Visité el castro de
Villasviejas de Tamuja el último fin de semana de febrero. La península
Ibérica había sido zarandeada por nueve borrascas de alto impacto desde el
comienzo del año (Goretti, Harry, Íngrid, Joseph, Kristin, Leonardo, Marta,
Nils y Oriana, menudo santoral de temporales), y el sábado de sol y
temperaturas casi de abril era como una bendición. En el aire se respiraba la impaciencia del campo por lanzarse a la
primavera. El rocío había dejado los montes sembrados de minúsculas gemas brillantes;
todo parecía ubérrimo y fecundo.
El castro consta de dos recintos amurallados. El primero, situado al norte,
se construyó ex novo en el siglo IV a.e.c., cuando el fenómeno castreño se
extendía por la cuenca extremeña del Tajo, en un pronunciado meandro del río
Tamuja que le servía de protección natural, a la que se sumaron potentes
murallas de pizarra en todo el perímetro. El recinto más meridional, situado al
otro lado de una vaguada, se alzó dos siglos más tarde, a finales del siglo II
a.e.c., ya con predominio de
imponentes estructuras de granito, con murallas de tres metros de ancho y de
hasta siete de altura. Aunque son limitadas las zonas que se han excavado desde
el inicio de la investigación sistemática, llevada a cabo por Francisca
Hernández en 1968, el uso de la moderna y maravillosa tecnología arqueológica―prospecciones
geofísicas con georradar, vuelos con cámara de infrarrojo térmico―han permitido
reconstruir en espectaculares imágenes 3D la que debió ser una de las grandes
ciudades de la región, con un apretado caserío que alcanzó las siete hectáreas
en el momento de su máximo esplendor, tras la construcción del recinto sur.
Según el trabajo sistemático de los investigadores del castro[1],
este, como otros de la cuenca cacereña del Tajo, representa un cierto
rompecabezas demográfico, que se pone especialmente de manifiesto en sus tres
necrópolis conocidas, que recorren todo su periplo vital: en orden cronológico,
El Mercadillo, El Romazal I y El Romazal II. Aunque Villasviejas es
generalmente considerado vetón, en gran medida por estar en el centro de una
comarca rica en esculturas zoomorfas semejantes a los verracos vetones, muestra
grandes diferencias con el área vetona canónica al norte de Gredos, encuadrada
en la llamada cultura de Cogotas, que toma como referencia al homónimo castro
abulense. En realidad, Villasviejas, que acuñó moneda en el siglo II a.e.c. con
el nombre de Tamusia, parece ser una encrucijada con abundantes influencias
ibéricas procedentes del sur en el siglo IV a.e.c., un permanente sustrato
lusitano y una creciente celtiberización hasta la llegada de los romanos. Si debiéramos darle un apelativo a Tamusia,
bien pudiera ser «la mestiza». Aunque, bien pensado, en la Antigüedad, como en
gran medida nuestros días, pocos lugares hubieran podido ser ajenos a tal
atributo de riqueza y diversidad.
El paseo por Villasviejas es realmente una delicia. El Ayuntamiento de
Botija, a pesar de no estar precisamente sobrado de recursos, está haciendo un
esfuerzo hercúleo por poner en valor su patrimonio arqueológico, en
colaboración con el Instituto de Arqueología―Mérida y la Universidad de
Extremadura, y el recorrido por el castro está perfectamente acondicionado para
el disfrute y la información del visitante, con señalítica, paneles
informativos y bancos estratégicamente situados en los mejores rincones; con un
centro de interpretación en el centro del pueblo, y hasta con una app
que debe permitir―digo eso porque está disponible solo en Android, y mi móvil
tiene otro sistema operativo―vivir una experiencia virtual 360° durante el
recorrido.
Visito los restos de los grandes torreones defensivos de hasta veinte
metros de lado, las manzanas de viviendas que han sido excavadas, las murallas
bimilenarias cubiertas de liquen, las recreaciones de las calles que duermen
bajo los pasos esperando salir a la luz. Es como si aquel otro mundo no hubiera
desaparecido para siempre, sino que tal vez estuviera esperando su momento para
volver a cobrar vida. Tal vez seamos nosotros mismos quienes le demos su
oportunidad, sin más esfuerzo que prestar atención, pasear los antiguos
senderos de Tamusia, que no dejan de volver a la vida cada primavera, y pedir a
nuestros gobernantes que hagan sitio en las muchas necesidades de la vida
pública para dignificar uno de los tres grandes ingredientes de nuestro destino
compartido: el pasado. Los otros dos son, claro está, el presente y el futuro.
Estos sin aquel son un artefacto con pies de barro, desarraigado.
Voy concluyendo la caminata sin que cese ni un instante la música del crecido
caudal del Tamuja, el silbido de los pájaros y lejanos ecos de latón de los
cencerros de las ovejas. Llegando al coche me cruzo con los primeros paseantes
de la mañana. Nuestros comentarios banales no deben de ser muy distintos de los
de aquellos tamusienses de hace veintidós siglos, que seguramente no debían de
tener conciencia de ser ni vetones, ni celtíberos, ni carpetanos, ni oretanos ni
lusitanos. Tal vez ellos se consideraban sencillamente «nosotros». Hasta que
llegaron «ellos», los romanos, y su ilimitado mundo de guerras,
transformaciones, tragedias y mestizaje que dio paso a ese paciente proceso de
uniformización que fue la romanización, la primera gran globalización de
nuestro mundo occidental. No quisiera cargar mis palabras de un tinte negativo.
Al fin, y al cabo no dejo de considerarme un descendiente tanto de los unos como de
los otros. De «ellos» y de «nosotros». Nos iría mejor si todos nos
reconociéramos a nosotros mismos de ese modo.
[1] Hernández Hernández,
Francisca; Galán Domingo, Eduardo y Martín Bravo, Ana María, El proyecto
Villasviejas de Tamuja. Análisis global de un asentamiento prerromano, en Op.
cit., Museo de Cáceres, 2009.












































