viernes, 18 de marzo de 2016

EL BERRUECO: EL CERRO DE LOS VETTONES (Tras las huellas de Aníbal V)


Aunque el trayecto de la célebre expedición de Aníbal a la Meseta en la primavera de 220 a. C., a tierras de vettones y vacceos, no se conoce con precisión, los especialistas estiman que el tránsito desde el valle del Tajo en tierras extremeñas hacia la Meseta Norte debió producirse por el ancho corte en el Sistema Central, entre las sierras de Gredos y de Gata, conocido como la Cañada de Béjar. Es un paraje espectacular, especialmente en primavera: las laderas que ganan altura poco a poco hacia el puerto de Béjar (924 m) están tapizadas de cerezos y retamas en flor, produciendo un mosaico de teselas vegetales en todos los tonos de verde, amarillo y blanco. En las proximidades de Béjar el paisaje se abre hacia la izquierda en ondulaciones agrestes hacia el horizonte, mientras que a la derecha se prolonga la cadena de montes próximos, amenazantes, con sus cumbres aún nevadas. Hay canchales de granito repartidos por todas partes, como si hubieran caído en desorden del cielo. Y a lo lejos, oscuro y aislado, rodeado de un vasto circo de montañas en la distancia, emerge el cerro de El Berrueco. 

Tomamos una carretera secundaria y nos dirigimos hacia él por el fondo de un valle de un valle cubierto de robles con la ramas aún desnudas; y fresnos y castaños cuyos primeros brotes crean una evanescente niebla de color verde pálido. Nos detenemos en el pueblo de Medinilla donde, en un antiguo lavadero de piedra y con un exiguo apoyo público, principalmente municipal, un grupo de arqueólogos enamorados de su trabajo han puesto en marcha un ejemplar centro de interpretación del cerro. Por pura casualidad resulta que llegamos en un momento en que un miembro del equipo atiende a los visitantes (1º sábado y domingo de cada mes de 11:00 a 13:00 horas), y así conocemos al Dr. Óscar López Jiménez, Director Científico del proyecto. 

De su mano descubrimos la larga secuencia de núcleos habitados en el cerro, desde el Neolítico al Hierro, pasando por el Calcolítico y el Bronce. No es de extrañar dadas sus excepcionales virtudes para el control territorial, con sus 1.300 metros de altura y un área de dominio visual de 3.384 km2 a su alrededor, incluyendo las salidas de la Cañada de Béjar y del puerto de Tornavacas, hasta Salamanca.

En un conjunto de aterrazamientos que descienden por la falda noroccidental del cerro prosperó allá por los siglos IV y III a. C., el castro vettón llamado hoy de Las Paredejas, cuyo más brillante emblema es una espectacular diosa alada fenicia fundida en bronce. Desafortundamente del castro no quedan prácticamente vestigios urbanos; ni rastro, por ejemplo, de las poderosas murallas de otros célebres poblados vettones como Ulaca o Las Cogotas. Pero resulta interesante tomar nota, como nos señala Óscar, de que el paso de la expedición de Aníbal por estos parajes parece estar relacionado precisamente con el declive o destrucción de Las Paredejas y la emergencia del castro de Los Tejares en el castro vecino de La Atalaya. Por cierto que si los vettones de Las Paredejas debieron vérselas con los cartagineses de Aníbal, los de los Tejares se enfrentaron ni más ni menos que a los romanos de Julio César, el cual exigió mediante un decreto la completa destrucción de las murallas.

En todo caso, el centro de interpretación y el cerro merecen sin ninguna duda una visita. Y, de paso, puede comprarse algún artículo que ayude a mantener este magnífico proyecto.

No dejéis de visitar la página:
















viernes, 26 de febrero de 2016

LAS DAMAS IBÉRICAS DEL CERRO DE LOS SANTOS


Pocos tesoros nos ha dejado el arte ibérico tan impresionantes como el conjunto de estatuas votivas halladas en el santuario del Cerro de los Santos, en Albacete, que se mantuvo activo desde el s. IV a.C. hasta el s. II d.C. El panel informativo nos recuerda que el santuario creció en torno a una fuente de aguas terapeúticas, junto a la vía de comunicación que fue conocida como El camino de Aníbal, y que conoció su momento de máximo apogeo en el s. II a.C. 

En las salas del Museo Arqueológico Nacional pueden verse un buen número de las piezas halladas en el cerro; ninguna es tan espectacular como la Gran Dama Oferente, que sostiene entre sus manos un cuenco tendido, como su mirada, hacia los dioses. Es del s. III a.C. y representa a una dama de la alta sociedad íbera, probablemente participando en un rito de iniciación. Nada impide imaginar que se trate de la propia Imilce, la príncesa de Cástulo que contrajo matrimonio con Aníbal.

