
Este trabajo mío me tiene todo el santo día de acá para allá, y eso ofrece de cuando en cuando compensaciones extraordinarias. Fue el caso ayer por la mañana, cuando durante un viaje a Nueva York dispuse de un par de horas libres para pasarme por el Metropolitan Museum of Art. El Met es uno de esos museos que necesita muchos días para visitarse, para ir dejando que sus salas le dejen a uno un sedimento indeleble por todos los rincones del alma.
Ayer me dediqué, cómo no, a las salas dedicadas al arte griego, romano y etrusco. Y sólo puedo deciros que, si tenéis la oportunidad, no la desaprovechéis. Por muy familiarizado que uno esté con la antigüedad clásica, la impresión de equilibrio, de exploración de los contornos de la condición humana, de belleza perdurable, es impresionante. Tuve la sensación de que esas estatuas, esas pinturas, esos objetos asombrosamente bellos, crean los espacios que quiero habitar.
Algunas piezas me impresionaron de un modo especial: el kouros ático de mármol, con su enigmática alegría; el sarcófago romano llamado de Badmington, representando a Dionisos montado en su pantera, rodeado de sus seguidores, recordando todos ellos que no tiene por qué ser la muerte motivo de duelo; el carro funerario etrusco, con la escena en bronce en la que Tetis le entrega una armadura a su hijo Aquiles, para reemplazar la que perdió Patroclo en su combate con Héctor. Sólo este carro merece una visita a Nueva York.
Pero como no sólo de arte antiguo vive el hombre, os incluyo un par de imágenes de Central Park cubierto de nieve. Fue un paseo tan memorable como la visita al museo. Por lo menos.
Vale.












