mayo.

Llego desde Ocaña por un laberinto de caminos de tierra recorriendo montes que parecen dejados de la mano de Dios. El poblado es una ruina de tejados hundidos e higueras resguardadas en los rincones. Más allá está el castillo, tan desmoronado como los cerros de yeso sobre los que se alza; aquí y allá quedan incongruentes lienzos de muralla haciendo equilibrios sobre el cortado. Me asomo midiendo mis pasos y veo el Tajo allá abajo, trazando elegantes meandros que culebrean por el centro de la vega, con una cinta verde de chopos y sauces señalando el curso del cauce. Al otro lado del río la vega se ensancha hacia una sucesión de colinas que solo hacia levante merecen el nombre de montes.

Vuelvo al mirada en derredor. Es un lugar tan devastado como hermoso: el poblado abandonado, el horizonte, el suelo taladrado de túneles y bóvedas desmoronadas. Trato de imaginar este lugar hace veintidós siglos, con decenas de miles de hombres muriendo y matando. No es fácil, porque el exiguo río de hoy no parece un obstáculo serio para ningún ejército. Será cosa de los trasvases y los regadíos, como esos que tapizan la ribera a los pies del cerro trazando grandes circunferencias de verdura. Los montes a mi espalda son mucho más agrestes, grises e inhóspitos, porque tan solo los tamarindos y las retamas soportan la sobriedad del yeso. Este es el territorio de los solitarios: los buitres que deslizan sus círculos en el cielo, las lagartijas entre los espinos, los ciclistas contrastando con sus atuendos de brillantes colores... También yo mismo, un viajero del pasado tomando notas a la sombra del torreón.

La soledad del lugar no es completa. Un hombre, acompañado por una mujer y una adolescente, hace fotografías apoyando el trípode de la cámara en lugares temerarios.

    -¡Qué lugar, ¿eh?! -me dice, respondiendo a mi saludo-. Nosotros somos de Ontígola, de aquí al lado, pero no habíamos venido nunca. Me lo recomendó un amigo que caza por estos parajes. "Ve pronto", me dijo, "porque no durará mucho".

Es verdad, si los responsables del patrimonio no lo remedian, cualquier día el castillo de Oreja y los vestigios de la antigua Aurelia se desmoronarán, sumergidos en una nube de yeso, sobre el vado de Aníbal. 

Los dos nos quedamos mirando en silencio la inmensidad. Me convenzo de que este debe ser el lugar de la batalla, porque de lo contrario es inimaginable que un lugar tan perfectamente pacífico lleve por nombre Valdeguerra. 

Ángela me espera en Aranjuez. Emprendo el regreso llevándome conmigo algo parecido a un desasosiego.