Tras la gran dama hay otras muchas, y descubro con fascinación que todas tienen rostros diferentes, algunos de ellos esculpidos con enorme detalle y personalidad fisionómica. Es difícil no pensar que se trata de retratos de las que depositaron en el santuario sus exvotos. Basta esa idea para hacerme verlas de un modo mucho más cercano. Acaso ése fue precisamente su propósito: buscar la eternidad perpetuando en piedra su rostro, para que quien las viera algún día, fuese hombre o dios, pudiera reconocer la humana singularidad de cada una de ellas.











viernes, 12 de febrero de 2016

ULLASTRET: LA CIUDAD DE LAS CABEZAS CORTADAS


Cuando en una novela histórica se imaginan los personajes y escenarios del relato, es imprescindible contar con vínculos que permitan acercarnos a quienes pudieron encarnar a aquellos y habitar estos en el pasado. En mi caso, los museos y yacimientos arqueológicos me proporcionan frecuentemente esos vínculos. Observando un colgante celtíbero o una placa pectoral vettona, por ejemplo, es posible reconocer la humanidad de quienes los portaron, y en ese reconocimiento late una reconfortante cercanía. Los objetos convierten a los personajes del pasado en seres de carne y hueso, y contagian un aliento de realidad a los que alumbramos los escritores.

Del mismo modo, los restos que han llegado hasta nosotros de los poblados prerromanos conservan en algunos casos suficientes paisajes y estructuras como para permitirnos recobrar en la mirada la impronta que debían tener cuando las gentes que los construyeron caminaban por sus calles, moraban en sus casas, oraban en sus recintos sagrados.

Uno de esos casos es Ullastret, en Gerona. Tuve la fortuna de visitarlo el pasado verano y me impresionaron sus imponentes murallas, la abundancia de restos del trazado urbano, las cisternas aún en perfecto estado de revista, los silos excavados en el suelo, la planta de los templos. Debió de ser una hermosa ciudad, asomada a una feraz campiña de huertos y pinares. Ofrece una imagen de sofisticación y pujanza del mundo íbero como la que imagino para mi Hélike de Orissón y Anglea. En estos senderos, entre estas piedras milenarias, podrían haber transcurrido muchos de los episodios que he narrado.

La nota de dramatismo la ponen los cráneos, atravesados por clavos de hierro largos como puñales, que un día se exhibieron en los dinteles de los edificios de prestigio. En este caso no es necesaria mucha imaginación para escuchar sus voces, hablándonos de aquel tiempo en que la vida y la muerte eran representadas en un mismo ritual de contornos difuminados, ambiguos, sobrecogedores.

El yacimiento de Ullastret acoge una de las sedes del Museu d'Arqueologia de Catalunya:


















viernes, 15 de enero de 2016

LA MEMORIA DE PIEDRA DE PANFILIA EN ANTALYA


Siempre que he tenido ocasión de visitar Turquía me ha impresionado la espectacular abundancia de restos arqueológicos grecorromanos, mucho peor conocidos que los bizantinos u otomanos, pero no menos impactantes. De hecho, aunque Turquía fue el centro de estos dos últimos imperios -el bizantino y el otomano-, no fue sino un territorio relativamente periférico del romano, y eso hace aún más notable e inesperado ese esplendor monumental.

Buen ejemplo de ello es la actual provincia turca de Antalya, situada en la costa meridional de Asia Menor, coincidente a grandes trazos con la antigua provincia romana de Panfilia. Recientemente tuve ocasión de visitarla y en una excursión relámpago pudimos conocer las ruinas de Perge, con su estadio y sus torres helenísticas, y las de Aspendos, con el teatro de Antonino Pío, uno de los mejor conservados del mundo romano. Muy cerca de ellas la ciudad de Antalya, derramándose por su acantilado junto al Mediterráneo, recibe al viajero con su espectacular Puerta de Adriano. Y todo ello en un radio de 45 kilómetros.

Quizá más que el inabarcable espectáculo de la ciudad de Roma, son estos rincones del Imperio los que me hacen intuir la vitalidad irrepetible de aquel mundo del que nuestros antepasados formaron parte. La memoria de piedra de Panfilia es en cierto modo también la de todos nosotros.















lunes, 4 de enero de 2016

CIUDADES DEL MUNDO ANTIGUO, de Jean-Claude Golvin (Desperta Ferro Ediciones)



Desperta Ferro Ediciones no deja de darnos alegrías; al lanzamiento hace pocos meses de la revista sobre ARQUEOLOGÍA E HISTORIA sigue ahora la de esta joya de Jean-Claude Golvin, que reconstruye con espléndidos dibujos las grandes urbes del mundo antiguo en el Mediterráneo y Oriente Medio. Más allá del valor historiográfico y divulgativo, el libro tiene un mérito especial: al menos a mí consigue transmitirme la impresión que debió producir vivir en estas ciudades donde la distribución de los espacios públicos y residenciales, de las infraestructuras y los conjuntos monumentales, proporciona una impresión de equilibrio y proporción a escala humana. No os lo perdáis:

CIUDADES DEL MUNDO ANTIGUO